escrito por Robert Denton III
Apartando otra rama, Mirumoto Daini se detuvo en un bosquecillo de bambú. ¿Había oído la voz de la Mara?
No. El Shinomen volvía a jugarle malas pasadas.
Su corazón desbocado le suplicaba que descansara. Pero sus perseguidores no se cansarían. No les importaba que las ramas les desgarrasen el rostro, que los horrores los arrastrasen hacia fauces abiertas o que cayesen sobre espinas lo bastante grandes como para empalarlos. Los Impuros seguirían avanzando.
Durante muchos días había conseguido esquivarlos. Pero, tras un estúpido paso en falso, habían acortado distancias y ahora le pisaban los talones.
Se acomodó la carga y reanudó su veloz marcha.
A esas alturas, ya deberían habérselo comido. O despedazado. O haberlo empujado a unas arenas movedizas. O haberle hecho sufrir cualquiera de los otros terribles destinos que aguardaban a quienes se adentraban a ciegas en aquellos bosques. Sin embargo, incluso cuando divisaba a algún gigantesco habitante del bosque o la sombra de algún horror de extremidades largas y delgadas, este lo dejaba en paz.
Tenía que ser por la Perla de las Brumas. Quizá el Shinomen reconocía lo que llevaba atado a la espalda con una cuerda de lianas: aquella esfera que no se atrevía a perder.
La maleza crujió a su izquierda. Alcanzó a distinguir escamas grisáceas entre los breves huecos del follaje. Manos con garras. Una capucha de cobra, flácida e hinchada. Ojos reptilianos lechosos.
El Shashakar había pretendido ganar tiempo liberando de sus capullos de piedra a los restos descerebrados de los jakla. Pero, una vez muertos, el hechicero los había convertido en sus propios esbirros. Habían demostrado ser mucho más fuertes y rápidos que los bandidos no muertos. Aferró la empuñadura, dispuesto a desenvainar, pero no dejó de correr. La aldea tenía que estar cerca…
Sigue adelante. Tenía que haber alguna salida, algún lugar donde pudiera…
Un estruendo metálico resonó entre la maleza. Daini cayó de rodillas. Una cabeza de naga cercenada, con su capucha de cobra, apareció rodando ante él.
Pero, en lugar de desenvainar la espada, se relajó. Había esperado que, si conseguía acercarse lo suficiente a la aldea naga, estos lo detectarían y saldrían a su encuentro.
La Mara emergió de la maleza, ataviada para la guerra, con su arco de lanza ya colgado. La tensión acumulada en el pecho de Daini se liberó como una avalancha. Estaba a salvo, viva. Sus ojos de bronce se encontraron con los de ella, y él sintió una necesidad desesperada de hablarle.
En cambio, ella se estremeció y apartó la mirada.
Otros naga aparecieron, con las armas preparadas. El Isha, con su túnica color carbón. El Shahadet, con la hoja aún goteando sangre de los Impuros.
Con expresión sombría, examinaron la cabeza del jakla no muerto que lo había perseguido. Por el horror de sus rostros, Daini supuso que no creían posible que los naga pudieran convertirse en no muertos, que sus congéneres se hubieran visto obligados a arrastrarse bajo el dominio de otro.
Cada segundo acercaba más a los Impuros. Los ojos de la Mara se abrieron de par en par cuando Daini se quitó de la espalda la esfera iridiscente que llevaba en aquella improvisada mochila de cuerda. La reconoció. Todos lo hicieron. Hasta el Shahadet pareció olvidarse de sí mismo y se quedó boquiabierto.
Lleva la perla ante tu señor en las montañas, le había dicho el Shashakar. Mantenla lejos de aquí.
Daini se acercó a ella y se arrodilló, entregando la perla a las manos temblorosas de la Mara.
¿Estás leyendo mis pensamientos?, se preguntó mientras ella la aceptaba. ¿Te preguntas por qué lo he hecho?
Podría haberlos obligado a sentarse a la mesa de negociaciones. Haber llevado la perla al Clan del Dragón. Haber aprovechado aquel favor como moneda de cambio.
Pero aquel artefacto no pertenecía a las montañas del Dragón. Que los naga del Shinomen fueran dueños de su propio destino. Que no estuvieran sometidos a los caprichos de ningún Gran Clan.
Se puso en pie.
—¿Traducirás por mí?
Ella le examinó el rostro. Finalmente, asintió.
Daini relató su aventura en la Ciudad de las Tres Cascadas. Su encuentro con el Shashakar, el ataque del hechicero y su huida con la perla. Explicó cómo el hechicero había reanimado los cuerpos vacíos de los jakla para que lo persiguieran.
