escrito por Marie Brennan

La escena debería haber sido tranquila, incluso idílica: una ladera verde de montaña bañada por la luz del atardecer, el aire templado por los aromas de la madera recién cortada y del tatami nuevo. Pero estaba inquietantemente desierta. Los edificios estaban deshabitados, a excepción de dos hombres y un inugami, y el escalofrío que recorría la espalda de Ryōtora no podía atribuirse por completo al frío del anochecer.

Sekken y él aún no tenían por qué estar allí. Pronto llegarían los demás: los maestros, eruditos y estudiantes que darían vida a su nueva escuela. Entonces aquel lugar se llenaría de oraciones y conversaciones, y la inquietante soledad de las montañas desaparecería. Pero Ryōtora había querido familiarizarse con el lugar antes de que llegara todo el mundo, y Sekken, embargado por la alegría de su reciente boda, había accedido.

Probablemente Sekken ya se estuviera arrepintiendo de aquella decisión, siendo el hombre de ciudad que era. Sin embargo, Ryōtora, mientras observaba a Tanshu corretear entre los helechos con la cola erguida como una bandera, distinguió una leve sonrisa en el rostro de su marido. Sekken estaba aprendiendo a compartir la percepción de su perro espiritual a través del vínculo que los unía, y así Ryōtora podía participar de la alegría del inugami, en lugar de percibir cómo Sekken no dejaba de pensar en lo lejos que estaban de cualquier cosa que pudiera considerarse civilización. Seibo Mura, el pueblo más cercano, se encontraba a medio día de camino a pie.

El viaje hasta allí los había dejado agotados a ambos, así que tomaron el té antes de cenar. La ceremonia ayudó a restaurar y equilibrar la energía de sus espíritus vinculados y, después, comieron sus bolas de arroz en un silencio agradable.

—Mañana —dijo Sekken de repente.

Su voz sobresaltó a Ryōtora más de lo que debería, y este se atragantó con un trozo de ciruela encurtida.

—¿Qué?

—Mañana tendremos compañía —dijo Sekken—. O pasado mañana. Entonces este lugar ya no parecerá tan… silencioso.

Ryōtora sonrió, ocultando su inquietud.

—Sí. Y traerán libros para que puedas leer.

—Probablemente esté demasiado ocupado para eso —predijo Sekken, aunque sin duda la perspectiva lo animaba igualmente. Juntos desplegaron los futones que habían traído, se quitaron la ropa exterior y se quedaron únicamente con sus ligeras prendas interiores. Después se acostaron uno al lado del otro.

Ryōtora tardó más de lo que debería en conciliar el sueño. Conocía aquellas montañas, conocía el silencio, apenas interrumpido por los grillos y los búhos, y el crujido de las ramas mecidas por el viento. Sin embargo, parecía haber una tensión vibrando en algún lugar detrás de todo aquello, como si algo los estuviera observando. Se quedó dormido pensando: Mañana me aseguraré de que no haya nada fuera de lugar…

Pero Sekken lo despertó bruscamente.

—¡Ryōtora! ¡Arriba, arriba! ¡Tenemos que salir!

El edificio se sacudía en medio de un terremoto y las vigas crujían amenazadoramente a su alrededor. En el exterior, Tanshu ladraba con urgencia, repitiendo una y otra vez su advertencia. El instinto hizo que Ryōtora se moviera antes de que su cerebro, todavía adormecido, pudiera reaccionar. Los terremotos eran habituales en las tierras del Dragón; no era la primera vez que salía huyendo de un edificio en medio de un aturdimiento somnoliento.

Quizá podrían haberse quedado dentro. Apenas habían salido precipitadamente al frío de la noche cuando el suelo dejó de temblar, aunque Ryōtora sabía que no debía dar por sentado que estaban a salvo.

—Deberíamos echar un vistazo —le dijo a Sekken—. Si el edificio ha sufrido daños…

—No soy un Grulla de la costa. Lo sé.

Pero Sekken no estaba prestando atención a Ryōtora. Tenía la mirada fija en Tanshu, cuyo ladrido monótono no había cesado. El inugami permanecía alerta, mirando hacia el edificio, como si intentara dirigir la atención de su amo hacia algo que había allí.

Sekken se arrodilló y apoyó la mano en la nuca del perro.

—No pasa nada. Solo ha sido un terremoto.

Poco a poco, Tanshu fue calmándose, aunque dejó escapar un gemido de preocupación.

