escrito por Robert Denton III
Mirumoto Daini se alegró de poder salir por fin de su tienda por primera vez en tres días de lluvia. Había esperado que el Bosque Shinomen lo pusiera a prueba; las historias decían que era hostil con los forasteros, un lugar maldito y lleno de monstruos. Hasta ahora, lo único que el bosque había puesto a prueba era su paciencia.
A lomos de su caballo, Mirumoto Daini repasó la carta que acompañaba a sus documentos de viaje.
El prestigioso Clan Dragón solicita el paso conveniente y seguro para el hijo menor de la familia del daimyō Mirumoto, Mirumoto Daini, y su séquito. En virtud de esta autoridad, se les reconoce el derecho a adoptar cualquier ruta conveniente hacia el interior y a través del Bosque Shinomen con el propósito de buscar aliados contra la oscuridad venidera.
Debajo había sellos de numerosos magistrados, estaciones de descanso y santuarios. El emblema personal del Campeón del Clan Dragón, Togashi Yokuni, había sido grabado a fuego en el papel.
Buscar aliados contra la oscuridad venidera. Por los nueve Reyes del Infierno, ¿qué demonios significaba aquello?
Daini alzó la mirada hacia su pequeña escolta. Los ashigaru rodeaban su caballo al trote, con sus cortas lanzas de garfio preparadas y sombrillas enceradas montadas a la espalda como banderas para mantenerlos secos. Algunos exploradores con armadura ligera avanzaban a su lado, balanceándose bajo sus capas de paja con capucha, como arbustos de agracejo animados. A su lado, su sirviente Mirumoto no Zurui Asagao examinaba la zona desde lo alto de su caballo. Con su capa de paja y su sombrero lacado en forma de cuenco, le recordaba a un pino parasol. Señaló la carta con la cabeza.
—¿Dice algo diferente esta vez?
Como samurái de rango inferior de la familia vasalla Zurui, la costumbre de Asagao de burlarse de sus superiores debería haberle valido reasignaciones constantes. Daini prefería tenerla cerca. Se alegraba de que alguien siguiera hablando con franqueza con él.
Daini volvió a guardar la carta en el bolsillo forrado de cera que ocultaba en el cuello de su abrigo de viaje.
—¿Sabías que algunos samuráis reciben ocasionalmente órdenes racionales, sin enigmas ni misterios?
—Entonces siento lástima por esos samuráis.
Asagao detuvo su caballo.
—Aquí está el camino.
Parpadeó ante un muro de bambú y hostas frondosas.
—Hmm. ¿Dices que esto es un camino?
—Lo bastante parecido a uno.
Desmontó y empezó a cortar la vegetación con un hacha de hoja ancha, su nata.
Daini desmontó también, y un ashigaru se apresuró a tomar las riendas del caballo. Inhalando el húmedo aroma terroso del bosque, desató las cuerdas que sujetaban sus espadas a las vainas. No esperaba tener que desenvainarlas, pero más valía estar preparado.
Tras abrirse paso hacia el bosque, Asagao se arrodilló a los pies de Daini, apoyando el puño izquierdo en el suelo, como Togashi cuando el Pequeño Maestro lo iluminó.
—Una vez encontremos las ruinas, enviaré a un explorador de vuelta para informar. Si todavía hay bandidos acampados allí, determinaremos su número y…
Daini hizo un gesto con la mano.
—Simplemente te acompañaré, Asagao. Será mucho más sencillo.
Los exploradores intercambiaron miradas. Asagao apretó los labios.
—Contenerte la lengua no es propio de ti, Asagao.
Ella habló con cuidado.
—El Sueño de Togashi enseña que al protegerse uno mismo, protege a los demás.
En otras palabras, crees que echaré a perder tu tapadera.
—Amiga mía, he pasado los últimos tres días contemplando el interior de mi tienda y el reverso de mis propios párpados. Me gustaría ver algo distinto por una vez.
Esbozó una sonrisa.
—Además, ¿cómo puede un samurái quedarse al margen mientras ladrones y asesinos campan a sus anchas?
Ella se desinfló.
—Sí, mi señor. Por supuesto. Por aquí, por favor.
Indicó a los ashigaru que vigilaran los caballos y que, en caso de emergencia, dieran la señal con una flecha silbante. Un gesto mudo envió a los exploradores por delante, y ella sostuvo un tramo de bambú para que Daini pudiera pasar.
Una niebla gris verdosa se aferraba al suelo del bosque mientras avanzaban penosamente por el sendero, con las hojas crujiendo bajo sus pies. Las plantas delgadas traqueteaban con el viento ligero. Columnas de débil luz solar se abrían paso entre las copas de cipreses y castaños, pero la penumbra hacía que pareciera que estaban bajo una manta.
