escrito por Robert Denton III
Entre los recuerdos que la Mara había heredado de quienes habían llevado aquel nombre antes que ella, no había ninguno en el que aquellas criaturas llamadas rokugani se hubieran adentrado en el Shishomen. Merecía una observación más detenida; estaba segura de que el Dashmar estaría de acuerdo, si alguna vez hubiera despertado.
Eran tan extraños como los habían descrito los exploradores, parecidos a goblins, pero más altos y menos bestiales. Aunque igual de numerosos; contó docenas. Trepaban tambaleándose sobre los escombros entretejidos de kudzu con sus tallos de cadera —«piernas» era la palabra—. Cantaban mientras despejaban los árboles, coordinando los golpes de hacha con su canción. Ella se balanceaba al ritmo de aquella alegre música, enroscada alrededor de su elevada rama. El humo le cosquilleó en las fosas nasales, y su lengua bífida saboreó granos ricos en almidón y pescado asado. Su mandíbula se desencajó hambrienta ante el olor.
Un pueblo nuevo. Increíble. ¡Qué maravillas debían de llenar el mundo más allá de los bosques después de todos estos siglos!
¿Quizá eran amistosos?
Permanece oculta, se reprendió. Anhelaba acercarse, pero solo estaba allí para observar. Solo un vistazo.
Deslizándose por el dosel, la Mara sacó de su bolsa un huevo del tamaño de un puño y se lo tragó entero. Las espinas de su garganta quebraron la cáscara y bebió la fina yema mientras observaba a aquellos seres curiosos levantar refugios bajo ella. Debían de ser leñadores, decidió. ¿Por qué, si no, habrían pintado hachas en sus armaduras? ¿Los leñadores llevaban armadura normalmente?
En el Shishomen, quizá sí. El bosque no veía con buenos ojos a los leñadores, pero los dejaría en paz mientras permanecieran entre las ruinas. ¿Sospecharían que aquellas estructuras desmoronadas habían sido una vez una ciudad naga? Buscó a tientas una imagen de cómo había sido en otro tiempo, no como se la habían descrito: cúpulas doradas, pasarelas elevadas y santuarios adornados con perlas que flotaban sobre cálidos canales. Sin duda, en algún lugar de su reserva debía de existir un recuerdo de la ciudad que realmente había existido.
Hacía eras, los antiguos videntes de sueños del linaje de la Cobra —los jakla— habían vinculado a su pueblo a un artefacto llamado la Perla de las Brumas. En su interior había un río sobrenatural que serpenteaba a través del Reino de los Sueños. Arrastraba los pensamientos con su corriente, un sinfín de experiencias que se acumulaban en grutas. Pozas de memoria, formadas a partir de las vidas acumuladas de cada naga anterior, heredadas a través del nombre de su progenitor. Así, los jakla habían conquistado la muerte; la Unidad era el gran don de su pueblo.
No es que le sirviera de mucho ahora. Ningún recuerdo de aquella ciudad ascendía desde sus profundidades.
Pero estaba segura de haber vivido allí alguna vez. ¿No era así?
¡Qué frustración! La reserva de la Mara no debería ser tan poco profunda. ¿Qué había sido de sus recuerdos generacionales?
Deslizándose más cerca, la Mara se colgó de una rama baja para continuar estudiando a los leñadores —rokugani, se recordó—, pero algo llamó su atención: un gran aparato, vagamente parecido a un arco, con una perversa lanza montada en su lugar.
Parecía un arma diseñada para matar gigantes.
¿Por qué necesitarían los leñadores un dispositivo semejante? Ahora que lo pensaba, algunos portaban hachas que no estaban equilibradas para talar madera. Sus ojos recorrieron las lanzas almacenadas, los arcos, las armaduras…
No eran leñadores. Aquello era un grupo de guerra.
Pero ¿contra quién había que hacer la guerra en el Shishomen?
Una sensación de hundimiento se apoderó de ella mientras retrocedía hacia las ramas. Solo iba armada con su arco de lanza y unas pocas flechas. Sin duda, los exploradores naga que la habían precedido habían reparado en el arsenal acumulado. No era su papel, ni su responsabilidad, seguir adelante. Ni siquiera debería estar allí; no es que hubiera pedido permiso exactamente. Lo sensato era marcharse. Ahora.
Entonces vio los ladrillos de arenisca y comprendió que no podía.
