escrito por Robert Denton III
Esta vez, el Isha se ahorró las formalidades.
—El forastero que nos asedió con la Plaga busca la Perla de las Brumas.
Los señores de la guerra naga se desenroscaron lentamente de sus asientos columna. Un murmullo recorrió el atrio, y la Mara evitó la mirada del Shahadet desde su lugar junto al Qamar. Se concentró en la Shabura que tenía al lado y en sus puños temblorosos, tan apretados que la piel de serpiente se resquebrajaba y se desprendía, lista para mudar.
Se suponía que regresarían como héroes que habían evitado una crisis. En cambio, se habían convertido en portadores de malas noticias.
El Shahadet gruñó.
—¿Cómo sabes que busca la Perla?
—La Mara se infiltró en su campamento, lo oyó hablar y recuperó un mapa con pistas cruciales. El Daini aportó algunas aclaraciones. En mi opinión, cuando el forastero descubrió que la Perla no estaba aquí, perdió el interés en sitiarnos y nos dejó en paz.
—Eso explicaría por qué no volvió a intentarlo. —El Shahadet examinó la túnica color carbón del Isha—. ¿Y por qué los «selectos Acechadores de las Sombras» no nos han traído la cabeza de ese hechicero, tal como prometieron?
La Shabura se deslizó hacia delante, con las palmas de las manos vueltas hacia arriba en señal de disculpa.
—Actuamos convencidos de que las fuerzas del hechicero estaban menguando, de que el bosque acabaría con ellas. —Hizo una mueca—. Nos equivocábamos. Cuando caían sus Asesinos del Bosque, la Plaga los alzaba de nuevo. Y, a medida que él avanzaba, los esbirros de la Plaga lo buscaban y se unían a él.
—¿De dónde vienen? —exigió saber el Shahadet.
La Mara habló por fin, al ver que los demás vacilaban.
—De los pantanos del sur. Y planea liberar a más.
Si antes los señores de la guerra habían intercambiado murmullos, ahora un silencio atronador resonó por toda la estancia. La mayor batalla de la historia de su pueblo, con el mayor número de bajas que jamás habían sufrido, había tenido lugar en aquel pantano. Sus sacrificios habían confinado allí a la Plaga. Pero, si la prisión ya no retenía al prisionero, todo aquello había sido en vano.
Una expresión ausente se apoderó del Qamar mientras se hundía en su asiento.
—Ya es bastante desgracia que nuestras grandes obras se hayan convertido en ruinas. Ya es bastante desgracia que nuestros seres queridos no despierten. Y ahora, hasta nuestra victoria sobre la Plaga ha sido deshecha por el tiempo. —Contempló su reflejo tembloroso en las aguas poco profundas de la piscina—. ¿Para qué existimos siquiera? ¿Qué sentido tuvieron todas nuestras luchas, todo nuestro sufrimiento?
—No creo que eso sea posible. —El Shahadet clavó sus ojos entornados en la Mara—. Traedme ese mapa. Quiero verlo con mis propios ojos.
Aquel era el momento que tanto temía. Sentía el pecho tan tenso como el parche de un tambor, y su corazón era el percusionista.
—No lo tengo —admitió.
—Se lo llevó el Daini —intervino de pronto el Isha—. No sabemos dónde está.
Durante un instante, ambos intercambiaron miradas. El rostro del Isha reflejaba vacilación y arrepentimiento. La Mara le suplicó en silencio que suavizara lo que ella le había contado al consejo, con la esperanza de que recordara que había estado a su lado cuando él salió de su caparazón; que se habían criado juntos como ashamana, antes de tener nombres, estanques de recuerdos o deberes ancestrales. Que ella había depositado sus esperanzas en aquello.
—Tanto el forastero como el Daini pertenecen al Clan del Dragón.
La Mara sintió como si el Isha la hubiera atravesado con una lanza.
Se oyeron siseos y murmullos. El Qamar frunció el ceño, atónito ante las implicaciones. El corazón de la Mara se hundió como una piedra. ¿Acababan de destruir todo lo que ella y el Daini habían construido, los cimientos de una alianza entre sus pueblos?
—Esto es muy preocupante —dijo el Qamar—. El Daini parecía tener buenas intenciones. Debo reflexionar sobre lo que esto significa para nuestro pueblo.
—¿Reflexionar sobre lo que significa? —El Shahadet se volvió bruscamente hacia el Qamar—. ¡Significa que nos han traicionado! ¡Significa que los rokugani están aliados con la Plaga! ¿Qué más pruebas necesitas?
