escrito por Robert Denton III
Arrancado de sus oscuros pensamientos al pasar de las hojas quebradizas a los antiguos ladrillos, Mirumoto Daini no estaba seguro de poder confiar en sus propios ojos. Una ciudad de semejante tamaño debería haberse divisado mucho antes, incluso a través de la espesura de los árboles de Shinomen. Torres de piedra atravesaban el dosel como lanzas, mientras la luz del sol se derramaba desde heridas doradas.
En un silencio atónito, avanzó junto a cimientos agrietados y muros de yeso asfixiados por la hiedra.
Se detuvo ante una estatua naga. Su cabeza moteada estaba encapuchada, como la de una cobra. Se alzaba mucho más que los naga que había encontrado anteriormente y vestía ropajes que sugerían una función ceremonial.
La piedra estaba fría bajo su mano. No reaccionó a su contacto. ¿De verdad latía un corazón bajo toda aquella piedra? ¿Había realmente una mente consciente en su interior?
Al seguir explorando, llegó a una fuente seca en lo que supuso que debía de ser una plaza. Zarzas obstinadas se abrían paso por estrechas grietas, pero no habían tocado las numerosas estatuas.
Una ruina naga. Una de tantas, dispersas por todo Shinomen. Pero ¿por qué aquellos naga se parecían a cobras? ¿Por qué eran mucho más grandes?
Si la Mara estuviera allí, lo sabría.
Una oleada de vergüenza lo invadió. Recogió las piernas y se sentó con la espalda recta, en posición de loto. Vació su mente y se concentró únicamente en su respiración meditativa.
Limítate a sentarte. En la calma se encuentra el rumbo, incluso en un lugar como este. No te resistas a los pensamientos ni los provoques voluntariamente. Deja que surjan y desaparezcan como…
Algo le oprimió el corazón y lo retorció, estrujándolo como un trapo mojado. Daini se encorvó bajo una oleada de recuerdos.
La última vez que había meditado, la Mara lo había observado con tanta atención que estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas. Y cuando finalmente lo hizo, ella arrugó la nariz en un gesto de irritación que lo hizo reír abiertamente. Le preguntó por qué tenía aquella cara de estreñido y, después de eso, le resultó imposible seguir meditando.
Aquello le recordó la vez que ella había intentado enseñarle a utilizar el arco de lanza. Era demasiado grande para él; tuvo que tumbarse boca arriba y tensar la cuerda con los pies.
—¡Qué ingenioso! —había dicho ella, y su risa había sonado como una campanilla.
¿Eran reales aquellos recuerdos? ¿O se los había implantado la Mara al leer su mente?
¿Y por qué la posibilidad de que fueran reales le dolía más que la de que fueran falsos? Porque, si eran reales, significaría que había arrojado por la borda su amistad por rabia, por puro orgullo estúpido. Había rechazado a alguien que había mirado en el interior de su mente, contemplado toda la fealdad que ocultaba al mundo y, aun así, se había quedado a su lado. Había conversado con él. Lo había hecho reír. Había luchado por él. Había defendido su causa.
Había sido una amiga de verdad. Quizá la amiga más auténtica que jamás tendría.
Fortunas, ¿qué he hecho?
El corazón de un samurái no debería tener espacio para las dudas ni los remordimientos. Pero ¿de qué servía un samurái que rechazaba a una amiga verdadera? ¿Que se había dejado vencer por la ira? Un samurái debía dominar sus emociones, no dejarse conducir por ellas. La Mara no había traicionado a Daini; él la había traicionado a ella. Nunca le había permitido acercarse de verdad.
—Porque no quieres depender de nadie —repitió una voz familiar.
Bajo la luz dorada, Asagao parecía serena, a diferencia de cómo había estado el día de su muerte. Vestía su capa de paja, pero sus piernas se desvanecían a la altura de los tobillos, dejándola suspendida en el aire. Emitió un sonido de desaprobación.
—El héroe conquistador se entrega a la autocompasión. ¿Qué te ha ocurrido, mi señor?
Daini sintió que debería tener miedo. En cambio, se le hizo un nudo en la garganta al volver a ver a Asagao. Era como si su propia estupidez no la hubiera llevado a la muerte, como si una parte de ella hubiera logrado seguir adelante.
—Los naga —respondió—. La Mara.
—Eso dices. Pero ahora estás solo.
El fantasma cruzó los brazos.
—Como prefieres.
—¿Por qué estás aquí? ¿Qué te ha invocado?
Ella sonrió con sorna.
—Soy tu fiel sirvienta, que intenta aconsejarte. ¿Por qué te enfureció tanto que otra persona leyera tus pensamientos?
Daini apretó los puños.
—Fue una falta de respeto. Demostró lo poco que pensaba de mí.
—Intentaba comprenderte —lo corrigió el fantasma—. Le resultabas fascinante. Los naga leen los pensamientos de los demás como nosotros intercambiamos palabras. Para ellos es algo tan natural como respirar.
Eso era cierto. Él mismo lo había observado.
Negó con la cabeza.
—Si puede leer mis pensamientos, también puede controlarlos. ¿Cómo voy a confiar…?
—¿En tus recuerdos? Hablas como si se pudiera confiar en cualquier recuerdo. Pero, como dijo el Pequeño Maestro, no son reales. Esto es una forma de apego.
—¿Qué quieres que diga? —concedió él—. Creía que mis pensamientos eran privados.
—¿Desde cuándo te has guardado algún pensamiento? Cuando yo vivía, nunca lo hacías. Hablabas tanto que me daban ganas de enterrar la cabeza bajo tierra.