Aquella piedra había sido extraída de las ruinas. Sabiendo eso, si se marchaba sin comprobar las estatuas, quienquiera que llevara aquel nombre después de ella cargaría también con su cobardía. Tenía que asegurarse…
En silencio, se deslizó hacia abajo y se aplastó contra el suelo del bosque. Nadie se volvió hacia ella. Avanzó entre la cobertura, agachándose detrás de columnas, aferrándose a las sombras y a su arco de lanza.
Ahí. En un claustro cubierto de maleza, una estatua serpentina se enroscaba alrededor de una columna rota. Un torso desnudo con los brazos extendidos. Un rostro inclinado hacia el cielo gris. Un naga. Como ella.
Aquellos naga sumidos en el Gran Sueño eran indistinguibles de las estatuas erosionadas por el tiempo. Parecían esculturas, no seres vivos cuyos espíritus vagaban por el Reino de los Sueños.
Las cuerdas se tensaron alrededor de la estatua mientras los rokugani tiraban al unísono con su canción, y unas grietas se extendían como una telaraña por la piedra erosionada. Estaban matando a los de su especie.
Pero ¿por qué? ¿Por qué derribar aquellas estatuas? ¿Qué sentido tenía?
Tenía que avisar al consejo. Tenía que marcharse ahora.
Pero ¿cuánto daño causarían aquellas bestias mientras tanto? ¿Qué le ocurría a un naga cuyo cuerpo dormido era destruido? ¿Quedarían atrapados sin cuerpo en el sueño, para siempre?
La Unidad. Podía avisarlos al instante a través del río.
¿Podía? Comunicarse a aquella distancia resultaba difícil incluso para sus videntes más ancianos.
Tenía que intentarlo. Se sumergió en su interior, y el frío vacío de la reserva de memoria de la Mara se manifestó a su alrededor, helándole la piel de serpiente. No era real —no, sí era real, una manifestación en el sueño compartido de su pueblo—, pero no en este reino. Las sensaciones físicas provenían de su mente. Se hundió más profundamente, con los pulmones doloridos, los dedos extendidos para tocar el fondo, donde la esperaban los canales que conducían al gran río. Solo tenía que encontrar uno. Solo uno.
¿Dónde estaban? ¿Dónde estaba la Unidad? ¡Ya debería haber encontrado una corriente! Su cola agitó burbujas en la oscuridad como tinta. Estaba sola, una vida pendiendo de un hilo, y en cualquier momento…
Un estruendoso crujido. Sus ojos se abrieron de golpe.
Una mano de piedra rebotó contra el suelo. Los vítores estallaron alrededor de la estatua destrozada.
—¡Sois unos monstruos!
Eres tú, comprendió. Tú estás saliendo de tu escondite, las costillas expandiéndose, los colmillos desplegándose, empequeñeciéndolos bajo tu sombra. Los aterrorizas. ¡Mira sus rostros pálidos!
¡Haz que huyan despavoridos! Puedes salvarlos…
Un hacha resonó a escasos centímetros de su rostro.
No puedes.
Se lanzó hacia la mano de la estatua, apartándola de una flecha que pasó rozándola. Esquivó otra hacha y trepó a toda prisa, enroscándose por una columna y después por un árbol, mientras las hachas golpeaban a su alrededor. Sus músculos le dolían mientras la impulsaban hacia arriba. Las ramas le arañaban el rostro.
Luz solar cálida. Había atravesado el dosel.
Sobre su abdomen, avanzó de lado entre las ramas, aferrando la mano de piedra contra el pecho.
Debería haberse preocupado por lo que les diría al consejo. Pero lo único en lo que podía pensar eran aquellas aguas oscuras sin corriente. Habían pasado meses desde su despertar y la Unidad todavía no la reconocía. No sabía por qué.
Y ahora, unos naga inocentes morirían por ello.

El Isha se deslizó hasta interponerse en el camino de la Mara, bloqueándole el paso con el bastón de perla. Ella intentó pasar de largo, pero en su lugar chocó contra su pecho y contra la túnica color humo que llevaban los Cazadores de Sombras.
—Estás fría —observó él—. ¿Qué ha ocurrido?
—He visto algo en Kashydar —comenzó.
—¿Has ido sola a Kashydar? ¿Mientras estabas sin vínculo? ¿En qué estabas pensando?
—¡Escucha! Los rokugani de allí están destruyendo a los que aún no han despertado. Debes avisar al consejo antes de que maten a todos.