Los naga se iluminaron al oír mencionar al Shashakar y la posibilidad de que existiera un jakla despierto capaz, a su vez, de despertar a los naga dormidos con un simple gesto. Sin embargo, cuando Daini expresó sus dudas sobre el destino del Shashakar, todos menos el Shahadet se vinieron abajo.
—No subestiméis al Shashakar —les advirtió el campeón de la estirpe de la Víbora—. Ni su poderosa magia.
La Mara asintió, esperanzada.
Daini señaló la cabeza decapitada.
—Esto es lo que les espera a los naga si el hechicero consigue la perla. El Shashakar me pidió que la llevara a mi tierra natal para mantenerla a salvo.
La Mara interrumpió su propia traducción.
—¿Por qué traerla aquí, entonces? Si nuestro jakla de mayor rango te dijo que…
—Los naga deben decidir su propio destino. Si así lo desea el Qamar, el Dragón protegerá la perla.
Clavó la mirada en el severo rostro del Shahadet.
—Si la palabra de un samurái no es suficiente, decidme cómo puedo demostraros mi sinceridad.
La Mara tradujo en voz baja, mientras el futuro de su pueblo vibraba suavemente entre sus manos.
Silencio. Los naga intercambiaron miradas. Daini supuso que se comunicaban mediante la Unidad. Bajo la mirada escrutadora de la Mara, sintió cómo un calor vergonzoso le subía por el rostro. ¿Qué podía decir para borrar las duras palabras que habían intercambiado la última vez que se separaron?
A través de ella, el Shahadet formuló una pregunta.
—El hechicero pertenece a tu clan. ¿Por qué no le entregaste la perla?
Así que lo sabían. Quizá se lo había contado la Mara. Daini respiró hondo.
—Es un madōshi —respondió—. Se ha entregado a los Impuros. Ya no tiene cabida entre los Dragón.
O lo entenderían o no.
Llegó otra pregunta.
—¿Qué aconsejarías?
No habría esperado semejante pregunta del Shahadet. ¿Acaso por fin había conseguido resquebrajar la coraza del caudillo?
—Una estrategia defensiva está condenada, por naturaleza, a la derrota. El propósito de la defensa es crear oportunidades para atacar.
El Shahadet pareció aprobar discretamente aquella valoración.
Daini reflexionó.
—Entre los míos hay una familia conocida como los Agasha. Son expertos en cuestiones similares y tuve la fortuna de estudiar junto a ellos. Es muy… difícil… controlar a los espíritus y defenderse al mismo tiempo. Debemos atraer al hechicero y atacarlo directamente. Como dijo una vez un gran general: «Corta la cabeza de la serpiente y el cuerpo morirá».
Hizo una pausa y miró de reojo a la Mara.
—Quizá sea mejor omitir esa última parte.
Ella transmitió sus palabras y el Shahadet respondió de inmediato con una serie de siseos. La expresión de sorpresa de la Mara se transformó en una sonrisa sincera. Sus ojos brillaron.
—Está de acuerdo —dijo—. Y te da las gracias por ofrecerte voluntario.

—Si hubiera sabido que existían estos caminos cuando corría por mi vida…
La Mara no respondió. Delante de él, los naga se deslizaban por el puente de redes, agachándose de vez en cuando para esquivar alguna rama o telaraña. El Isha iba en cabeza, cortando las lianas y la vegetación que les cerraban el paso.
Daini desconocía la existencia de aquellos senderos suspendidos de redes de cáñamo, ocultos entre las copas de los árboles y que permitían sortear el terreno inferior. Imaginó que solo algunos habrían sobrevivido al paso de los siglos. Cruzó la red con paso vacilante, resbalando de vez en cuando entre los huecos. Estaba claro que aquellos caminos se habían diseñado para seres con cola, no con piernas.
Su mente se desvió hacia el grupo que el Shahadet dirigía en algún lugar más abajo. Se trataba de un ataque con dos espadas, muy similar al niten de los Mirumoto: avanzar amenazando, provocar un ataque con una hoja y desviarlo para crear una abertura. Aquel grupo era la otra espada, preparada para golpear cuando el enemigo se comprometiera demasiado.
Todos juntos se deslizaron hasta las anchas ramas de un enorme ciprés. La niebla y los haces de luz lunar se aferraban al bosquecillo de bambú. Esperaron.
Agazapado sobre una rama, notó el volumen de la cola de la Mara mientras esta se deslizaba a su lado. Ella se inclinó hacia delante, oteando los alrededores.
