Justo llevo varios días pensando en lo que implica emocionalmente «volver a casa». Esos sitios seguros a los que volvemos una y otra vez para sentir emociones que conocemos y que nos hacen sentir bien (incluso cuando sentirse bien implica vaciar por completo las glándulas lacrimales). «Volvemos a casa» cada vez que ponemos nuevamente Jurassic Park en nuestro reproductor doméstico. Cada vez que volvemos a abrir esa edición de El Hobbit desgastada tras tantas lecturas. Cuando volvemos a escuchar esas canciones de Jarabe de Palo que nos sabemos de memoria de tanto cantarlas.
Pero la de «volver a casa» es una sensación que también sentimos cuando nos sentamos ante una nueva entrega, iteración o versión de algo que ya conocemos. Y en eso, las series de televisión juegan con ventaja. Su caracter episódico y su extensión en el tiempo en forma de temporadas ayuda a pulsar esas teclas emocionales que nos hacen vibrar en determinada sintonía con sus personajes protagonistas. Porque, efectivamente, esa es su otra gran virtud. Su estructura narrativa suele girar entorno a los personajes que la protagonizan (que además suelen ser varios). Por locas o elaboradas que sean las tramas. Por mucho que se improvisen u obedezcan a un plan establecido. Todo girará siempre en torno al desarrollo de los diferentes personajes.
Y es que cuando «volvemos a casa» volvemos al hogar. Y hay quién dice que el hogar está donde estén aquellos a los que amamos. ¿Podría decirse entonces que cuando tenemos la sensacion de «volver a casa» al empezar una nueva temporada de una serie, nos sentimos así porque nos reunimos con viejos amigos a los que amamos y añorábamos? Esa fue absolutamente la sensación que noté en el pecho con el primer episodio de la segunda temporada de The Pitt. Estaban todos, o casi todos, aquellos que me habían hecho llorar, reir y apretar los puños con fuerza en la primera temporada. ¡Vaya si los echaba de menos! Pero es que además, habían pasado 10 meses desde la ultima vez que los dejamos tras lo sucedido durante el Pittfest. Y pese a que todos eran los mismos, las interacciones entre ellos habían cambiado. Si eso no es la definición perfecta de regresar a casa después de mucho tiempo. No se me ocurre una que lo defina mejor.

¡Feliz 4 de julio!
Antes de seguir abriendome emocionalmente, me veo en la necesidad de definir un poco lo que hace a The Pitt una serie tan especial y sobre todo, diferente a otras de su género. Porque no son pocas las series ambientadas en hospitales (algunas como Urgencias son de lo más laureado de la televisión de su momento). Pero The Pitt va un paso más allá. Porque The Pitt te está diciendo ya muchas cosas antes de empezar. Y si sabes leerla bien, te puede llevar a sitios mucho más lejanos que cualquier otra serie.
La ambientación es simple. Un turno completo en las urgencias de una ciudad americana. Nada nuevo. Podemos anticipar incluso muchas de las historias que vamos a presenciar antes de que los pacientes entren por la puerta. Más cuando en esta temporada los guionistas han elegido el festivo del 4 de julio como telón de fondo para esta segunda entrega. La verdadera magia de The Pitt es que transcurre en «tiempo real». Siendo cada episodio una de las 12 horas que conforman dicho turno. Aquí no vamos a ver relaciones a largo plazo que dificilmente no serán románticas. Todo es intenso. Todo es directo. Todo es hoy, es ahora. Y si un turno de 12 horas dura 15 episodios, todo va a ser duro y largo de asimilar.
Y ahí radica su magia. Inconscientemente vas dejandote llevar por el tobogán emocional de su narración. Donde se miden magistralmente y al milímetro cada momento dramático, cada pausa cómica para coger aliento. Mientras vas asistiendo semana tras semana al desgaste físico y emocional al que se someten nuestros protagonistas (algunos en su primer día de trabajo, otros curtidos veteranos). Cada paciente, cada nuevo caso presentado, tiene una función triple: la de entretenernos viendo una serie de hospitales, la de hacernos pensar sobre el género humano y como interaccionamos como sociedad, y la de ser un engranaje preciso que hace avanzar algo mucho más complejo.

Las cosas más importantes que he hecho en mi vida, han ocurrido en este hospital.
Con tan solo un día de trabajo (uno especialmente largo) pudimos conocer a la perfección como son todos los personajes de la serie. Imaginaos eso en la vida real. Conocer a un compañero de trabajo a la perfección con solo una jornada o dos compartiendo escritorio. Si eso no es genialidad al escribir un tratamiento de personajes o un guión. No se qué lo será. Si ya cuando acababa dicha temporada te despedías de todos y cada uno de ellos con un fuerte abrazo, deseándoles lo mejor para cuando no seamos testigos de sus esfuerzos. O ya en la segunda, casi quieres llevártelos a todos a casa, darles un caldo calentito y arroparlos. Si eso no se merece todos los premios habidos y por haber a la escritura televisiba, no se a qué se los podemos dar.
Esta segunda temporada ha sido un viaje todavía más intenso si cabe que la anterior. Y eso que la serie es plenamente consciente de las expectativas generadas en la primera. Y sabe jugar con ellas guiando tu atención hacia lugares esperados, y muchos otros inesperados. Y encima lo hace siendo rigurosa. Siendo respetuosa con un oficio ante el que, como solemos enfrentarnos enfermos, con malestar o doloridos, tenemos muy poca paciencia. Uno no vuelve nunca a las urgencias de un hospital con la misma perspectiva después de haber visto The Pitt. No es que hablemos de una de las mejores series que he podido ver en los dos últimos años. Hablamos de una de las mejores series que he podido ver en mi vida.
Anoche lloré bastante. Lloré porque me sigue fascinando de lo que son capaces de hacer los integrantes del turno de día (y los del turno de noche, pero a esos parece que les va más aún la marcha) del Pittsburg Trauma Medical Hospital. Lloré porque «la fosa» («the pitt» en inglés) se ha convertido en mi hogar en muy poco tiempo. Lloré porque estoy preocupado por unos personajes a los que ahora vuelvo a dejar solos, y quiero que estén bien en mi ausencia (parece ser que cuando volvamos a verlos en una tercera temporada habrán pasado cuatro meses). Pero sobre todo lloré, porque me despedía de un lugar que me hace muy feliz, y al que no se cuando volveré. Sin duda, cuando lo haga por tercera vez, podré decir que estoy en casa de nuevo…