Él estudió su rostro, como si buscara una vía de acceso a su reserva. Sin la Unidad para proyectar lo que había visto, tendría que confiar únicamente en su palabra. Pero ambos habían salido de la misma puesta. Ella había sido quien encendió el fuego durante su novena muda. Sus caminos podían haberse separado, pero con toda su historia compartida, sin duda él le creería. ¡Sin duda!
—No. —Negó con la cabeza—. Será mejor que se lo cuentes tú misma. Ven. Te anunciaré.
Ella exhaló, aliviada. Ahora llegaba la parte difícil.
Los guardias los observaron mientras se deslizaban por el arco de entrada hasta un atrio reclamado por la naturaleza. El agua fría ondulaba bajo ella. Los lotos se mecían mientras trazaba una estela con la cola. Se dirigieron hacia el origen de aquellas aguas poco profundas, una cascada que caía desde la cámara al aire libre situada sobre ellos. Le costó mantener la mirada baja sobre su reflejo en el agua y no dirigirla hacia los señores de la guerra en su comunión silenciosa, cada uno enroscado alrededor de una columna.
Especialmente no hacia el Qamar, con el agua cristalina derramándose sobre sus hombros. Se agitó, desenroscando su cuerpo serpentino, y abrió los ojos. Los demás hicieron lo mismo. Por sus expresiones cansadas, imaginó que su búsqueda de otros a través de la Unidad no había dado frutos.
—Estoy perturbando el silencio —dijo el Isha, empleando la forma más solemne de pedir disculpas—. Ofrezco la palabra de la Mara, si se desea escucharla.
Tal cortesía no era propia de él. Se burlaría de él por ello más tarde. Se inclinó mientras mantenía las manos suspendidas sobre la cabeza, con las palmas hacia arriba. Sabía que no debía hablar sin permiso, aunque las noticias la retorcieran por dentro.
El Shahadet, campeón del linaje del Áspid, adoptó una expresión dolorida.
—Otra vez ella no. ¿Qué ocurre esta vez?
El Qamar alzó una mano apaciguadora, y el Shahadet gruñó.
—La Mara puede hablar —tronó el Qamar, sonando agradecido por la distracción.
Un profundo suspiro.
—Los rokugani de Kashydar están destruyendo a los que aún no han despertado.
Los señores de la guerra intercambiaron miradas silenciosas. Deberían estar reaccionando con mayor urgencia. Es porque estoy sin vínculo, recordó. Tener que demostrar todo lo que afirmaba empezaba a resultar agotador. ¿No podían simplemente creer en su palabra?
El Shahadet fulminó al Isha con la mirada.
—¿La dejaste marchar sin compañía?
La Mara intervino.
—Él no sabía nada. Actué por mi cuenta.
—Por tu cuenta —repitió el Shahadet—. Preocupante.
Al Shahadet nunca le había gustado la Mara. Siempre quería tenerla bajo su mirada, dentro de sus anillos. Los solitarios eran extraños y despertaban desconfianza en la cultura naga. ¡No es que ella hubiera podido elegir serlo!
El Qamar negó con la cabeza.
—El sueño protege a los que aún no han despertado de los ojos de los mortales. Pasarían inadvertidos.
De haber podido, simplemente les habría mostrado sus recuerdos. En su lugar, sacó la mano de piedra y esta cayó al agua poco profunda con un chapoteo.
Los ojos enfurecidos de los señores de la guerra se abrieron de par en par. Una cascada de jadeos y siseos recorrió la cámara. Como sospechaba, su transgresión quedó inmediatamente olvidada.
—Puedo tener un escuadrón preparado en cuestión de momentos, mi Qamar —dijo el Shahadet—. Vengaré a nuestros caídos.
Ella compartía su ira. Los naga dormidos estaban indefensos y quería justicia para ellos. Sin embargo, su reserva de memoria recordaba débilmente que su progenitor siempre había defendido la paz, incluso para con sus enemigos. Si no hablaba en favor de la clemencia, entonces no sería la Mara.
Pero no era asunto suyo. Si el Dashmar estuviera aquí, él…
—¿La Mara tiene algo más que decir?
¿Se había dirigido el Qamar a ella? Volvía a tener la atención de los señores de la guerra. El Isha asintió alentadoramente.
Era poco habitual que alguien de rango inferior interviniera en asuntos semejantes. Especialmente alguien con una reserva diplomática cuando los guerreros estaban al mando. Sopesó sus palabras.