—Solo demuestra que este hechicero es el verdadero enemigo —replicó el Qamar.
Pero su voz quedó ahogada por la de los demás señores de la guerra. Discutían, gritándose unos a otros, mientras se formaban facciones ante los ojos de la Mara. El Shahadet y el Qamar se fulminaban con la mirada, enseñando los dientes. Discutían en la Unidad, comprendió ella.
Nadie sabía qué hacer. Nadie escuchaba a nadie.
Así que aquella era la conducta de los nacidos cien veces.
La Mara se deslizó fuera del atrio, dejando tras de sí el agua ondulante, agitada por la disputa a sus espaldas. Atravesó el poblado sumida en una niebla de rabia y solo se detuvo en el puente que cruzaba el canal, donde las aguas cristalinas albergaban puestas de huevos aún sin eclosionar y a los durmientes que todavía no habían despertado. Apoyada en la barandilla, estudió su reflejo y respiró despacio. Inspirar y espirar. La respiración ralentizó sus pensamientos y apagó el ruido, como si flotara en aguas profundas. Inspirar. Espirar.
Tal como le había enseñado el Daini.
Al principio, la Mara no había entendido aquella «meditación». Pero, siempre que algo lo preocupaba o no sabía qué hacer a continuación, el Daini buscaba un lugar donde sentarse con la espalda recta y las piernas cruzadas. Permanecía así, a veces durante horas. Finalmente, cuando la invitó a acompañarlo, le explicó cómo respirar, cómo concentrarse en el aliento para vaciar la mente y limitarse a dejar que los pensamientos surgieran y se marcharan a su propio ritmo, sin centrarse en nada en particular. La Mara comprendió que aquella era su forma de sumergirse en un estanque de recuerdos. El Daini confiaba en que, en lo más profundo de su ser, encontraría una respuesta a aquello que lo atormentaba. Solo tenía que dejar que aflorase a la superficie.
Ahora, la Mara no podía pensar en otra cosa que en él. En cómo trepaba al pino más alto y contemplaba el manto del Shishomen, y en lo maravilloso que resultaba aquel paisaje visto a través de sus ojos. En su paciencia cuando le enseñaba el extraño juego de piedras y tablero de su pueblo, y en lo molesto que se ponía cuando ella le ganaba. En cómo podía decirle cualquier cosa, contarle cualquier cosa, y él la aceptaba sin juzgarla. En aquella noche en que quedaron atrapados en la cueva. En las historias de su familia. ¿Les hablaría de ella cuando regresara a casa? ¿Volvería a verlo alguna vez?
El Daini tenía derecho a estar enfadado. Pero ¿por qué había tenido que esconderse de ella? Los amigos no hacían esas cosas, ¿verdad?
Y, aun así, él seguía siendo su amigo. Quizá incluso un amigo de verdad.
Pero los verdaderos amigos nunca se abandonaban. Y el Daini la había dejado luchar sola.
Porque ella le había dicho que se marchara. Él solo había hecho lo que ella quería.
Idiota. ¿Qué has hecho?
La Mara percibió la presencia del Isha cuando este se deslizó sobre las tablas del puente. Su reflejo apareció en el agua junto al de ella, observando con atención los nenúfares que flotaban en la superficie del canal.
—El Qamar ha despedido a los señores de la guerra —dijo el Isha en voz baja.
Tras una larga pausa, continuó:
—El Shahadet ha elogiado tu valentía después de que te marcharas. Ha propuesto ascenderte. Así que… enhorabuena.
¿El Shahadet había dicho eso? ¿No la despreciaba? La Mara no podía imaginarlo elogiándola. Era difícil impresionarlo.
Debería estar exultante. Un ascenso era lo que siempre había querido. Pero eso era cuando creía que le permitiría explorar el mundo exterior. Ahora que su pueblo estaba dispuesto a considerar enemigos a los rokugani, ¿de qué servía?
El Isha suspiró y la miró.
—Tienes todo el derecho a estar enfadada. Pero espero que comprendas por qué he hablado. No podemos ocultarle secretos a nuestro pueblo, ¿verdad?
¿Era así como se había sentido el Daini cuando ella había defendido algo muy parecido? ¿Traicionado y decepcionado?
—¿De verdad crees que los rokugani son nuestros enemigos? —preguntó la Mara.
El Isha frunció el ceño.
—No lo sé.
La Mara golpeó la barandilla con ambas manos.