Si no dices nada ahora, no volverá a hablarte jamás.
—¿Estás segura de que funcionará? —preguntó, obligándose a pronunciar las palabras pese al nudo que le oprimía la garganta.
La Mara asintió.
—Cuando hablé con el Asesino del Bosque, estaba dispuesto a abandonarlo todo. Apostaría a que los demás comparten esa actitud. Y, si no es así, al menos los sorprenderemos.
Daini vaciló.
—Lo siento —dijo.
A lo lejos, el canto de un pájaro. El susurro de las hojas.
En el mundo de los samuráis, disculparse con meras palabras era una muestra de insinceridad. Lo que importaba eran los actos, no las palabras. Pero, mientras se preparaba para aplastarse contra la rama, renunciando a su dignidad, se preguntó si aquello bastaría para compensar su reacción, por haberla abandonado.
Pensó que quizá ella no respondería. Pero entonces separó los labios.
—Lamento haber escuchado tus pensamientos sin tu permiso.
El corazón se le encogió.
—Mi comportamiento fue imperdonable.
Ella pareció buscar las palabras adecuadas.
—No comprendo el deseo rokuganí de… privacidad. Estar aislados, desconectados, resulta antinatural para mi pueblo. Eso nos vuelve… curiosos. Entrometidos. Sobreprotectores. No es una excusa, pero quizá sirva de explicación.
Le dedicó una mirada irónica.
—Así es como me trata mi pueblo. Debería haberme dado cuenta de que yo estaba haciendo lo mismo. Pero solo lo hacen porque… les importo. Igual que yo…
Apretó la mandíbula.
Aquello le resultaba difícil. Daini intervino para ahorrarle tener que continuar.
—En las montañas del Dragón, uno aprende a valerse por sí mismo. A alinear sus intenciones con sus actos. La verdad de los pensamientos íntimos queda en segundo plano frente a la verdad superior de las acciones. Uno debe aprender a mantenerse en pie por sí mismo antes de poder defender a los demás. Debe ser alguien a quien los demás se acerquen, no alguien que dé el primer paso. Pero quizá, al hacerlo, he apartado sin pensar a quienes podrían haber sido mis aliados.
Sus miradas se encontraron.
—Y he acusado a una querida amiga de actuar mal. ¿Cómo voy a atreverme siquiera a dar la cara?
Sus ojos de bronce se suavizaron.
—No tienes mala cara.
Él sonrió.
—No me refería a eso.
—Me sentí triste cuando te marchaste —susurró ella—. Ahora me enfrento a nuevos desafíos. No quiero afrontarlos sin ti. Estaba a la deriva hasta que nos conocimos. No hay nadie en la comunidad de la Mara como Daini.
—Y no hay nadie en mi vida como la Mara.
Su sonrisa se convirtió en una mueca pícara.
—La única e irrepetible.
Ambos conocían los pensamientos del otro. No hacía falta decir nada más.
Cuando el primer naga muerto se deslizó por debajo de ellos, se pusieron en tensión. Las criaturas avanzaban con movimientos sinuosos, pese a sufrir heridas que deberían haberlas derribado. A ellas se unieron bandidos muertos. Incluso desde aquella altura, el hedor llegó a las fosas nasales de Daini.
A lo lejos resonó el choque del acero mientras Daini se recogía las mangas. El Shahadet había entablado combate con los muertos. Daini liberó su katana de la vaina, soportando las miradas inquietas de los demás. Habrían preferido tender una emboscada, pero la Mara les había ayudado a comprenderlo. Un samurái tenía unas reglas que respetar.
Por fin, algo vivo pasó caminando por debajo. Apenas quedaba una docena de Asesinos del Bosque. Formaban un grupo apático, sosteniendo sus armas como si ya estuvieran derrotados. Como prisioneros.
Y entonces apareció el madōshi, con el torso desnudo y una larga coleta que se retorcía a lo largo de su espalda. La sangre goteaba de sus manos entrelazadas.
Daini saltó de rama en rama hasta aterrizar con estrépito en el suelo del bosque.
—Espera, primo.
Varios bandidos se volvieron de golpe, pero el madōshi mantuvo la espalda hacia Daini. El tatuaje de la curruca japonesa agitó las alas, transmitiendo órdenes.
—Reconozco ese tatuaje. Los monjes de Togashi no conceden semejantes marcas a la ligera. Has caído muy bajo. ¿Quién eras antes de esto?
El madōshi soltó una risita.
—Te aseguro que nunca has oído hablar de mí. Pero lo de «primo» me parece bien.