—Es posible que no se den cuenta de lo que están haciendo. Primero deberíamos establecer contacto diplomático. Darles la oportunidad de enmendar sus actos. No sabemos lo suficiente sobre ellos como para iniciar un conflicto.
Un guerrero corpulento de ojos rojos, el Balash, se deslizó hacia delante.
—Ya estamos en conflicto —tronó—. Hemos perdido a tres de los nuestros por las flechas de los rokugani. Yo mismo los vengué. No tiene sentido intentar comprenderlos.
La Mara se tambaleó. Aquella misma mañana acababa de enterarse de la existencia de aquel nuevo pueblo y, sin embargo, ¿ya habían llegado a enfrentarse con los naga? ¿Cuándo? ¿Por qué había ocultado el Shahadet aquella información?
Pareces una idiota que no sabe nada. Se replegó hasta adoptar de nuevo su posición sumisa.
El Qamar volvió a dirigirse a ella.
—Tú eras la protegida del Dashmar, ¿verdad?
Las imágenes ondularon a través de aguas profundas. Su sonrisa cuando ella liberó un conejo de su trampa. Las risas mientras huían de las lanzas nezumi. Calentándose sobre rocas planas durante el verano. Su humillación cuando él interrogó a uno de sus pretendientes. El orgullo que mostró durante su novena muda, su piel de serpiente ardiendo en las llamas mientras ella abrazaba la reserva de la Mara.
—Lo soy —respondió.
—Lamento que tu maestro no haya despertado con el resto de nosotros. Ahora hablas en nombre del Dashmar. Por la paz.
Alzó la voz.
—Algo salió mal durante el Gran Sueño. Solo algunos han despertado. Muchos han perdido recuerdos o están sin vínculo con la Unidad. Somos vulnerables, estamos a salvo mientras permanezcamos ocultos. Pero la inacción demostraría ser nuestra perdición.
Se volvió hacia el Shahadet.
—Recuperad Kashydar, pero tomad prisioneros. Interrogaremos a los rokugani.
Hizo una pausa.
—Mostrad moderación, mi campeón.
El Shahadet inclinó obedientemente la cabeza, pero mientras se dispersaban, la Mara captó su mirada venenosa.

El Dashmar era como los demás del Jardín de Piedra: petrificado y cubierto de algas, una colonia viviente para mejillones y plantas acuáticas. La luz que se filtraba a través de las aguas profundas resaltaba las grietas de su sereno rostro, sus pobladas cejas sobre las que ella tanto se había burlado de él.
En cualquier momento, despertaría, desprendiéndose de su piel de piedra para volver a convertirse en carne.
No. No lo haría. Pero quizá pudiera llegar hasta él.
Acunando su rostro, la Mara encontró su reserva y se sumergió en su interior. Una vez más, descendió eternamente. No se suponía que aquello fuera tan frío, tan solitario. Buscó el fondo, lo buscó a él, buscó cualquier cosa que no fuera el abismo.
El Dashmar permaneció inmóvil como una piedra.
¿Por qué pensabas que eso funcionaría?
La mayoría creía que los jakla de la Cobra habían tejido el Gran Sueño para preparar a los naga para algún gran propósito. Sin embargo, nadie podía decir cuál era. Nadie sabía dónde habían ocultado la Perla de las Brumas y, por tanto, nadie sabía por qué algunos, como la Mara, habían sido separados de su pueblo.
¿Cómo podía vivir nadie en un mundo donde los pensamientos, los recuerdos de uno, estaban encerrados dentro de la propia mente de quien los albergaba? Una vida oculta, sin compartir. ¿Y si ella iba a ser así para siempre? Qué existencia tan solitaria y terrible.
Una mano le apretó el hombro y ella se volvió hacia el Shahadet.
¿Qué hacía él allí? El Shahadet nunca visitaba el Jardín de Piedra. ¿Acaso no tenía un grupo de guerra que organizar?
Ella se alejó nadando, ascendió hasta la superficie, rompió el agua y se deslizó hasta tierra firme. A su alrededor, un musgo resplandeciente iluminaba la gruta excavada en la roca.
El agua perlaba la armadura del Shahadet y sus armas estaban sujetas a la cola.
—No pretendía sobresaltarte. Olvidé que los que están sin vínculo no pueden…
—¿Estoy sin vínculo? —se burló ella—. Gracias. Sin duda lo olvidaría si todo el mundo no me lo recordara a la menor oportunidad.