—¡Le dije que no condenaríamos a todo su pueblo por las acciones de uno solo! ¡Y gracias a ti, hemos hecho exactamente eso! Si alguna vez fuiste mi amigo…
—¡Soy tu amigo! —El Isha la agarró por la muñeca—. Los rokugani son unos desconocidos. ¿Ya no sabes distinguirlos de nosotros? —Negó con la cabeza—. No son como nosotros. Debemos aceptar que nuestras costumbres son incompatibles. Puede que no sean nuestros enemigos, pero tampoco son nuestros amigos.
—El Daini es mi amigo —replicó la Mara—. No es ningún desconocido, y mucho menos para mí. Los rokugani se parecen más a nosotros de lo que se diferencian.
El Isha se dispuso a rebatirla, pero la Mara volvió la mirada hacia el agua. Estuvo a punto de decirle que la dejara en paz, que necesitaba tiempo para pensar.
Pero ninguno de los dos dijo nada. Ambos vieron al mismo tiempo las burbujas que ascendían desde el canal.
Una señal de vida.
Intercambiaron miradas. Allí abajo, aparte de peces y mejillones, solo estaban los durmientes que aún no habían despertado, encerrados en piedra.
La Mara se zambulló. El chapuzón del Isha la siguió apenas unos instantes después. Descendieron, y las aguas se oscurecieron mientras el corazón de la Mara se abría a una rendija de esperanza, la más pequeña que era capaz de reunir. Casi no se atrevía a albergar esperanza alguna. Si se equivocaba, la decepción sería insoportable.
Redujeron la velocidad al acercarse al fondo de la fosa, bajo las miradas inexpresivas de las estatuas de piedra cubiertas de musgo. El pedestal que antes sostenía al Dashmar estaba vacío.
El Dashmar nadaba justo por encima, con las vestiduras ondeando alrededor de su cuerpo marchito y la brillante piel de serpiente verde resplandeciendo en la penumbra. Su rostro arrugado esbozó una sonrisa cuando una chispa de reconocimiento se encendió en sus ojos. La Mara sintió deseos de llorar de felicidad.
El Dashmar había despertado.

El Dashmar suspiró después de su tercera copa de zumo.
—Ah, qué bien. Echaba esto de menos.
Enroscada junto a su asiento, la Mara no paraba de darle vueltas a la cabeza. ¿Por qué había despertado justo ahora? ¿Seguía intacto su estanque de recuerdos? ¿Estaba ligado a algo? ¿O se encontraba tan a la deriva y sin anclaje como ella?
Estudió las profundas arrugas de su rostro. Aún tenía trozos de piedra adheridos al cuerpo, como fragmentos de piel sin mudar. Ella le quitó algunos, pero él apartó su mano, molesto por tantos cuidados.
—Estoy bien. No te molestes. —Su amplia y afable sonrisa iluminó la tenue caverna donde descansaban. Como les ocurría a todos al despertar, el Dashmar estaba agotado—. Dime, ¿fui el último en despertar?
La Mara negó solemnemente con la cabeza.
—Eres el único, aparte de mí. Los demás embasarios están…
El Dashmar se encogió de hombros.
—Despertarán tarde o temprano, estoy seguro.
—Creíamos que nunca despertarías —soltó ella sin pensar.
Aquello pareció divertirlo. Frunció las cejas mientras se frotaba la barbilla.
—Tuve muchísimos sueños —comentó finalmente—. Soñé que era un ciervo que vivía en los bosques junto a una gran mansión. Después soñé que era un pájaro. Viví muchísimas vidas. Y entonces… —Hizo gestos con las manos mientras hablaba, como si intentara conjurar las palabras adecuadas— vi… a una persona. Una criatura extraña. Tenía la piel lisa, sin escamas, del color de la madera, y una larga cabellera oscura. Se desplazaba sobre dos extremidades…
La Mara se incorporó, interesada.
—Piernas. ¡Viste a un rokugani!
—¿Rokugani? —Alzó las cejas—. Qué interesante. Creía que se llamaba el Daini.
La Mara se quedó atónita. El Dashmar asintió pacientemente mientras ella se lo describía.
—Sí, sí. Era él. Solo que… hablaba con tu voz. Seguí esa voz hasta aquí, encontré mi cuerpo y desperté.
La Mara se levantó y se deslizó en un círculo cerrado, persiguiendo sus propios pensamientos. No podía ser una coincidencia que la última imagen que su mentor había visto en sueños fuese el Daini. Pero ¿qué significaba aquello?
El rostro del Dashmar volvió a iluminarse, esta vez como si acabara de descubrir algo.
