escrito por Robert Denton III
Durante su infancia, la hermana de Mirumoto Daini, Hitomi, le confesó que creía que uno de los monjes de la Gran Casa era un naga disfrazado. Él se había reído de ella. Solo alguien irremediablemente crédulo se tragaría semejantes cuentos absurdos sobre personas que eran serpientes de cintura para abajo. Aun así, siempre sacaba el tema cuando quería bajarle los humos. ¿Qué persona racional creería semejante tontería?
Ahora, apoyado contra los barrotes de su prisión, observaba cómo los guardias naga se alejaban reptando, respondiendo a unos siseos de alarma. Por favor, rezó, que Hitomi nunca descubra que tenía razón.
Mirumoto Daini no estaba seguro de cómo había conseguido infiltrarse el desconocido en el asentamiento de los naga. Solo había visto al intruso encapuchado salir al descubierto, mientras los guardias cercanos emitían siseos de sorpresa y le apuntaban con sus lanzas a la garganta.
Él habló sin inmutarse.
—He venido a negociar la liberación de vuestros prisioneros.
Así que este era el «Maestro» al que los Asesinos del Bosque veneraban tanto. No habían hablado de otra cosa durante la semana que llevaban encerrados juntos. Que el Maestro los liberaría. Que haría pagar a los naga por aquella humillación. Que era capaz de cualquier cosa. ¿Qué clase de persona odiosa podía ganarse la lealtad de los Asesinos del Bosque?
Más importante aún, ¿cómo se comunicaba aquel desconocido con los naga? Él hablaba, ellos respondían con siseos y él contestaba. Durante su cautiverio, las preguntas de Daini no habían llevado a ninguna parte, pero los naga parecían comprender al instante al desconocido. ¿Poseía aquel «Maestro» algún don elemental, como un shindōshi? ¿O se trataba de algo completamente distinto?
Las puertas del edificio más grande se abrieron para el encapuchado. Los guardias lo escoltaron hasta un atrio abierto, donde los reflejos del agua proyectaban destellos sobre las paredes. Daini alcanzó a vislumbrar en su interior a varios naga de aspecto majestuoso antes de que las puertas se cerraran. Sus líderes, sin duda.
—Última oportunidad, samurái —dijo una voz ronca a su espalda—. ¿Estás con nosotros o no?
Los Asesinos del Bosque le preguntaban todos los días si lucharía a su lado cuando llegara el momento. Cada vez respondía sin comprometerse o decía algo críptico. Ahora, tres docenas de bandidos se alzaban ante él, esperando su respuesta.
Daini continuó mirando a través de los barrotes de madera.
—¿De verdad creéis que podéis derrotarlos? Os vencieron por completo en circunstancias mucho más favorables.
Otro de los bandidos soltó una risita.
—El Maestro conoce un par de trucos, y hemos escondi…—
Un fuerte golpe. El hombre se quedó callado.
El primero volvió a hablar.
—Danos tu respuesta.
Sus palabras destilaban una amenaza contenida.
—Perderéis —dijo Daini—. Ellos conocen este terreno. Solo un necio permite que su enemigo decida dónde luchar. Ahora, supongamos que nos retiramos hasta vuestro campamento. Haced que vengan a por vosotros. Podríais ir eliminándolos uno a uno, obligarlos a atravesar puntos de estrangulamiento. Así tendríamos alguna posibilidad de vencer.
Tras un largo silencio, una mano carnosa se posó sobre su hombro.
—Una decisión sabia, amigo. Aléjate de estos barrotes cuando el Maestro haga su movimiento. Nos dirigiremos al campamento como sugieres. Hay varios alijos de armas escondidos por el camino.
¿Así que conoce el plan de su maestro?, pensó Daini. ¿Cómo es posible?
—Eso nos ahorra trabajo —dijo Daini—. Solo que debería conocer el plan para poder luchar con eficacia.
El bandido sonrió.
—Por ahora, solo necesitas saber que estos bosques pronto serán nuestros.
Daini exhaló cuando se hubieron dispersado y regresaron a sus moradas. Los naga habían preparado un recinto con espacio para tiendas e incluso hogueras. Pero estaba al descubierto, rodeado por el poblado. Se sentía como un animal en la colección privada de un señor.