Los bandidos intercambiaron miradas inquietas. Estaba claro que no sabían si debían cargar contra Daini o esperar.
Daini se dirigió a ellos.
—Una vez compartimos una jaula y se nos hizo una oferta. Ahora os hago otra: luchad a mi lado y, en nombre de la autoridad del Clan del Dragón, os concederé el perdón por vuestros crímenes.
El madōshi se volvió por fin, con evidente irritación.
—Eras mejor cuando hacías de perro rastreador, Mirumoto. No debería haberte perdonado la vida.
—Ah, ahora lo entiendo. Utilizaste el tatuaje para coordinarte con el jakla traidor, el Ser Oscuro atrapado dentro del Shashakar. Necesitabas que alguien encontrara la ciudad de los jakla Cobra para hacerte con la perla. ¿Y después qué? ¿Convertirte en señor del bosque?
Negó con la cabeza.
—Ningún señor justo trata a sus vasallos como simples peones.
—Me condenas por esto, pero alabas a tu señor en la Alta Casa de la Luz por hacer prácticamente lo mismo. ¿No es por eso por lo que estás aquí? ¿Para que te enseñe alguna lección inútil?
El tono del madōshi destilaba malicia.
—Hace mucho que decidí que nunca volvería a ser su peón. Ahora sirvo a un amo superior.
—Solo te has convertido en el peón de otro —comprendió Daini—. ¿De quién?
La victoria de mi señor. Eso era lo que había dicho el jakla traidor a través del Shashakar. ¿Qué titiritero aún más poderoso movía los hilos?
—Te lo presentaré —respondió el desconocido, desenvainando su espada.
Daini desenvainó su katana y empuñó la vaina con la otra mano.
Y se quedó boquiabierto cuando el bandido más cercano se abalanzó sobre su amo. El madōshi apenas consiguió esquivar el hachazo.
El caos se desató. Los naga cayeron de los árboles como flechas, con espadas y arcos de lanza destellando bajo la luz de la luna. Daini perdió de vista a su presa en aquella tormenta de cuerpos y se lanzó al combate.
—Te seguiremos.
Un bandido habló de repente a su lado mientras Daini le partía el cráneo a un horror espantoso.
—Enséñanos y haremos lo que nos ordenes.
Daini intentó no poner los ojos en blanco.
—¿Queréis aprender el camino del guerrero? Pedid perdón a las aldeas a las que habéis robado.
—Solo queríamos una vida mejor, samurái.
—Queríais una vida cómoda —lo corrigió Daini—. Por eso solo encontrasteis penurias. Es fácil vivir una buena vida; más difícil es morir una buena muerte.
Apenas habían salido las palabras de su boca cuando los ojos del hombre se iluminaron de admiración. Daini comprendió con amarga ironía su error. Ahora nunca conseguiría librarse de ellos.
Siguió avanzando, abriéndose paso entre hachazos y garras. La Mara apareció, despejando espacio con sus flechas.
—¿Dónde está? —gritó.
Sus instintos hicieron girar la rueda en su vientre. Esquivó un tajo mortal, repentino e inesperado. El madōshi lo acribilló a golpes de acero. Cada dolorosa parada le enviaba ondas de choque por los brazos. Su espalda chocó contra un árbol.
Daini se replegó en una postura semisentada, con las piernas cruzadas formando una espiral compacta, y atacó desde allí.
El madōshi esquivó el golpe y descargó su propia espada.
¡A la izquierda! gritó la voz de la Mara.
Daini giró la muñeca y desplazó la espada hacia la izquierda. El golpe del madōshi resbaló inofensivamente por el acero.
Los ojos del hechicero se abrieron de par en par.
Daini saltó y le estampó la vaina en la nariz con un crujido. La espada lo siguió. Trazó un arco rojo bajo los rayos de luna que caían.
Se incorporó y contempló el cuerpo tendido del madōshi. El tatuaje seguía agitando las alas mientras el hechicero respiraba con dificultad. Débilmente, trazó algo con su propia sangre mientras se le escapaba la vida. El suelo se abrió ante él y una forma embarrada emergió, ensamblándose hasta adquirir una silueta vagamente humanoide.
A Daini se le heló la sangre. Estaba invocando un horror, como los que habían atacado la aldea naga. Perderían su oportunidad y todo habría sido en vano.
Entonces, la Mara se abalanzó sobre él. Enroscó la cola alrededor del madōshi y apretó. Daini se estremeció al oír cómo se quebraban los huesos. El monstruo que estaba formándose vaciló y empezó a desmoronarse en pedazos.