—¿Tú y él? No sabía que eso fuera posible. Fascinante. Prometedor.
—No hay nada prometedor.
Podría haberlo habido si el Daini siguiera aquí. Si no se hubieran separado. Si ella no hubiera…
La preocupación se apoderó del rostro del Dashmar.
—¿Por qué llora la Mara?
Ella se apretó los puños contra los ojos para detener las lágrimas, pero ya no podía contenerlas, ahora que la presa se había roto. Sentía alivio porque su mentor hubiera despertado. Estaba aterrorizada ante la posibilidad de que se avecinara una guerra. Estaba triste, avergonzada, confundida y abrumada por demasiadas emociones a la vez.
—No sé qué hacer —dijo—. La Plaga está escapando. El sol se está poniendo para los nuestros. El Qamar y el Shahadet están enfrentados, y está demasiado oscuro para que pueda ver el camino que tengo por delante. No sé qué hacer. Estoy completamente a la deriva, sin ningún vínculo que me sostenga.
—Hija, no estás a la deriva. Estás ligada al Daini, ¿verdad?
Ella alzó la mirada hacia el rostro sereno de su mentor.
—Lo ahuyenté —confesó—. Infringí una regla que ni siquiera sabía que existía. Cuando descubrí que era una regla, volví a infringirla. Ya no confía en mí.
—Mmm. —El viejo naga se acarició la barbilla, pensativo.
—Recuerdo uno de mis sueños —dijo—. Me acerqué a aquel… rokugani. Parecía tan sereno. Quería saber qué le permitía estar tan en paz. Admito que no recuerdo qué le pregunté. Pero me dijo lo siguiente: «El destino de todo cuanto camina por la playa es que el agua borre sus huellas de la arena. Sin embargo, la muerte no es eterna, porque nada lo es».
Se encogió de hombros.
—No estoy seguro de qué significa. Pero quizá hayamos vivido demasiado tiempo. Lo suficiente para presenciar cómo se erosiona todo lo que hemos hecho. Esa es otra forma de morir, ¿verdad? Y nosotros que nos creíamos tan listos. Creo que nuestro tiempo ha terminado. Quizá nuestro propósito ahora sea guiar a quienes vengan después. Así que, si no sabemos qué hacer, deberíamos intentar hacer el bien. Aunque fracasemos, el esfuerzo no habrá sido en vano.
Sus ojos dorados se encontraron con los de ella.
—¿Confías en el Daini?
—Sí.
Se dio cuenta de que nunca había dejado de hacerlo. Era testarudo, orgulloso y guardaba secretos. La había hecho enfadar muchísimo. Pero sabía que tenía buen corazón. Aunque tuviera secretos, no la haría daño a sabiendas. En eso consistía la confianza.
—¿De verdad creías —continuó el Dashmar— que vuestra amistad era tan frágil que él la desecharía con tanta facilidad?
Ella negó con la cabeza.
—Entonces estás de suerte —respondió él—. Porque el Daini viene hacia aquí. Así que podrás contárselo todo tú misma.
De pronto, el viejo naga frunció el ceño.
—Ah. Pero debes encontrarlo antes de que lo haga la Plaga, o todo estará perdido.
¿El Daini seguía en el Shishomen? Los recuerdos de aquellas criaturas corrompidas flotaron en su estanque de recuerdos. Garras, ojos lechosos, el hedor de la muerte.
—¿Está luchando contra la Plaga? —preguntó—. ¿Cómo lo sabes?
—No estoy seguro —respondió el Dashmar—. Creo… creo que yo también puedo sentirlo. Qué curioso. No consigo establecer contacto con el Qamar ni con el Shahadet, pero creo que puedo sentir a tu Daini. Lo persiguen, pero consigue esquivarlos.
Una comisura de sus labios se alzó en una sonrisa.
—Está pensando en ti ahora mismo.
Si la Plaga lo perseguía y él se dirigía hacia allí, pronto se verían asediados por pesadillas. Tenía que llegar hasta él primero. No podía permitir que se enfrentara a la oscuridad a solas.
Agarró su arco-lanza y su carcaj, y se puso apresuradamente la capa acolchada de arquera.
—Sigue el vínculo que os une —le aconsejó el Dashmar mientras ella salía a toda prisa de la caverna—. Lo encontrarás.
Podía sentirlo a través del bosque, como si una línea invisible los conectara. Estaban ligados el uno al otro, con sus destinos enroscados entre sí. Comprendió, exultante, que ni siquiera si lo intentaba podría perderlo.