El fantasma se inclinó hacia él. Estaba hecha de motas de polvo suspendidas en una luz de otro mundo.
—Te molestó porque, si conoce tus pensamientos, conoce tu vanidad. Tu hipocresía. Sabe que tu hermano era mejor que tú, que por eso murió y que esa es la razón por la que eres incapaz de alcanzar la virtud que él poseía.
Sus ojos se nublaron de tristeza.
—No quieres que nadie te conozca, Daini. ¿No fue por eso por lo que me apartaste de tu lado?
—Es la razón por la que moriste —admitió él—. Quería superarlo.
Tenía las manos tan sucias, pero la fuente estaba seca. No había manera de limpiárselas.
—¿Debería rendirme? —preguntó finalmente—. ¿Abandonarme al viento, como quizá merezco?
Su fantasma se echó a reír.
—Entonces, ¿para qué habría servido todo esto, idiota?
Daini parpadeó y ella desapareció.
Entonces comprendió, con los vellos de la nuca erizándosele, que alguien lo observaba.
Daini se puso en pie de un salto y vio una figura enorme y borrosa atravesar las ruinas del patio en un instante. Para cuando terminó de volverse hacia ella, su sombra ya lo empequeñecía. Contempló boquiabierto unos ojos carmesíes cuyas pupilas doradas ardían como el fuego. Sus extremidades se quedaron paralizadas. Ya era demasiado tarde para hacer nada.
Apéndices semejantes a patas de araña colgaban del rostro monstruoso del naga, cuya boca de tiburón se torcía en una mueca. Manchas anaranjadas salpicaban su cabeza encapuchada, mientras franjas zigzagueaban por su cuerpo verde y ondulante. De sus hombros pendía un collar de cuentas del tamaño de puños. Señaló a Daini con una garra negra.
—Me has hecho esperar —tronó el naga.
Sus pupilas se estrecharon.
—Me pregunto cómo has sobrevivido tanto tiempo, soñando despierto en Shishomen.
Daini tragó saliva, intentando obligar a su corazón desbocado a calmarse.
—¿Eres… eres el guardián de estas ruinas?
—No es una descripción incorrecta —respondió.
—Y tú eres un samurái del Clan del Dragón.
—Hablas muy bien el rokuganí.
Una idea escalofriante se le pasó por la cabeza a Daini.
—¿Entraste en mi mente para aprender la lengua de mi pueblo?
El enorme naga inclinó su cabeza de cobra.
—¿Entrar en tu…? ¿Cómo iba a hacer eso? Conozco tu idioma porque lo he oído hablar. Muchas veces, a lo largo de los siglos.
Su mirada se perdió en la distancia.
—Arrastrándonos por vuestros jardines. Buscando ratas entre vuestros muros. Hemos tenido mucho tiempo para aprender.
Se encogió de hombros, enormes como peñascos.
—Además, no estoy atado. Como tu amiga. ¿Dónde está? Seguro que no has venido solo.
Un naga aislado. Quizá hubiera otros, dispersos y ocultos, despertando cada día.
El naga habló antes de que Daini pudiera responder.
—Sabemos por qué estás aquí. Ven.
Le indicó a Daini que lo siguiera.
—Obtendrás tus respuestas, pero después tendrás que inclinarte ante el destino.
Hablas como Lord Yokuni, pensó Daini.
El gigantesco naga se estremecía de manera errática, deteniéndose a intervalos antes de volver a moverse. Murmuraba en voz baja, como si discutiera consigo mismo.
Más valía hacerle las preguntas ahora.
—¿Cómo debería dirigirme a ti?
—Somos los Shashakar —respondió el naga—. Eso bastará.
—No dejas de decir «somos».
El naga se detuvo.
—¿Lo hago?
Daini decidió no insistir en el asunto.
—¿Dónde estamos exactamente?
—En la Ciudad de las Tres Cascadas. El Dominio de la Cobra Jakla.
—Jakla. —La palabra le resultaba desconocida—. ¿Qué es un jakla?
El naga hizo un gesto hacia sí mismo y después hacia las estatuas inmóviles.
Aquello solo le aclaró las cosas en parte, pero Daini dedujo que las respuestas de los Shashakar tendrían, por lo general, aquel nivel de precisión. Entonces se le ocurrió algo y sacó el mapa que la Mara le había entregado.
No. El mapa que le había quitado. Porque se habían separado de repente, en malos términos, y la había dejado sola para enfrentarse a los Impuros, abandonada por alguien en quien confiaba.
Basta. Las hojas caídas no volverían a sus ramas.
Daini desplegó el papel y señaló la representación de aquella extraña ciudad.
—¿Estamos aquí?

El Shashakar le arrancó el mapa de las manos a Daini. Sus ojos ardientes se abrieron de par en par y sus dedos se cerraron en puños. A su alrededor surgieron orbes de fuego que se retorcían, girando cada vez más calientes y brillantes con cada furiosa inspiración.
Sobresaltado, Daini retrocedió, con la mano suspendida sobre la empuñadura de su espada. Ya había visto algo así una vez, en un templo Agasha, cuando un iniciado perdió los estribos y provocó la explosión de una forja. Así que los Jakla eran shindōshi, lo que los hacía peligrosos, y ahora uno de ellos estaba perdiendo la paciencia, perdiendo el control…
El Shashakar soltó el papel. Las luces se apagaron de golpe.
—Ah, no importa. No cambia nada.
Miró a Daini con una expresión más serena.
—Vaya. Te he asustado.
—No —mintió Daini. Su mano permaneció cerca de la espada mientras recogía el mapa.
Llegaron a un enorme anfiteatro con forma de cuenco, excavado en el terreno como una cúpula invertida. