Tenía que pasar. Juego a videojuegos desde antes de que mis niñas nacieran. Me llevan viendo jugar a diferentes cosas desde que tienen uso de razón. Algunas cosas les llaman la atención (especialmente a la mayor) otras no tanto. Desde hace unos meses, que la primogénita ya va teniendo más idea de por donde le sopla el aire, ya se sienta a ver ciertos juegos. Donkey Kong Bananza, Mario Kart World, Yoshi and the Mysterious Book… Pero sin duda, lo que más le ha llamado la atención hasta ahora, hasta el punto de querer participar de la toma de decisiones en el juego, ha sido Pokémon.

Pokemon Leyendas Z-A, Pokemon Pokopia, Pokemon GO. Está claro que la muchacha tiene sus favoritos. No sólo no hay sorpresa, hay tremendo regocijo, porque claro, a papá lo de los monstruos de bolsillo le vuelve loco desde los 15 años. La prueba de fuego vino cuando decidí dar el paso de sentarme a ver algo con ella relacionado con la franquicia. Ya habíamos visto La Conserje Pokemon y le gustó mucho. Pero todavía estaba en ese punto de la infancia en que casi cualquier cosa de colores le vale, y sobre todo, con el paso de los episodios y del tiempo, la retentiva era casi inexistente. Sí, le suena haber visto algo, reconoce algún personaje, pero poco más.

Podría decirse que Pokemon Horizontes es una de las primeras series que mi hija ha visto centrada en la trama, y siendo consciente del avance narrativo que realizan los personajes. Hace un par de días terminábamos La búsqueda de Laqua, la segunda temporada y ante el emotivo montaje final se giraba a mi con los ojos brillantes de emoción y me decía «¿te acuerdas cuando Mewscarada sólo era Sprigatito?». Pokemon Horizontes ha sido una aventura para los dos. Para ella, descubrir por primera vez el fascinante mundo de Pokémon, para mi, el acompañarle ilusionado viendo como daba sus primeros pasos. Cómo aprendía los primeros nombres, cómo empezaba a reconocer determinados ataques, y con un pellizco en el corazón ante cada «es supereficaz» que gritaba en un combate; o esa boca abierta hasta la mesa con cada nueva evolución.

Teracristalizar a tus pokemon es como comprarte una figura de Lladró a la que encima tienes que darle de comer…

¿Y tú de quién eres?

Supongo que nos encontramos ante una serie fácilmente criticable, sobre todo desde fuera. A fin de cuentas, si lo reducimos a la chanza, Pokémon se ambienta en un mundo donde el absentismo escolar se premia con un ingreso minimo vital, y donde nuestras mascotas se dedican a aplaudirse la cara todo el día. Es tan sencillo pensar automaticamente en el concepto de maltrato animal, que cuando lo ves desde dentro, con cierto entendimiento, comprendes perfectamente a aquellos neófitos que piensan así; sin por ello dejar de tener claro lo equivocados que están.

No voy a ponerme aquí a defender nada. Pero si me gustaría dejar claro, que a pesar de las apariencias, mi hija ha aprendido una gran cantidad de valores muy positivos viendo las dos primeras temporadas de la serie. No lo digo yo, padre fanático deseoso de que mi progenie siga mis descarriados pasos. Lo dice ella, que con cinco años, se ha sentado conmigo en más de una ocasión a hablar de lo que hemos visto. El valor de la amistad, el respetar a tus compañeros. Esforzarte al máximo. Saber perder. Disfrutar del reto (del combate) independientemente del resultado y aún así intentar ganar. El amor por la naturaleza, por los animales.

Y todo esto entra como un cañón gracias a su envoltorio, que no es el otro que el de las mil y pico criaturas que pueblan los mundos de la saga. Al final, cada episodio, no es otra cosa que la excusa para conocer una nueva criatura, y aprender sobre ella. En qué se inspira. Qué la hace especial y diferente de las demás. Y ya de paso, inculcamos algunos valores sin ser paternalistas o condescendientes en exceso. Yo me inicié con la serie original en su momento y a mi, ya la excusa de conocer bichos nuevos ya me servía. Estoy muy contento de que la iteración que ha conocido mi hija, tenga algo más de chicha.

Da igual los años que pasen, los favoritos de los niños siguen siendo los mismos…

¡Te elijo a ti!

La serie original no tenía mucho fondo. Sí, en cada nuevo episodio solías conocer una nueva especie y hacían girar el argumento en torno a ella y sus peculiaridades. Y tu ya con eso estabas bien. Luego le podías añadir esa eterna aspiración de Ash a ganar torneos (cosa que no consiguió hasta que pasaron casi veinte años) pero no había mucho más que rascar. Quizás con las películas se elevaban lo suficiente las apuestas para que el interés más generalista pudiera ser captado. Pero poco más.

Pokemon Horizontes arriesga rompiendo con todo aquello. Y aunque todavía hay mucho de aquello del «pokemon de la semana», la trama de fondo es interesante, y conectada en cierta buena medida con los videojuegos. De manera que los niños son capaces de seguir algo con un poco más de profundidad, y los adultos amantes del videojuego tienen su buena dosis de momentos «Leonardo DiCaprio» en cada episodio. Después de muchas pruebas, Pokemon Horizontes se me antoja como una de las mejores opciones para ver en familia.

No voy a desvelar nada. Pero al terminar el último episodio de la segunda temporada mi hija no paraba de preguntarme. «¿Qué ha pasado con fulanito?» «¿Por qué dice menganito esto si no ha ocurrido así?» «¿De donde ha salido el pokemon nuevo de zutanito?» Será la edad. Será el momento. O será Pokemon. Nunca la había visto disfrutar tanto con una serie de animación. Y lo que es más importante, desde que la hemos visto, otras de las actividades derivadas de Pokemon que solemos realizar juntos (como montar maquetas o coleccionar cartas) ahora de repente tienen un sabor especial. Y no sólo para mi, estoy seguro que mi pequeña entrenadora ya está preparada para aventurarse en el mundo de Pokemon sóla sin que yo tenga que acompañarla…

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