A juzgar por la posición de la luna menguante en el cielo, había pasado ya la medianoche. Ryōtora dio una vuelta alrededor del edificio, buscando vigas agrietadas o desplazadas. Todo parecía estar bien… salvo porque la noche había vuelto a quedar inquietantemente en silencio. No se oían grillos ni búhos. Hasta el viento parecía haberse detenido.

Al regresar junto a Sekken y Tanshu, intentó sonar más seguro de lo que se sentía.

—Probablemente podamos volver dentro.

Y, actuando en consecuencia, subió al porche y se acercó a la puerta corredera abierta. A su espalda, Tanshu comenzó a ladrar de nuevo.

—Ryōtora… —dijo Sekken.

En cuanto el pie de Ryōtora tocó el tatami, el edificio volvió a estremecerse, sacudiéndose violentamente una vez más.

Ryōtora saltó hacia atrás y tropezó con la hierba. Sekken lo sujetó y, durante un instante, ambos se aferraron el uno al otro, con los corazones latiendo al unísono, como una misma advertencia.

Con voz temblorosa, Sekken preguntó:

—Dime, en las tierras del Dragón, ¿es habitual que los terremotos afecten a un solo edificio y dejen absolutamente inmóvil todo lo que hay a su alrededor?

Ryōtora lo miró fijamente, completamente despejado ya de cualquier rastro de sueño.

—No. No lo es.

Ningún otro edificio pareció oponerse a su presencia. Al regresar al primero, rodearon la estructura con cautela, manteniendo las distancias. Tanshu gruñía por lo bajo, pero cuando Sekken trató de acceder a la mente del inugami, lo único que recibió fue una sensación general de recelo, una impresión de presencia. Fuera lo que fuese lo que había perturbado aquel lugar antes, ahora había vuelto a guardar silencio.

—Me pregunto si los constructores colocaron accidentalmente un pilar de soporte al revés —dijo Ryōtora, examinando las columnas exteriores—. Eso puede ofender al espíritu del árbol.

—¿De verdad? —preguntó Sekken—. En las tierras del Fénix lo hacemos a propósito.

Ryōtora lo miró fijamente.

—¿Por qué? ¿Es que odiáis los árboles?

A pesar de la situación, Sekken soltó una carcajada.

—No, por un antiguo dicho que dice que «en cuanto se termina de construir un edificio, empieza a desmoronarse». Así que colocamos uno de los pilares al revés para evitar que esté «terminado».

—Nosotros dejamos sin colocar una teja del tejado.

—No creo que sea el espíritu del tejado el que se siente ofendido.

—Quizá algún espíritu de la tierra —reflexionó Ryōtora—. Pero se indicó a los constructores que llevaran a cabo todos los ritos pertinentes. Saiun-nushi debería estar satisfecho.

Aun así, se sentó en el suelo para rezar en silencio. Para cuando abrió los ojos y negó con la cabeza —no había indicios de problemas con el espíritu de la montaña—, a Sekken se le había ocurrido una idea absurda.

—No habremos llamado a este edificio Algo de los Cien Algo, ¿verdad?

Ryōtora esbozó una sonrisa irónica.

—No. Simplemente es el Pabellón del Nordeste.

Sekken se aferró al consuelo que pudo encontrar en aquello.

—Mira, vayamos a dormir a otro de los edificios. Será incómodo, pero podremos ocuparnos de este problema por la mañana.

Pero Ryōtora tenía la mirada fija en el cielo.

—No sé si podremos. Es la Hora del Buey.

Cómo era capaz de saberlo guiándose únicamente por la luz de la luna seguiría siendo siempre un misterio para Sekken, pero la implicación estaba mucho más clara. La Hora del Buey. Cuando la barrera entre los vivos y los muertos era más delgada.

Se le erizó el vello de la nuca a Sekken.

—Este edificio es nuevo. Antes no había nada en este terreno, ¿verdad?

—Que yo sepa, no.

—Entonces, ¿cómo puede haber un fantasma?

—No lo sé —respondió Ryōtora—. Durante el día no hemos tenido ningún problema. Creo que debemos resolverlo esta misma noche… y no quiero esperar a que lleguen los demás. ¿Y si eso empeora las cosas?

Contarían con más aliados para enfrentarse a aquello, pero Sekken reconoció la expresión del rostro de Ryōtora, ese sentido del deber tan inamovible como la propia montaña. Aquella era su escuela. Si algo había salido mal durante su construcción, era responsabilidad suya solucionarlo.

La entrada seguía abierta, como unas fauces que se abrían a la oscuridad.