Daini no tenía intención de confraternizar con aquellos perros sin honor que probablemente acabarían matándolo de todos modos. Haría su propia apuesta por la libertad.
Como si sus pensamientos la hubieran convocado, apareció la mujer naga, tal como había hecho cada día desde el comienzo de su cautiverio. Daini se irguió. Ella se deslizó hacia él de una forma inquietante, una unión verdosa de mamífero y reptil. La naga parecía algo que solo debería existir en los murales de los templos, quizá la creación de alguna Fortuna particularmente jovial. Su túnica color ciruela, con espirales amarillas y cierres de concha, le recordó a los happi de manga corta que llevaban los sirvientes del Castillo Mirumoto.
El cautiverio era vergonzoso y humillante para alguien de su posición, pero sus visitas hacían que resultara soportable. Sus intentos de comunicación eran rudimentarios y torpes. Ella parecía querer que hablase, pero aunque él había pronunciado su nombre, la palabra que utilizaban para referirse a su pueblo y otras cosas, nada de ello parecía importar. La mayor parte del tiempo se limitaban a mirarse en silencio.
Y luego estaban los nuevos sueños. Cada noche era igual: él se debatía en unas aguas negras como la tinta, con el corazón desbocado, consciente de que algo enorme y cubierto de escamas lo rodeaba. Un ojo reptiliano se abría, bañándolo en oro, y su mente explotaba con recuerdos borrosos enterrados hacía mucho tiempo. El último había sido el de una niña de rostro enrojecido, su hermana Hitomi, mirándolo con furia mientras blandía una espada de madera astillada. Cada vez se despertaba empapado en un sudor terrible, con la sensación de que le habían abierto en canal, de que su vergüenza y sus secretos más profundos habían quedado expuestos ante ojos invisibles. ¿Era así como se sentía el sacerdote ante el altar, indefenso bajo la mirada de dioses primordiales?
La mujer naga siempre le llevaba algo de comer. La última vez había sido una especie de cosa crujiente suspendida en una esfera de gelatina que apestaba a agua estancada. Le revolvió el estómago, pero rechazarla habría sido de mala educación. Ella lo había observado mientras se la tragaba con arcadas, sin pestañear. Esta vez tenía algo que, alarmantemente, se parecía a una rana entera cocinada. Permanecía suspendida a varios pies sobre su cabeza, observándolo con sus ojos de tono broncíneo.
Aquellos ojos lo cautivaban como ríos profundos. Lunas eclipsando soles de ámbar.
Recobrándose, sacó la carta que escondía en el cuello de su ropa y la extendió para que la naga pudiera ver las figuras que había dibujado en el reverso: los bandidos, representados junto a un hacha, aterrorizando una población. Guerreros empuñando espadas, un templo en la montaña, un dragón serpentino entre las nubes.
Ella le dedicó una mirada parecida a la de un adulto que elogia a un niño por mostrar orgulloso sus garabatos.
Maldita sea. De verdad había esperado que aquello funcionara.
—Bueno —suspiró—. Valía la pena intentarlo.
Su cola golpeó el suelo. Siseó con urgencia y señaló hacia su boca, como si algo estuviera saliendo de ella. O quizá como si quisiera comerse… algo.
Daini hizo una mueca.
—Así que por eso vienes todos los días. ¿Piensas comerme? Haré que sea una comida difícil.
Ella se detuvo. Entonces estalló en fuertes carcajadas, atrayendo brevemente la atención de algunos naga que pasaban por allí.
—No voy a comerte, idiota. Te estaba pidiendo que siguieras hablando.
¿Aquella voz, aquellas palabras, habían salido de ella?
¡Sí!
Un antiguo dialecto rokuganí, uno que Daini solo había oído hablar en obras de teatro. Pero eran palabras que comprendía. Sonrió.
Ella mostró unos dientes afilados como dagas.
—¡De verdad ha funcionado! Quiero decir, claro que ha funcionado. Sabía que lo haría.
Se onduló, entrelazando los brazos. Su sonrisa era como un amanecer.
—¡No me lo puedo creer! ¡Por fin! ¡Por fin!
—¿Cómo? —balbuceó Daini—. Antes no te entendía. ¿Son los espíritus los que traducen tus palabras?
