Hace mucho que no escribo. Pero todavía mucho más que no lo digo: Anoche me fui a la cama que me cabía una sandía por el ojete. Pasaron cositas. Pero de la que voy a hablaros hoy fue el final de la segunda temporada de Daredevil: Born Again. La segunda iteración, o secuela o soft reboot de la serie del abogado ciego de Marvel Cómics. Una serie que a pesar de venir con el listón muy alto con una tercera temporada magistral en Netflix, y que nos tenía algo preocupados por como Disney + recogería el testigo; no solo cumplió con una muy buena primera temporada, nos ofrece un nuevo viaje verdaderamente ejemplar.

Claro. Si te acabas de sumar a la fiesta tienes mucha plancha por delante. Tres temporadas del Daredevil de Netflix (eso si no cuentas la de Defenders que se sitúa entre la segunda y la tercera y es bastante relevante para lo que sucede). Y lo que es más importante, precisamente en los últimos compases de la misma, se narraba una versión bastante apañada de los acontecimientos del famosísimo cómic Born Again. Donde Matt Murdock moría en sentido figurado y se veía obligado a renacer de nuevo. De manera que el título elegido para la traslación a la plataforma del ratón animado no dejaba muy claro si nos encontrabamos ante un reinicio con los mismos protagonistas o que.

Ya la primera temporada se encargó rápidamente de aclarar las cosas: nos encontrábamos ante una nueva temporada de la misma serie. El famoso título venía a indicarnos simplemente el cambio de alojamiento. Aunque algunos elementos que no se explotaron del todo en aquella temporada de Netflix se están aprovechando con acierto aquí y allá en esta nueva «versión». Hecha esta introducción tan abotargada, me permito animarte si ves que la tarea mandada te abruma. Todo lo anterior solo aporta contexto emocional. Aprovecha todo el viaje emocional realizado con los personajes para llevarte a cotas más elevadas. Pero si no llevas ese vínculo; tampoco es demasiado problema. La primera temporada sentaba bien esas bases, y en esta segunda, teniendote bien agarrado por las solapas, no te va a soltar hasta el final.

A mi este hombre me cansa con solo mirarlo… no hablemos ya de como tiene que oler el traje…

No estoy gordo, estoy fuertecito…

El gran reclamo de la serie (ya en sus tres primeras temporadas, y especialmente en estas dos nuevas) es el papel que se marca Vincent D’Onofrio como Kingpin. Quien diría que el famoso Recluta Patoso acabaría convirtiéndose en uno de los villanos más carismáticos de el MCU. Su interpretación calmada y calculadora. El cómo raspa su voz cada vez que habla. Y como resulta imponente, casi gigante cada vez que aparece en pantalla. Y esta última apreciación no es baladí. Ya resultaba un villano que amedrentaba con su sola presencia antes. En esta temporada no hay un único plano en el que no parezca descomunal.

Pero claro, centrarnos únicamente en D’Onofrio sería una injusticia para sus compañeros de reparto. Charlie Cox está a la altura de su competidor directo. Y es que nunca me ha parecido que hacerse el ciego en la ficción sea una tarea fácil. Nuestros ojos son extremadamente traidores y persiguen de forma refleja cualquier estímulo visual. De verdad, probar a matener la mirada perdida y desenfocada un rato. Ya es dificil conseguirlo sin hacer nada. Ahora sumadle la complejidad de realizar acciones y desplazaros por un entorno que «no veis» realmente. Ponedle después el lazo de tener que interpretar y transmitir emociones que no son las vuestras…

Y no deja de sorprenderme, que para ser dos personajes enfrentados y que se aplauden la cara con fruición; los dos siempre hablan de forma extremadamente calmada. Uno de los aciertos del Daredevil televisivo es su tono, siempre con una contención dificil de mantener, pero imprescindible para que las apariencias no se desmoronen. Todo lo demás, que resulta extremadamente interesante y de relevancia social en el momento en el que la serie se está emitiendo. A pesar de sus numerosas virtudes; me parece relativamente accesorio si lo comparamos con el corazón de la serie que se mantiene gracias a sus dos protagonistas.

… ¡el que tengo aquí colgado! ¡SEÑORÍA, PROTESTO!

El Reinado del Diablo.

Las cosas quedaron más apretadas que una madalena en un vaso de tubo al final de la temporada anterior. Y curiosamente, esta temporada dos se toma su tiempo para arrancar. No quiero decir que falte acción. Todos los episodios tienen su pelea pasillera marca de la casa. Y creo que la adición de elementos más propios del cómic a la serie le sientan estupendamente. Pero realmente la trama avanza muy despacito. Se cuecen a fuego lento las nuevas relaciones entre viejos y nuevos personajes (algunos de los nuevos, tremendamente secundarios y extremadamente carismáticos, oigan).

Acertadísimo el rescate de algunas caras conocidas. Y ya saben que no soy yo de destripar nada, pero el final es un caramelito para aquellos seguidores más veteranos. Y lo mejor de todo, es que la temporada se siente catártica. Podría terminar aqui para siempre y uno siempre se sentiría satisfecho. Como después de realizar un gran trabajo. Algo que ha requerido esfuerzo y poner parte de tu corazón y ahora está acabado finalmente. Si esto era el postre, estoy satisfecho. Me voy a casa saciado. Y esto es lo mejor. Porque los cabos sueltos que se dejan listos para continuar están tan bien preparados. Que ya sabes que vas a acabar malo de la barriga. Porque saciado o no, está todo tan bueno que vas a seguir comiendo.

Da igual que algunos momentos claves del cómic no esten. Que ciertos personajes no «estén aprovechados» de la misma forma. Hasta los engranajes más insignificantes de una maquinaria son imprescindibles para que la misma funcione. Es el caso de cada una de las piezas que componen Daredevil: Born Again. Una serie que no se siente únicamente como el renacimiento de Dan Defensor en televisión. Si no de todo el plan del UCM para televisión. Hemos tenido series muy buenas y muy disfrutables (a pesar de los lloros de los de siempre): Moon Knight, Hawkeye, WandaVision o She-Hulk por mencionar algunas. Por alguna razón, Daredevil se siente especial y diferente, y como si de alguna forma… estuviera virando el timón en una nueva dirección…

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