Me vuelven loco las películas cuya premisa es auto encorsetárse en un planteamiento extraño que dificulte ya de por sí lo complicado que es el simple hecho de rodar un largometraje. Sobre todo cuando se consigue con intención narrativa. Se me ocurren muchos ejemplos que ponen a la gente cachonda con cintas «rodadas» integramente en plano secuencia (algo imposible da igual de qué época estemos hablando por una simple cuestión de duración). No todos me sirven, ya que muchos son simplemente una sacada de chorra en plan «mira que bien coreografío la puesta en escena» y realmente el recurso no aporta nada a la narración.
Sin embargo, otras, algo más escasas, deciden superar retos tales como no salir de una única localización. Utilizar un determinado tipo de plano. O transcurrir integramente en una pantalla de ordenador. Hay muchas y todos tenemos nuestras favoritas. Phone Booth (en España conocida como Última llamada, supongo que para que no se confunda con la de Mercero) es una de esas. Una película cuyo guión estuvo en manos de Hitchcock en su momento y que al parecer desechó porque no se le ocurría una motivación suficiente para conseguir mantener al protagonista dentro y que no se fuera a la primera de cambio.
Tuvimos que esperar a 2002, justo en una época en la que las cabinas telefónicas estaban en proceso de extinción para que a su guionista (el mismo que le presentó la idea al Maestro del Suspense) diera con la tecla para hacerla funcionar. De Hitchcock a Joel Schumacher tenemos una distancia muy larga, pero he de reconocer que nos encontramos ante una de las mejores cintas del director (Schumacheer, no Hitchcock), un auténtico películón, y una labor de ingeniería de rodaje y montaje perfectamente ejemplar y que a día de hoy creo que no demasiada gente conoce.

Antes, todo esto era campo.
Y la gente, para llamar, tenía que entrar en unos reducidos habitáculos transparentes en donde se encontraban los teléfonos públicos. Nada de llevarlos en el bolsillo. Eso es mucho más reciente de lo que pudiera parecer. Sí, la película tiene ya la friolera de veinte años (algo más), que viene a ser, lustro arriba, lustro abajo, el tiempo que tienen los teléfonos móviles. Si al guionista le llevó tres o cuatro décadas en dar con la tecla para encerrar al protagonista en la cabina; no me quiero imaginar que hubiera sucedido si se hubiera esperado unos cuantos añitos más.
Hago esta reflexión tan de boomer (soy millenial, lo siento) porque es una película que he vuelto a ver en 2026 porque me encanta. Pero a la vez me suscita la curiosidad de como la encajaría alguien que al contrario que yo; no ha entrado nunca en una cabina telefónica. Es que estoy seguro que más allá de las clásicas rojas británicas que son reclamo turístico, habrá gente que ni sepa lo que son. ¿Cómo se acerca una persona del S.XXI a una película así? Sin duda se trata de una obra trepidante, pero el salto generacional está ahí. Aunque supongo que será algo parecido a lo que me sucede a mi cuando veo a alguien pedir una conferencia telefónica en una película de los años 30.
Phone Booth es una película que se me antoja antigua y moderna a la vez. Antigua porque desgraciadamente me hago mayor y el entorno en el que se construye su narración (siendo una parte fundamental de la misma) queda ya muy lejos. Pero moderna porque cuenta con un ritmo trepidante. Un guión férreo. Y unas interpretaciones a prueba de bomba (al menos en lo que al trío protagonista se refiere). Tenemos a un jovencísimo Colin Farrell (casi irreconocible si lo comparamos con uno de sus trabajos más recientes en la serie de El Pingüino) que aguanta la totalidad del peso de la trama sin moverse del sitio y que consigue que odiemos a su personaje desde el primer minuto y poco a poco vayamos empatizando con una persona que ni es buena, ni nos cae bien ni es merecedora de nuestra empatía.

¿Tú te acuerdas de los pezones de Batman?
Porque yo si. Aunque es una cosa, un poco como las cabinas de teléfono. El mundo está empezando a olvidar que existieron. Bueno, pues el tío que le puso pezones al traje de Batman, es el mismo que aquí se saca la chorra rodando esta obra maestra en tan sólo 10 días. No se si para la gente de a pie se piensa que pudiera ser mucho o poco, pero ya os digo yo que es una ridiculez. Porque una cosa es rodar hora y media de película sin moverte del sitio, y otra muy diferente hacerlo para una cinta con un montaje como este.
Todo es trepidante, con un montaje tremendamente variado y con valores de plano muy diferentes. Se cuenta que Colin Firth llegaba a estar 10 horas diarias delante de una de las múltiples cámaras que rodaban la acción sin parar ni a almorzar. Toda esa energía, ese desgaste, se ven reflejados tanto en las interpretaciones como en el ritmo de la película. Y de verdad que me sorprende mucho viniendo de Schumacher. No porque sea mal director. Pero estamos ante un tipo de thriller que no termina de encajar del todo en su filmografía.
Como véis no son pocos los motivos que convierten a Phone Booth en una rara avis. Y estoy seguro de que cualquiera que se acerque a verla hoy día, puede pensar que nos encontramos ante algo menor. Una película de esas que daban por la tele por la noche antes de acostarse (algo que como las cabinas telefónicas, va cayendo en desuso) y alejados de los grandes blockbusters llenos de efectos o las películas de autor para verse con gafas de pasta. Un tipo de cine de coste más intermedio que a día de hoy, al igual que las cabinas de teléfono, parece condenado a desaparecer…