Daini habló a espaldas de Asagao.
—Estás enfadada conmigo.
—¿Qué te ha dado esa impresión, mi señor?
—Solo me llamas «mi señor» cuando estás enfadada.
Aceleró el paso hasta colocarse a su lado.
—Tienes mucho que ganar con esto, ya sabes. Un ascenso. Una asignación mayor.
—He expresado mi opinión —dijo ella—. ¿Qué más hay que decir?
El informe sobre los bandidos que acampaban cerca había sido la mejor noticia que Daini había recibido en semanas. Por fin, algo que rompiera el tedio. Los exploradores creían que eran Asesinos del Bosque: bandidos famosos por talar bosques, cazar furtivamente y saquear. Estaban muy organizados. Los Grandes Clanes acababan con ellos cada pocos años, pero nunca desaparecían durante mucho tiempo. Para ascender dentro de los Asesinos del Bosque, primero había que matar a un samurái; cuantos más samuráis hubiera matado uno, mayor sería su rango. Sin duda aquellos bandidos llevaban algún tiempo causando problemas al Clan Halcón. Y como los Halcones eran los únicos aliados en el Shinomen que Daini alcanzaba a distinguir, sería mejor que se sintieran en deuda con él antes de que les pidiera un favor. Reconocer el campamento de los bandidos parecía un regalo bastante apropiado.
Asagao se había opuesto. Demasiado arriesgado. Y, sin embargo, allí estaba, con sus reparos ignorados, guiando a Daini por un sendero de ciervos a través de un bosque maldito. No correspondía a un samurái cuestionar a su señor, sino obedecer. No es que Daini hubiera dado nunca un buen ejemplo de ello.
—Pronto tendrás tu venganza —comentó Daini—. Parece que el señor Yokuni desea enseñarme humildad haciendo que mendigue el favor del Clan Halcón.
—Eso espero que no —dijo Asagao—. No estoy segura de que seas capaz de ser humilde.
—Cuando por fin tenga algo de lo que ser humilde, lo seré.
Ella puso los ojos en blanco, pero Daini sabía que su estrella estaba en ascenso. Hacía poco, había recordado a los asistentes de la Corte Imperial de Invierno que el Dragón existía, superando en astucia a un veterano de la corte y derrotando a dos rivales en duelos. Antes de que terminara el invierno, casamenteros de los Clanes Escorpión y Grulla le estaban ofreciendo candidatas matrimoniales; el Clan Ciervo se ofreció a mediar, lo cual era… divertido. El éxito de Daini era el motivo por el que lo habían enviado a aquella misión. Qué suerte la suya.
Sus dedos rozaron la carta guardada en el cuello. Buscar aliados contra la oscuridad venidera. ¿Qué oscuridad? Daini podía escoger entre un buen número de calamidades; cualquiera de ellas podía ser la vaga amenaza que ocupaba cada pensamiento del Campeón del Clan Dragón. Pero ¿por qué necesitaba aliados el Clan Dragón, respetado por la dinastía Hantei y protegido en las montañas? ¿Desde cuándo les importaban los insignificantes asuntos del Imperio?
—Encontrarás tu destino en el Shinomen —había dicho Yokuni—. Tu destino estará entrelazado con los aliados que encuentres.
Daini no estaba seguro de creer en el destino, pero si el Campeón del Dragón sabía qué les esperaba allí, y los rumores sobre la clarividencia de Yokuni eran ciertos, entonces seguramente los dados cósmicos ya habían sido lanzados. Él solo podía desempeñar su papel.
Llegaron a un claro entre la maleza, un mirador. Columnas de mármol se alzaban entre la vegetación circundante, junto a estructuras cubiertas de musgo que se habían derrumbado parcialmente. Daini no podía discernir su origen. No podían ser los restos de un santuario perdido, pues no se ajustaban a ninguna convención arquitectónica que conociera. Pero reconoció las tiendas y las barreras de paja que se aferraban a las ruinas como pulgas. El campamento de los bandidos, sin duda. Incluso habían rodeado su campamento con una cortina de guerra, aunque desde aquel punto de observación aquello servía de poco para ocultar su distribución y su número.
Un explorador apareció y se arrodilló junto a Asagao.
—Lady Zurui, los bandidos parecen agitados. Hay patrullas armadas en el bosque, buscando algo.
Ella frunció el ceño.
—No me gusta. Retirada.
—¡No hemos averiguado nada! —protestó Daini—. Al menos dejanos que intentemos acercarnos.
Los ojos del explorador se abrieron de par en par. Asagao respiró profundamente.
—Esas patrullas podrían encontrarnos en cualquier momento. Será mejor repleg…
Retirada estratégica —se corrigió cuando Daini empezó otra protesta—. Podemos reagruparnos y…
Un chillido resonó sobre los árboles.
