Hay películas que llegan a tus manos de forma desconocida. Puedes estar en una rutina de ir al cine semanalmente, de asaltar el videoclub cada pocos días, o incluso, cuando todavía era incipiente, de descargar en DivX lo que buenamente puedes. Y aún así. De repente, te enfrentas a una obra de la que no sabías absolutamente nada. Confirmas además, que tanto su reparto, como la gente que la ha realizado, son individuos a los que sigues con cierta atención. Y sin embargo… ahí está ante tí por vez primera, completamente fresca y sorprendente.
Fue esto lo que en su día me sucedió con La Ciudad de los Niños Perdidos. Una película que mi pareja había visto decenas de veces peero que para mi era una completa novedad. ¡Una película de Jean-Pierre Jeunet! ¡Protagonizada por Dominique Pinon y Ron Perlman (como no)! Y aunque debo reconocer que en su momento no me volvió loco (ahora de vuelta tampoco me ha entusiasmado especialmente), sí que me parece una cinta digna de ser recomendada por diversos motivos. El primero de ellos el comprobar si se trata de una «joya oculta» (chupito) particularmente desconocida, o por contra, es una de esas películas que todo el mundo se enchufó de chico y la recuerdan con cierta nostalgia (no es encuesta).
Como digo, aunque se me hace un poco bola (especialmente en su segunda mitad), creo que es una obra que merece la pena ver al menos una vez en la vida. Como casi todo lo de Jeunet, estéticamente es muy particular y personal (y ya sabéis que la personalidad es algo que yo valoro fuertemente en una obra artística). Es una especie de reinterpretación de Peter Pan MUY libre, y muy cogida por los pelos, pero con bastante más chicha de la que se puede apreciar a simple vista. Pero desgranémosla poco a poco. Ya me disculpo de antemano, porque aunque no voy a destripar nada de la trama, si que voy a hablar en detalle de muchos de los personajes protagonistas y las relaciones que establecen entre ellos, cosa que no suelo hacer.

Peter, Wendy y los Niños Perdidos.
El argumento general es donde más libertades se toman los autores, pero aún así, ciertos elementos son reconocibles. No tenemos el País de Nunca Jamás. Pero si que contamos con una especie de plataforma petrolífera aislada del resto del mundo, a la que se llega con un mapa. Los protagonistas de la película son One y Miga. Ella, una suerte de amalgama de Wendy y Campanilla. Lider de unos niños huerfanos y a la vez, víctima de un amor imposible. Es esa niña que es demasiado mayor para estar en Nunca Jamás, pero no es lo suficientemente adulta para formar parte de una relación adulta. One, por contra, debido a determinados problemas mentales, no sólo es incapaz de crecer. A la vez es arponero, que si no es una profesión cercana a la que ejercía el Capitán Garfio, poco le queda.
Tenemos huerfanitos que se buscan la vida en las calles al más puro estilo Oliver Twist. Pero también una serie de niños desaparecidos. Que el malvado Krank ha secuestrado para intentar mantenerse joven gracias a sus sueños. De nuevo, volvemos a mezclar en un único personaje a Peter Pan y Garfio. Y está acompañado de su Mr. Smith (en este caso señora) y sus piratas (o clones). Todo esto, con una ambientación muy de Terry Guillian y cargada de ese surrealismo sucio del que Jeunet suele dotar a sus películas (nunca deja de sorprenderme el gusto que tiene este por el color marrón, el color menos utilizado por razones obvias en cualquier paleta de color).
Mezclemos todo esto con ese aire típico de los monstruos de feria. Una pizca de cyberpunk pre-electrónico (mucha válvula de vacio, mucha pica eléctrica). Y como digo, ya me sorprendería que nadie me dijera otra película que se parezca mínimamente a esta. Incluyendo el propio cuento del que toma ideas. También hace presencia ese humor característico de Jean-Pierre. A veces desagradable, a veces enternecedor. La única pena para mi, es que no es una cinta para ver cansado. Todo avanza muy lentamente, y aunque todo lo que sucede es relativamente relevante. No se trata de estas obras que se cuecen a juego lento para luego desatarse con una fuerza arrolladora, no. Simplemente, como buen cuento, las apuestas no son especialmente elevadas.

Garfio, Smee y los piratas.
Si bien la gran fuerza de La Ciudad de los Niños Perdidos radica principalmente en su puesta en escena. Sí que haría incapié en las interpretaciones de su reparto. Que si bien no encabezarían ninguna porra que pudieramos hacer para repartir un Oscar(no por ser menores, si no por no encajar ni de lejos en los estándares de la industria). Dominique Pinon está delicioso como siempre. Divertidísimo. Entrañable. Ron Perlman, todavía en los inicios de su carrera, cumple sin más, derrochando la ternura que hace que Miga se enamore de él. Y es en el integrante más pequeño del reparto principal donde encontramos el diamante en bruto.
La interpretación de Judith Vittet es asombrosa. Uno, viéndola, no comprende como una niña tan pequeña puede exudar semejante melancolía. Tamaño hastío por la vida. Es uno de esos seres humanos a los que la vida no le ha dejado más que un cinismo del tamaño de una catedral que esgrimir con pericia para defenderse de cada nuevo embate. Y sin embargo, podemos ver como poco a poco, esa coraza se va resquebrajando para dejar salir un torrente de ternura. El cómo mira conforme avanza la película a One es desgarrador. No tiene sentido ninguno que una niña tan pequeña sienta lo que siente, y que sea tan consciente de ello y de su futilidad.
Esto es lo bonito de las buenas películas (que son muchas más de las que crees, y todavía más de las que internet nos quiere hacer creer). Que independientemente de la afinidad que te puedan generar; son pequeños milagros de los que siempre puedes aprovechar algo. En veinte años, la he visto un par de veces. Y ninguna de las dos me ha generado nada revolucionario en las entrañas. E independientemete de eso, ambas veces me he alegrado de haberme asomado a su propuesta. Quizás no vuelva a acordarme de ella en otros veinte años, quizás no vuelva a verla nunca. Pero quiero pensar que algo me llevo conmigo, aunque sea tan pequeño como la insignificante Miga, estoy seguro de que en mi interior aporta algo tan grande como el gigantesco One.