Ella negó con la cabeza.
—Tú me has enseñado.
Daini pensó que quizá explicaría algo más, pero ella se limitó a mirarlo. Entonces su expresión se volvió seria.
—¿Cómo has podido enviarme tus pensamientos? La Unidad es el don de los naga. ¿Cómo es posible que puedas utilizarla?
¿La Unidad? ¿Enviar sus pensamientos?
Daini negó con la cabeza.
—Me temo que no sé de qué estás hablando. Pensé que quizá eras una sacerdotisa y que invocabas los elementos.
Sonrió con cautela.
—Hasta hace poco, creía que los naga eran un mito.
Ella guardó silencio. La tristeza cruzó su rostro.
Cuando tengas dudas, recurre a la cortesía.
Daini se inclinó en una reverencia.
—Este es Mirumoto Daini, un samurái del Clan del Dragón. Me gustaría conocer el nombre de aquella a quien debo la vida.
—Clan del Dragón.
Una delgada lengua negra se deslizó entre sus labios y lamió el aire.
—Pino y nieve. Las montañas.
Se llevó una mano al pecho.
—Puedes llamarme la Mara.
—¿La Mara? —Daini sonrió—. ¿La única e inigualable?
—Mi propósito es ser la Mara —respondió ella, sin explicar nada más.
Por el momento, los bandidos parecían no haberse percatado de que estaba conversando con una de sus captores. Bajó la voz.
—No tenemos mucho tiempo. Ese hombre que acaba de entrar en vuestro campamento, ¿quién es?
Ella arqueó una ceja.
—¿No lo conoces? Afirma ser tu señor, algo llamado un «daimyō» de un «gran clan».
Su humor se ensombreció.
—Ese hombre no es mi señor. Estos prisioneros no son samuráis. Son Asesinos del Bosque. Bandidos.
—Asesinos del Bosque.
Lamiendo el aire, frunció el ceño.
—No me gusta eso. Pero ¿por qué estabas con ellos?
—Era su prisionero. Emboscaron a mi séquito.
Se detuvo. Algunos bandidos merodeaban al otro lado del cercado. En cualquier momento, alguno podría mirar en su dirección.
—No conozco sus planes, pero están convencidos de que ese desconocido los liberará. Debes avisar a tus líderes. Si escapan, se retirarán hasta su campamento en las ruinas. Podríais llegar allí antes que ellos.
Ella hacía cálculos tras aquellos ojos cobrizos. Una expresión decidida se apoderó de su rostro y, después de tragarse la rana asada de un solo bocado, desapareció.
Daini había esperado llegar más lejos. El tiempo se alargó. Algunos bandidos le lanzaron miradas tranquilizadoras. Él les devolvió el gesto con un asentimiento, preguntándose si se darían cuenta de que había sido él quien había frustrado su huida y cuánto tiempo podría sobrevivir contra todos ellos.
Apenas se percató de que la Mara había regresado. Se había sujetado un carcaj a la cola, junto con un arco recurvado alargado con una punta de lanza. Su mirada se desvió rápidamente hacia la katana envainada que llevaba.
Su katana.
Unos cuantos chasquidos y la puerta de la prisión se abrió. La Mara le hizo un gesto para que saliera.

—¡Eh! —gritó uno de los bandidos—. ¿Qué estás haciendo? ¿Te están dejando salir?
—Date prisa —dijo ella.
Cerró la puerta de golpe tras él y giró la llave. Dos bandidos se abalanzaron contra los barrotes, pero demasiado tarde. Daini apartó la mirada de sus rostros boquiabiertos mientras la Mara le devolvía su espada. Se la ajustó al cinturón y se recogió las mangas, siguiendo a la Mara hacia la morada de sus líderes. Ningún naga se volvió contra ellos, pero algunos parecían alarmados. Daini no sabía cómo castigaban los naga a quienes liberaban a prisioneros armados, pero no se le escapaba que ella había arriesgado mucho.
—¿Cuántos problemas te acabo de causar? —preguntó, apenas capaz de seguirle el ritmo.
—Pregúntamelo después. Ese falso señor, ¿puedes demostrar que sus mentiras son falsas?
No estaba seguro.
—Puedo intentarlo. ¿Me entenderán tus líderes?