No puede ser peor que lo que ya hemos afrontado, pensó Sekken, y al instante deseó no haberlo hecho.

Intentando mantener la voz firme, dijo:

—Si parece que el edificio va a derrumbarse, salimos de ahí.

—Por supuesto.

Sekken esperó a que Ryōtora comenzara a rezar de nuevo, con las manos entrelazadas en un complejo mudra. Entonces llamó a Tanshu para que se acercara y hundió los dedos en el espeso pelaje de su cuello.

—Encuéntralo —le susurró—. Un fantasma, un yōkai, un pilar enfadado… sea lo que sea, encuentra el origen del problema.

Tanshu soltó un breve resoplido y los tres entraron juntos.

Los temblores comenzaron de inmediato, con más fuerza que antes. La tierra parecía a punto de hundirse bajo sus pies. Sekken perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Tanshu tuvo más suerte y avanzó tambaleándose, con la atención concentrada en un punto entre las sombras. Sekken se arrastró tras él, confiando en los instintos del inugami e intentando deslizar su mente hacia un lado para compartir sus sentidos.

¿Qué era aquello? Odio. Un odio espantoso y reptante…

Un dolor abrasador le recorrió el brazo izquierdo y le hizo perder la concentración, arrancándole un grito. Una de las vigas del techo había cedido y se había desplomado, rozándole el brazo, pero aun así le había partido el hueso. Sin embargo, a través de Tanshu, Sekken había visto lo suficiente.

—¡Está debajo de nosotros!

No podía distinguir a Ryōtora en aquella extraña oscuridad, pero dio gracias a todas las Fortunas porque el brazo roto fuera el izquierdo y no el derecho. Con la mano sana, desenvainó su wakizashi y se lanzó hacia delante, clavando la hoja a través del tatami y de las tablas del suelo.

Y en algo que profirió un alarido.

Una enorme roca irrumpió a través del suelo, lanzando por los aires las tablas, los tatamis y a Sekken. De forma imposible, el wakizashi de Sekken había quedado incrustado en la roca y, justo donde había impactado la hoja, la piedra comenzó a sangrar abundantemente.

El edificio dejó de temblar. La opresiva oscuridad se disipó y el techo terminó de derrumbarse por completo. Ryōtora concluyó su plegaria y, con un aullido, una mujer de edad indefinida, con el cabello salvaje de una aparición espectral, tomó forma sobre la piedra.

—¡Habéis profanado mi tumba! —rugió.

Ryōtora hizo una profunda reverencia, temblando. El último fantasma al que se había enfrentado casi lo había matado; solo podía esperar que este fuera menos peligroso.

—Perdónanos, desconocida. No lo sabíamos.

—¡Este lugar se construyó en tu nombre! —dijo ella con veneno en la voz—. ¡Fueron tus constructores quienes arrancaron mi lápida conmemorativa y la utilizaron en los cimientos de tu edificio!

Su mirada se dirigió a la piedra que había bajo ella. ¿Una lápida conmemorativa? No era más que una roca erosionada por el tiempo.

Pero la sangre que manaba de ella fluía formando extrañas líneas, como si siguiera unos surcos demasiado tenues para distinguirlos a simple vista. Sekken, sujetándose el brazo, consiguió incorporarse lo suficiente para mirar.

—Bonsu —dijo con voz ronca—. Tiene grabado el nombre de Bonsu.

Al oír su nombre, un temblor recorrió el edificio. Las paredes se agrietaron y otras columnas se desplomaron.

—¿Por qué fuiste enterrada aquí, dama Bonsu? —preguntó Ryōtora, esperando que la cortesía aplacara su ira—. Estamos a kilómetros del pueblo más cercano. Nunca hubo ningún asentamiento aquí, ni constancia siquiera de un santuario.

Habían consultado los archivos antes de elegir el emplazamiento. Para una escuela dedicada al estudio de los vínculos kármicos, querían empezar de cero.

Con una ráfaga de aire helado, ella apareció de repente justo delante de él.

—¡Me asesinaron! —siseó—. ¡Los Inquisidores del Fénix me dieron caza y acabaron conmigo!

Ahora el frío lo llevaba por dentro.

Mahō.

Magia de sangre.

El dolor hizo que Sekken perdiera su habitual prudencia al hablar.

—¿Por qué iba alguien a erigir una lápida conmemorativa para una madōshi?

Bonsu volvió a chillar, con un sonido tan penetrante que Ryōtora se tapó los oídos con las manos.