—Creo que sí lo olvidas —dijo él con tono sombrío—. Tu condición. Tu lugar. Has complicado nuestra misión. ¿Qué hay en la reserva de la Mara que te hace sentir tanta simpatía por estos simios?
—No puedes responsabilizar a todos los rokugani por las acciones de unos pocos. No sabemos lo suficiente sobre ellos como para decir si…
—¡Ellos nos están atacando a nosotros! —espetó—. Cuando abandonaste el camino del guerrero, ¿también abandonaste el sentido común?
—Yo no…
¿Qué sentido tenía discutir? Él nunca entendería su decisión de seguir al Dashmar, de abrazar una reserva diplomática. A sus ojos, siempre sería una necia.
—¿Qué quieres? —resopló ella.
—El consejo de la Mara.
Si pretendía dejarla sin palabras, lo consiguió.
—Tenías razón —admitió—. No sabemos lo suficiente sobre lo que nos espera en Kashydar. Pero tú te acercaste más que los exploradores. Viste cuántos eran. Sus armas. La disposición del terreno.
Sus pupilas se estrecharon.
—Podemos dejar nuestras diferencias a un lado por ahora, ¿sí?
Aquello cambiaba las cosas. Tenía algo que los guerreros querían. Su reconocimiento podía evitar una violencia innecesaria y poner fin al conflicto rápidamente.
Pero ¿y después? El Shahadet se llevaría el mérito y nada cambiaría. Si el Dashmar estuviera aquí, encontraría la manera de aprovechar aquella oportunidad. Aumentaría su propia influencia. Los guerreros lo habrían tomado en serio.
—Sería mejor que os acompañara.
—No.
Ella frunció el ceño.
—He superado las mismas pruebas que tú. Incluso te superé con el arco de lanza.
Él resopló.
—No lo recuerdo exactamente así.
—¿De quién era la reserva a la que le faltaban recuerdos ahora? —Eso haría que se le arrugaran las escamas—. Me quedaré con tus arqueros, te aconsejaré…
—¡He dicho que no! —gritó—. ¡No arriesgaré a la Mara! ¡Tu reserva es demasiado valiosa!
Ella no se esperaba aquello. Buscó las palabras.
Él descargó el puño contra la piedra.
—Malditos sean tus colmillos. Eres la única embassariana que ha despertado, la única reserva con experiencia diplomática. Pronto necesitaremos eso.
Extendió una garra.
—¿Qué ocurrirá con la reserva de la Mara si mueres estando sin vínculo? La Mara podría perderse para siempre. Lo entiendes, ¿verdad? ¿Te das cuenta de lo que arriesgas cada vez que actúas por tu cuenta?
Todo. Arriesgaba todo lo que era la Mara.
Aquello no se le había ocurrido. Pero él tenía razón. ¿Podía alguno de ellos confiar en las obras de los jakla, en la Perla, como habían hecho antes? Por fin comprendió la magnitud de aquello a lo que se enfrentaban: la muerte, la verdadera muerte, para todo su pueblo. Miró al Shahadet con otros ojos. Su vigilancia, su oposición a sus objetivos… ¿estaba intentando protegerla?
¿Cambiaba eso algo?
Habló con calma.
—Cualquier diplomático de los naga debe ser alguien a quien respeten. Si no lucho a vuestro lado, ¿quién respetaría a la Mara?
Se miraron el uno al otro. La Mara se negó a ser la primera en apartar la mirada.
—No te expongas —dijo finalmente—. Enfréntate a ellos solo desde la distancia. Retírate cuando yo lo diga. ¿Entendido?
Ella se inclinó, con las manos orientadas hacia arriba.
Hasta el momento, había conseguido convertir una sangrienta represalia en una misión de reconocimiento. El Qamar la había reconocido como discípula del Dashmar. Y ahora acompañaría al Shahadet, lo que podía granjearle mucho prestigio. Entonces, ¿por qué sentía que acababa de fracasar? ¿Que el Dashmar lo habría hecho mejor?
Era porque, durante un breve instante, había creído que podría descubrir las costumbres de un pueblo nuevo y contemplar por fin el mundo más allá de aquellos bosques, como siempre había soñado. Pero eso no estaba destinado a suceder, ¿verdad? Los guerreros estaban al mando. Los rokugani eran hostiles. Su mundo estaba destinado a ser pequeño y, cuanto antes aceptara aquello, más feliz sería.
Entonces, ¿por qué le resultaba tan difícil obligarse a creer que era verdad?