—Es poco probable —admitió ella—. Así que traduciré para el Daini.
—¿Ah, sí? ¿Soy el Daini?
Un colmillo asomó de su sonrisa.
—El único e inigualable.
Pasaron junto a unos guardias sorprendidos y atravesaron las puertas del atrio. A Daini le recordó al patio de un monasterio, pero con un estanque de reflejos cubierto de vegetación, alimentado por una cascada constante que caía desde arriba. Los pasos de Daini provocaban ondas en el agua, que apenas le llegaba a los tobillos, mientras los lotos flotaban sobre la superficie. Sintió a un pez escabullirse junto a su pie descalzo.
Varios naga ataviados con elaboradas armaduras se enroscaban alrededor de las columnas que sostenían el techo acristalado. Incluso ellos empequeñecían a la Mara. Allí estaba el guerrero naga que casi lo había matado, con aspecto de estar deseando tener otra oportunidad.
Los naga no parecían tan sorprendidos como el «Maestro». Las prendas grises y raídas del hombre le recordaron a Daini a telarañas. Una espada colgaba de su cinturón a la manera de una tachi.
—Un perro del Dragón —dijo el desconocido con voz áspera—. Deberíais ejecutarlo.
Los naga intercambiaron siseos mientras los guardias entraban en el atrio.
Daini lanzó a la Mara una mirada interrogante.
—¿Entienden su rokuganí?
Ella pareció sorprendida.
—Está hablando la lengua de mi pueblo. ¿No es así?
Los ojos de Daini se abrieron de par en par. Así que cualquiera que oyera las palabras de aquel hombre las escuchaba en su propia lengua. Algo se removió en el fondo de la mente de Daini, pero apartó el pensamiento. Tendría que resolver aquel enigma más tarde.
—¡No os creáis nada de lo que diga este hombre! —gritó Daini.
La Mara soltó una sucesión de siseos, traduciendo sus palabras.
—No es ningún daimyō. Sus prisioneros son criminales que profanaron vuestras ruinas.
Sus palabras, transmitidas a través de la Mara, agitaron a los señores de los naga. La naga más lujosamente ataviada, sentada en el lugar de autoridad, la sometió a preguntas. Daini oyó «el Daini» entre sus apresuradas respuestas y ella asintió en su dirección. Al menos eso le pareció tranquilizador.
—Así que —dijo el desconocido con una sonrisa enfermiza— este es el hijo superviviente del daimyō Mirumoto.
Había malicia en los ojos del desconocido. ¿Conocía Daini a aquel hombre de algún sitio?
—Sabes mi nombre —dijo Daini mientras la Mara interpretaba sus palabras—. Pero ¿cuál es tu familia? ¿De qué clan procedes? ¿De qué provincia?
Un naga siseó y la Mara tradujo.
—Dice que es un Shinjo, del Unicornio —le explicó.
Daini estuvo a punto de reír.
—Qué extraño que estés sin tu caballo, Lord Shinjo. ¿Qué fue de él? Nunca he conocido a un Shinjo que careciera de uno.
—¿No vale nada la palabra de un samurái?
—Mis disculpas —dijo Daini, mientras cada una de sus siguientes palabras iba acompañada de la apresurada traducción de la Mara—. Entonces sabrás que estás infringiendo el Edicto Imperial, pues todo samurái que se encuentre fuera de su territorio debe mostrar las insignias de su clan.
Señaló el símbolo del Dragón en su kimono amarillo y verde.
—Pero tus documentos de viaje aclararían el asunto. Yo tengo los míos. ¿Tú tienes los tuyos?
Todas las miradas se volvieron hacia el desconocido.
Este se bajó la capucha. Daini no reconoció su rostro delgado, pero distinguió un atisbo de color en su cuello. ¿Un tatuaje? Daini entrecerró los ojos para intentar verlo mejor.
—Estamos muy lejos de vuestro imperio, samurái.
El desconocido se inclinó ante el conjunto de los naga.
—Habríais hecho bien en aceptar mi oferta, Shahadet. Habéis condenado a vuestro pueblo.
Gritos desde el exterior.
La sala resonó con el sonido de espadas liberadas de sus vainas.