Una flecha silbante.
Cualquier discordia entre Asagao y Daini se evaporó. Corrieron de vuelta por el sendero. Daini vislumbró a los exploradores por el rabillo del ojo, sombras que se deslizaban entre los árboles. Las raíces y los enredos atrapaban sus pies, pero consiguió no tropezar. La nagamaki de Asagao ya estaba en su mano, una larga hoja que brillaba sobre un mango igualmente largo.
El camino cubierto de maleza apareció ante ellos. Asagao salió disparada hacia el claro, seguida por los exploradores. Daini agarró sus espadas mientras sus sandalias tejidas salpicaban un charco.
Cuerpos con armadura yacían en el barro. Los caballos habían desaparecido. Sobre los ashigaru caídos, tres desconocidos con armaduras disparejas sonreían; uno empuñaba un arco y estaba a punto de lanzar otra flecha silbante.
Asagao se giró para encararlo, chocó contra sus hombros y lo empujó. Él cayó rodando, sintiendo cómo el peso de ella se elevaba, acompañado por el sonido del acero desenvainado.
Salieron del bosque como fantasmas a través de la niebla. Gritando, blandiendo hachas alocadamente, con los ojos brillantes. El acero resonó cuando el hacha chocó contra la espada.
Daini se incorporó sobre una rodilla. Había caos por todas partes. Habían atraído a su séquito con aquella flecha silbante. ¿Cómo lo habían sabido? ¿Los habían estado espiando desde el bosque?
Dos bandidos cargaron contra él, con las hachas relampagueando bajo la luz.
El miedo golpeó a Daini como una ola, despojándolo de toda capacidad de razonamiento. Eso era lo que hacía el miedo; impedía que la mente formara pensamientos coherentes y que el cuerpo obedeciera órdenes. Cuando el miedo se apoderaba de uno, solo podía actuar por instinto.
Pero por eso Daini había trabajado durante tantos meses en el Dōjō de los Dos Cielos y en las indómitas montañas del Dragón. Para que, cuando el miedo despojara a la razón, dejara atrás los instintos de un guerrero. De un samurái.
Agachó la cabeza ante el golpe de un hacha y desenvainó su katana.
El bandido chilló, con el brazo cercenado a la altura del codo.
Daini cayó sobre él con un segundo corte. El grito cesó.
El segundo hombre se abalanzó blandiendo dos hachas de mano.
Daini sacudió su hoja mojada, enviando sangre a los ojos de su atacante. El bandido vaciló, cegado. El primer golpe de Daini fue desviado torpemente, pero desenvainó su wakizashi y forzó una abertura. La katana siguió a continuación, y la cabeza del hombre rodó de sus hombros.
Mientras su trance guerrero se desvanecía, Daini buscó a Asagao. Estaba tendida junto al camino, cubierta de sangre, con un hacha clavada en las costillas. Un hacha que había sido destinada a él.
Ella jadeó cuando él la ayudó a sentarse.
—Hay una carta… en mi tienda. Asegúrate… de que mi hermana…
—La entregarás tú misma.
Daini intentó mantener la voz calmada. Miró a su alrededor, sumido en el caos, pero nadie había dejado de luchar. Seguramente el resto de su séquito en el campamento habría oído el alboroto y aparecería en cualquier momento…
—Vas a… conseguir que te… maten.
Él sonrió de medio lado.
—Entonces moriré luchando junto a mi amiga.
La comisura de sus labios se movió y después se separaron en una suave sonrisa que dejaba ver los dientes.
—Entonces… ¿para qué habrá servido… todo esto, idiota?
Silencio. Ni el tintineo del acero. Ni el crujido de las hojas. Solo el latido de su propio corazón en los oídos mientras ella se quedaba inmóvil entre sus brazos.
Te lo advirtió. Tú la mataste.
Y no solo a ella. Una docena de almas valientes que no tenían ni idea de por qué habían muerto allí, personas con familias y aspiraciones, arriesgando su futuro por causas que no podían comprender.
Pesados pasos detrás de él. Sus vencedores, seguramente demasiados para poder enfrentarse a ellos.
Si corría, quizá llegaría a su campamento. Los demás que esperaban allí podrían…
No. Solo estaría conduciendo a los asesinos hacia más víctimas. Los samuráis no huían de la muerte. Corrían hacia ella.
Se volvió hacia ellos, con las hojas en alto en la postura Mirumoto. Si iba a morir allí, sería una buena muerte, y llevaría consigo al infierno a tantos de sus compañeros como pudiera.
