Este verano marca la vuelta de La Casa del Dragón y de la Batalla por la cultura pop. Aunque nuestros desmanes no están a la altura del culebrón fatricida de los Targaryen, podemos asegurar que los meses de calor del presente año han sido una montaña rusa de emociones. Me he mantenido alejado del teclado no únicamente por la falta de tiempo (principal razón). La inestabilidad emocional también ha jugado un papel relevante (el motivo más doloroso). Afortunadamente todo pasa y la vuelta a la zona de comfort llega lenta pero inexorablemente.
Y no es que últimamente andaramos cortos de dragonadas. A fin de cuentas no hace demasiado que se estrenó El caballero de los Siete Reinos. Serie que en esta casa ha dejado muy buen sabor de boca y que ofrecía algo fresco y diferente dentro de un universo bien conocido por todos. Pero de la que nuevamente no me sentí preparado para reflexionar en este foro. Aprovecho de todas formas estas breves líneas para recomendar su visionado e inmejorable opción para abrir broca de cara a esta tercera temporada de La Casa del Dragón después del globo a medio hinchar que fue la etapa anterior.
Y es que la pelea entre Alison y Ramira en episodios anteriores era un poco una pelea de chihuahuas. Mucho ladrarse y poco morder. Algo que contrastaba extrañamente con el increible arranque que supuso la temporada uno. Que consiguió colarnos en el corazón (y el higado con su bilis) a un nutrido grupo de nuevos personajes que venían a competir contra ocho temporadas de la Juego de Tronos original. Dificil tarea acometida excelentemente en un inicio pero que de segundas dejaba los animos bastante alicaidos. Incluso ciertas muertes bastante relevantes no nos hacían mascullar más allá del típico «uyuyuyuy, la que se va a liar ahora». El problema era que ese ahora no terminaba de llegar.

Mucho dragón y pocas nueces…
Una de las cosas más interesantes de Canción de Hielo y Fuego es que nos encontrabamos ante un mundo en el que la magia, desaparecida desde hace siglos, comenzaba a retornar muy lentamente. Los primeros tres dragones en centurias, la amenaza de los Caminantes Blancos, Melissandre siendo una rara avis… Nada de eso se percibía en la temporada anterior con ambos equipos enfrentados engrosando sus filas de dragones, y misteriosas damas de compañía vagando por los corredores de Harrenhall.
Nos sentíamos un poco como debía de estar Caraxes esperando a Daemon a las afueras del derruido bastión. «Yo he venido aquí a lo de dracarys y no tengo ni pa pastar ovejas». Mucha política, mucha estrategia; pero las apuestas no se sentían arriesgadas. Sobre todo, porque la serie es partidista. Aunque desde el inicio nos han intentado incitar como espectadores a elegir uno de los dos bandos; la gente de bien tiene bastante claro que la verdarera heredera es Ramira y que la Alisona es una lianta de cuidado que ya se podía haber callado…
Claramente el punto de partida para esta temporada era claramente mejorable. Si el andar jodiendo a Ramira durante ocho episodios sin que nadie hiciera absolutamente nada ha servido para algo, es para que esta tercera temporada de La Casa del Dragón no sólo arranque de manera alucinante. Si no que, en general, mantiene un nivel muy alto durante toda la temporada. Puede que las decisiones de Ramira no se encuentre entre las mas acertadas de la historia, pero oigan, están dando un juego muy jugoso.

Flecha va, flecha bien viene…
Recordad que este es un espacio seguro libre de destripes para que aquellos que no han visto nada, puedan animarse a hacerlo leyendo estas líneas. Pero no me olvido de esos cómplices que sí que, habiendo visto toda la temporada, vienen en busca de una opinión amiga (o tratando de entender por qué no estamos de acuerdo). Estos últimos saben a lo que me estoy refiriendo. Pero parece que la flecha se ha convertido esta temporada en el arma favorita del público.
En esta ocasión las muertes duelen (o se aplauden, dependiendo del bando en el que estés). Se sienten tremendamente relevantes y sus consecuencias son arrolladoras e inmediatas. El tablero de juego cambia por completo, y a pesar de parecer más ventajoso, la tensión se corta como nunca antes. Esos episodios que suelen denominarse «de relleno» que cuentan con menos acción y más intriga palaciega no dan puntada sin hilo. Y todos los personajes (nuevos y antiguos) van desarrollandose con maestría hasta alcanzar cotas insospechadas en algunos de ellos.
No digo nada nuevo si hablo de mi relación con la ansiedad. Tengo mil motivos para tenerla elevada de nuevo. Pero ninguno de ellos debería ser el final de la temporada de una serie. Sin embargo, anoche, mientras el episodio arrancaba, el estomago bailaba como unas maracas en mi barriga y el corazón se me salía del pecho. Porque durante la hora larga que duró el episodio, sabía que todo iba a ir de mal en peor. Que daba igual lo bien o mal que pintaran las cosas, algún puñal se iba a introducir en alguna caja torácica por sorpresa. O que alguna lengua viperina iba a airear trapos sucios que creíamos bien enterrados. Porque aunque durante un tiempo no lo pareciera o pareciese, esto sigue siendo Juego de Tronos. Y en el juego de tronos, sólo puedes ganar o morir. No hay puntos intermedios…