Los guardias absorbieron la mayor parte del impacto. Daini se agachó bajo los escombros que volaban por el aire, tosiendo mientras el polvo le abrasaba la garganta. Donde antes había estado la puerta ahora solo quedaba un agujero humeante. Daini se protegió los ojos ante la aparición de una gigantesca figura humanoide envuelta en llamas, un cuerpo enjuto y demacrado sepultado bajo el fuego. En lugar de rostro tenía el cráneo de un oso, sin ojos.
La criatura cargó contra la Shahadet. El agua siseaba bajo sus pasos.
Daini apartó el miedo de su mente y persiguió al desconocido, que se escabulló al exterior. Varias de aquellas criaturas llameantes avanzaban pesadamente por el poblado, mientras los naga huían o entablaban combate con ellas. De algún modo, había acabado dentro de una pesadilla poblada de criaturas imposibles. Recordó vagamente relatos del Clan del Cangrejo, historias sobre los horrores contra los que combatían en la Muralla Kaiu, erigida para contener las Tierras Sombrías. ¿Estaban relacionadas aquellas criaturas con ellos?
El cercado de la prisión había quedado destrozado. Las llamas lamían la madera carbonizada. Había varios cadáveres de Asesinos del Bosque esparcidos por el suelo, pero el resto había desaparecido.
A Daini no le consolaba demasiado saber que habían huido hacia el bosque en lugar de quedarse a luchar, como quizá habrían hecho de no haberles sugerido lo contrario.
A pesar de todo, Daini nunca perdió de vista a su presa.
—¿Desde cuándo se molesta el Dragón en descender de sus montañas? —gritó el desconocido, con los ojos iluminados por las llamas y las palabras tan claras como si se las hubiera susurrado directamente al oído a Daini—. Considéralo un regalo. Vuelve a casa. Dile a tu señor, en la Gran Casa de la Luz, que ha fracasado.
Daini corrió hacia el hombre, desenvainando su espada. Detrás del desconocido, la Mara se abalanzó sobre él. Sus miradas se cruzaron cuando ella atacó.
El desconocido se apartó de un salto y movió la muñeca.
Un chasquido.
Una nube de humo negro brotó, escociéndole los ojos a Daini.
Bomba de pimienta.
Daini tosió y buscó a tientas entre la opaca cortina negra. ¡No servía de nada! El desconocido escaparía entre el humo y…—
La Mara barrió el aire y estrelló la cola contra la nube, apartando el humo con un crujido de huesos. La neblina se disipó.
Un cuerpo yacía aplastado bajo ella.
Daini recordó una lección de los Agasha sobre las serpientes: podían percibir el calor corporal de sus presas y los irritantes no las disuadían. ¿Qué daño podía hacerle una bomba de pimienta a una serpiente?
Se acercó poco a poco al cuerpo sin vida.
Era el Asesino del Bosque que había exigido la colaboración de Daini.
Pero ¿cómo?
Unos instantes antes había sido el desconocido. ¿Cómo habían intercambiado sus lugares?
La Mara escupió al suelo, con la lengua azotando el aire.
—El Impuro.
Ahora Daini sabía qué era el maestro de los bandidos. No había sido admiración lo que teñía las palabras de los Asesinos del Bosque, sino miedo. Miedo a una hechicería capaz de invocar demonios envueltos en llamas y lanzarlos contra una aldea. Miedo a pactos con las Tierras Sombrías.
Madōshi, practicantes de poderes blasfemos.
¿Era aquella la oscuridad de la que Yokuni hablaba en su carta?
Daini alzó la mirada hacia los ojos de la Mara, eclipses solares.
Algo se le contrajo en el pecho.
Eran los naga, ¿verdad?
Ellos eran su destino, los aliados que había sido enviado a encontrar.
¿Estás observando ahora, Señor Yokuni? ¿Te estás riendo?
—Ayúdanos —dijo ella— y haré cuanto esté en mi mano por tu causa.
De algún modo, sintió que no necesitaba decir nada, que ella ya sabía que aceptaría. Tendría que ganarse su confianza, aprender más sobre sus costumbres. Ese trabajo comenzaría mañana.
Hoy había demonios contra los que luchar.
Con sus destinos entrelazados, se lanzaron juntos al combate.