Eran una panda siniestra. Hachas pintadas sobre sus armaduras remendadas. Armas robadas. Los Asesinos del Bosque parecían haber salido arrastrándose de la tierra. Lo superaban en número cinco a uno. Nunca había tenido ninguna posibilidad.
Una voz áspera y quebrada surgió de entre ellos.
—No es a quien buscábamos, pero nos lo quedamos, ¿verdad?
Rieron, blandiendo sus armas.
—Si sobrevive, se lo vendemos al amo. Pero no os esforcéis demasiado.
¿El amo? ¿Un empleador? ¿Los Asesinos del Bosque estaban vendiendo samuráis secuestrados a algún comprador siniestro?
Un gigante avanzó, levantando sobre su cabeza un hacha para cortar troncos, justo cuando una flecha cayó del cielo y se clavó en su cuello.
Daini parpadeó y se lanzó a cubierto.
Una lluvia de flechas cayó desde las copas de los árboles. Daini rodó mientras nuevos gritos estallaban en el claro. Por un instante, se preguntó si el resto de su séquito lo había rescatado, pero las flechas eran enormes, demasiado largas para proceder de arcos rokuganíes. Formas alargadas descendieron en silencio de los árboles, vagamente humanas. Aquellas largas y sinuosas formas se abalanzaron sobre los Asesinos del Bosque, arrojando sus cuerpos a un lado como muñecos de trapo.
¿Lo habían herido sin que se diera cuenta y había perdido demasiada sangre? Quizá estaba soñando. Aquellos nuevos combatientes le recordaban a los bailarines de dragón que manejaban marionetas serpentinas. Sus enormes colas de serpiente sostenían cada una un torso humano cubierto de escamas. Luchaban con una coordinación inquietante, como si una sola mente los controlara.
Una sombra fría cayó sobre él. Uno de los guerreros serpiente se alzaba sobre él, arqueado sobre su enorme cola. Daini levantó el wakizashi para bloquear un golpe y el arma salió despedida de su mano. La criatura cayó sobre él, girando sus hojas como un torbellino de acero. Su katana, al desviar el golpe, envió ondas de choque por sus brazos. Era demasiado grande para combatir contra él; la cola bloqueaba sus ataques mientras el torso se alzaba muy por encima de su alcance.
Si muero aquí, nadie sabrá qué nos ha ocurrido.
Tropezó con la cola de la criatura y cayó de bruces. Su katana salió despedida. La criatura levantó dos enormes hojas en señal de victoria.
He fallado al Dragón.
Una flecha golpeó el suelo a sus pies.
La criatura se detuvo. Su lengua salió de su boca.
Una segunda criatura como la primera —no, esta era una mujer— se deslizó protectoramente alrededor de él. Ambas sisearon y traquetearon mientras se enfrentaban, sacudiendo sus lenguas en el aire.
Estaban discutiendo, comprendió.
Pero aquellos sonidos se fueron apagando, y su visión se volvió borrosa. Cerró los ojos durante un segundo y, al abrirlos, se vio siendo arrastrado por los pies. Las criaturas serpiente se lo llevaban consigo, pero no sabía adónde.
—Soy Mirumoto Daini —consiguió decir, pero a nadie pareció importarle.

Fuera cual fuese el prestigio o la confianza que Mara hubiera esperado ganarse, lo había perdido al intervenir en favor del rokuganí. La Shahadet le diría a la Qamar que se había puesto en peligro sin motivo. Que no era de fiar, demasiado independiente para seguir órdenes.
Y, aun así, no se arrepentía de haber detenido la hoja de la Shahadet.
«Si muero aquí, nadie sabrá qué nos ha ocurrido. He fallado al Dragón».
Aquellas palabras no habían surgido de su interior.
El rokuganí al que había protegido de la Shahadet. ¿Podían… haber salido de él?
No era posible. No era naga. Y, además, ella estaba desvinculada. Pero cuanto más revivía aquel momento, más convencida estaba. Aquellas palabras, fuera cual fuese su significado, las había pensado aquel a quien acababan de arrastrar.
Con cautela, levantó la espada que él había dejado caer. Era más ligera de lo que esperaba. El pomo tenía forma de reptil y la empuñadura presentaba una textura semejante a la piel de una serpiente. Separó la hoja de la vaina y vio su propio reflejo en el acero. Una hoja de gran calidad.
Ninguno de los leñadores llevaba un arma como aquella. Sus ropas también eran mejores. ¿Era un líder? ¿Un sacerdote? ¿Por qué era tan diferente?
—¿Qué debería hacer? —susurró.
Pero ninguna voz respondió. El instante de iluminación había pasado, y el estanque volvía a estar oscuro, dejándola preguntándose: ¿quién era aquel extraño rokuganí?
¿Y cómo podía hablar a través de la Unidad?