—¡Yo solo leía los textos! ¡Nunca los utilicé! Pero el Fénix me persiguió desde sus tierras hasta aquí, porque era una rōnin, porque a nadie le importó lo suficiente como para dar la cara por mí, hasta que ya fue demasiado tarde. ¡Me limité a leer los pergaminos equivocados y me mataron por ello, y después quemaron mi cadáver! ¡Les dije que era inocente, pero no me creyeron hasta que ya estaba muerta!

Ryōtora pudo reconstruir lo que había ocurrido. La lápida conmemorativa debía de haberse erigido para apaciguar su espíritu y evitar precisamente aquella clase de aparición. Estaba claro que había funcionado… pero después habían pasado los siglos, la historia había caído en el olvido y la piedra se había erosionado tanto que ya nadie podía leer su inscripción. Entonces llegaron los constructores de la escuela, vieron una roca de buen tamaño y la trasladaron para utilizarla como apoyo de las vigas del suelo.

La mente de Sekken, como era de esperar, se centró en el pasado más reciente.

—Los inquisidores de mi clan…

Cualquier otra cosa que pretendiera decir quedó ahogada por una sacudida repentina que amenazó con hacer caer sobre ellos lo que quedaba del techo.

—¿Tu clan? —susurró Bonsu, con una voz que descendió hasta alcanzar un tono inhumanamente grave—. ¿Eres del Fénix?

—Ya no —se apresuró a responder Sekken—. Ha sido un desliz, nada más. Hace poco que me casé y pasé a formar parte del Dragón, y todavía no me he acostumbrado al cambio.

—¡Un Fénix! —siseó ella. Su cabello comenzó a flotar, agitado por un viento invisible—. ¡Un Fénix ha vuelto a encontrarme! Persiguiéndome. Dándome caza. ¡Igual que entonces!

—¡Es muy diferente! ¡No tiene nada que ver con aquello!

Pero la mente de Bonsu seguía atrapada en el trauma de siglos atrás, cuando unos enemigos despiadados la habían abatido: la Inquisición, decidida a castigar y destruir brutalmente cualquier rastro de corrupción.

—¡Me contuve y aun así me matasteis! —gruñó—. ¡¿De qué sirve reprimirse si al final solo te espera la muerte?!

Y comenzó a entonar un cántico.

No eran las palabras que Ryōtora había aprendido: las plegarias sagradas dirigidas a los espíritus de los cuatro Elementos materiales, a las Mil Fortunas y a los espíritus de los ancestros. Aquellas palabras se le metían en los oídos como gusanos, retorciéndose alrededor de sus huesos.

Invocaciones a los kansen. A la corrupción.

Sin embargo, su atención no estaba puesta en él, sino en Sekken… y en la manga ensangrentada del brazo roto de aquel hombre.

Sekken gritó.

Sekken había estado poseído por un espíritu en el pasado. Sabía lo que era sentir una fuerza sobrenatural penetrando en su interior, pero entonces había sido un recipiente, un mero contenedor para algo más grande que él mismo.

Ahora se sentía como el musgo empapado en tinta de un estuche de escritura, al que exprimían para extraer todo lo que contenía.

Un latido de dolor le recorrió el brazo mientras su sangre fluía con mayor libertad y se elevaba por el aire hacia la mano expectante del fantasma. Yo solo leía los textos, había dicho ella. Nunca los utilicé.

Pero sabía lo que decían. Pergaminos que describían rituales de mahō. Y ahora, presa de un miedo enloquecido, recurría a aquel poder prohibido.

Tanshu saltó hacia ella, gruñendo, pero el fantasma creció y arqueó la espalda a lo largo del tejado derruido, entonando palabras profanas y ocultando el cielo nocturno. Sekken apretó su mano sana contra el brazo para detener la hemorragia, ignorando el estallido de agonía, pero no sirvió de nada. La sangre siguió manando entre sus dedos, deslizándose alrededor de la palma y elevándose por el aire para que el fantasma la utilizara con fines perversos.

Entonces Ryōtora apareció a su lado, recitando atropelladamente una plegaria a los espíritus del agua. No era precisamente un gran sanador, pero bastó para cerrar la herida abierta de su brazo roto.

Aunque ya era demasiado tarde. Bonsu controlaba su sangre, y Sekken prefería no imaginar qué estaría a punto de hacer con ella. Tanteó en busca de su wakizashi, con la vaga intención de arrojárselo.

Ryōtora lo detuvo poniendo una mano sobre su muñeca y lanzó un grito desesperado al fantasma que se cernía sobre ellos.