El madōshi gritó. Con las últimas fuerzas que le quedaban, hundió su espada en el pecho de la Mara. La punta de la hoja asomó por su espalda.
Un grito resonó en los oídos de Daini. Era el suyo. No podía detenerse.
La criatura terminó de desmoronarse en una lluvia de rocas y barro. Los escombros cayeron sobre el cuerpo anormalmente inmóvil de la Mara. El suelo retumbó y siguió resquebrajándose. Ella cayó y la tierra se la tragó junto con los restos del monstruo.
En su lugar quedó un oscuro socavón.
Daini apenas consiguió dar unos pasos antes de caer de rodillas. El suelo temblaba bajo los cuerpos de los no muertos que se desplomaban, y cada golpe sordo era un eco de los latidos frenéticos de su corazón. Sentía que se estaba convirtiendo en piedra, mientras suplicaba a su cuerpo que se moviera, que corriera a buscarla.
Notó que otros se deslizaban hasta su lado. El Shahadet, victorioso junto a su séquito, pero de pronto sumido en el duelo. El Isha, atónito, con las armas caídas de las manos. Una oleada de tristeza recorrió a los naga. Daini no lo entendía, pero imaginó que el Shahadet había dicho:
—Al final, ha demostrado ser una guerrera.
Pero ¿dónde estaba la inmensa pena que debería sentir? ¿La desesperación? ¿Por qué le parecía seguir oyéndola, como si el terror inicial a perderla hubiera sido infundado?
¿Lo he conseguido? ¿Se ha acabado?
Aquellos pensamientos no eran suyos.
—Dame tu linterna —ordenó al bandido más cercano.
Una oleada de energía lo revitalizó. No, no era energía. Era esperanza.
El descenso al foso fue lento. Tanto los bandidos como los naga observaban desde el borde. A su alrededor, el mundo se transformó en un vacío negro como la tinta, iluminado únicamente por el círculo de luz de la linterna que oscilaba desde su obi.
El cuerpo destrozado del madōshi yacía en el fondo. El tatuaje de la curruca japonesa por fin estaba inmóvil. Daini pasó junto al hechicero y encontró a la Mara, con el cuerpo enroscado en un ovillo contra la pared embarrada.
La guarda de la espada sobresalía de su pecho, y la sangre manchaba su túnica.
Ella abrió los ojos y sonrió.
—¿Tengo que volver a preguntártelo? ¿Lo he conseguido?
A Daini le flaquearon las piernas.
—Gracias a los Fortunas. Temí que… No vuelvas a hacer algo así jamás.
—Estaba convencida de que me había matado.
Señaló la empuñadura.
—Pero ¿por qué me ha golpeado donde no tengo órganos?
—Ahí es donde los rokuganíes tenemos el corazón —explicó Daini.
Por supuesto, el corazón de los naga estaba más cerca de la clavícula, y podían desplazarlo uno o dos centímetros si era necesario. Recordó haber oído los latidos del suyo bajo su mejilla cuando habían compartido el calor en la nieve. Si el madōshi se hubiera molestado en aprender algo sobre ellos, quizá habría acertado.
—Entonces ha sido cuestión de suerte.
Intentó quitarse la espada.
—No te muevas —ordenó él con brusquedad—. Deja que se encargue un sanador.
Ella asintió y Daini pidió ayuda a gritos. Desde arriba llegaron voces jubilosas.
—Sabías que seguía viva —comentó ella—. Tanta preocupación no tiene sentido.
—Al principio, no —admitió él—. Pero luego te oí. Te oí pensar hacia mí, preguntándote si lo habías conseguido.
Su cuerpo tembló con una suave carcajada.
—Eso lo deja claro. Ahora eres uno de los nuestros.
«Encontrarás tu destino en el Shinomen», le había dicho Yokuni. «Tu destino estará entrelazado con el de los aliados que encuentres».
Daini nunca se había sentido tan agradecido a Togashi Yokuni como en aquel momento.
Los días siguientes apenas les darían tregua. Era poco probable que el Qamar cambiara de opinión por el resultado de una sola batalla. Aún quedaban las marismas agitadas y las criaturas muertas que el madōshi había liberado. La Unidad seguía debilitándose, la perla estaba agrietada y el mundo no estaba ni un paso más lejos de la oscuridad que se avecinaba, fuera cual fuese. Tendría que permanecer en el bosque durante más tiempo, lejos de las comodidades de su hogar, de las cortes, de su gente y del mundo que conocía.
La Mara sonrió radiante como el sol.
Bueno, pensó, quizá no esté tan mal.