—¡Bonsu! ¡Por favor, te lo suplico! ¡No contamines tu alma de esta manera! No después de tanto tiempo. ¡No les des la razón a tus asesinos!

—¿Qué más da? —aulló ella—. ¡Nunca me dejarán en paz! ¿Lo ves ahí? ¡El inquisidor, dispuesto a destruirme otra vez!

Sekken soltó el wakizashi como si le quemara.

—¡No! No soy un inquisidor, ni pretendo destruirte. Preferiríamos ayudarte.

De algún modo. ¿Sería capaz Ryōtora de exorcizar a aquel fantasma?

Pero su marido estaba hablando, no rezando.

—Aún no es demasiado tarde —dijo Ryōtora, con toda la intensidad que pudo imprimir a su voz profunda y resonante—. Los kansen todavía no han respondido a tu llamada. Sea lo que sea que pretendas hacer con esa sangre, puedes detenerte. Deja que esos textos blasfemos se desvanezcan de tu mente. Tu espíritu aún es puro, pero, una vez que eso cambie, ya no habrá esperanza para ti. No sigas avanzando por ese camino.

Deslizándose sobre las rodillas y apoyado en una sola mano, Sekken se apartó de su espada y avanzó por delante de Ryōtora. Por el rabillo del ojo vio que su marido se estremecía, deseando detenerlo, pero Ryōtora —que todas las Fortunas lo bendijeran— confiaba en Sekken y lo dejó continuar.

Hizo dos reverencias, apretó los dientes y dio dos palmadas torpemente. El impacto le recorrió el brazo como un relámpago, pero quizá parte de la curación de Ryōtora había llegado hasta el hueso, porque Sekken no perdió el conocimiento. Después, volvió a inclinarse.

Como si estuviera ante un santuario.

—Honorable Bonsu —dijo, con toda la cortesía que fue capaz de reunir—. Permita que este antiguo miembro del Fénix enmiende los errores del pasado. Si hace lo que mi marido le ruega y se aparta de este camino corrupto, no nos limitaremos a erigir una tablilla conmemorativa en su memoria. Este lugar será una escuela, con un santuario dedicado a la Fortuna del Destino. También la veneraremos a usted, para que sirva como espíritu guardián de nuestros alumnos e instructores.

A su espalda, Ryōtora tomó aire bruscamente. No era una oferta menor. Cualquier antepasado o predecesor podía recibir una tablilla conmemorativa, pero Sekken estaba proponiendo tratar a una rōnin asesinada como a un espíritu venerado.

Sin embargo, al cabo de un instante, Ryōtora añadió:

—Sí. Si resiste esta tentación y deja atrás su ira… entonces usted será, sin duda, un ejemplo que nuestros alumnos podrán estudiar y respetar.

Bonsu descendió lentamente hacia el suelo. Tanshu retrocedió, pero no le dio la espalda; seguía con las orejas pegadas a la cabeza. Sekken se preguntó qué ocurriría si un inugami mordía a un fantasma.

No tuvo que averiguarlo. Los hombros de Bonsu se hundieron y su cabello perdió aquel halo salvaje. Las gotas de sangre de Sekken que flotaban en el aire cayeron sobre el tatami, salpicándolo como una lluvia inmunda.

—No puedo confiar en su palabra, Fénix —susurró. Sus ojos negros como el fondo del mar se clavaron en Ryōtora—. Pero confío en la suya. Recuérdeme bien.

Y entonces se desvaneció.

Pasaron el resto de la noche en otro edificio, no porque Ryōtora temiera que el fantasma regresara, sino porque el Ala Noreste ya no era, ni mucho menos, un lugar seguro.

Sin un fantasma al borde de la condenación acechándolos desde las alturas, pudo concentrarse en sus plegarias y curar debidamente el brazo de Sekken. Pero los acontecimientos de aquella noche los habían dejado a ambos exhaustos. Se desplomaron juntos sobre el tatami desnudo. Su futón estaba tan salpicado de sangre que ni siquiera se plantearon utilizarlo.

—Nos va a costar explicarles todo esto cuando lleguen los demás —dijo, apoyando la cabeza en el hombro de su marido.

La carcajada de Sekken fue como un pequeño terremoto bajo su mejilla.

—No, qué va. A estas alturas, ya esperan que nos ocurran cosas así.

Tanshu se dejó caer pesadamente sobre sus pies. Con aquella manta tan poco adecuada para entrar en calor —y rezando para que no hubiera más sobresaltos—, por fin se quedaron dormidos.

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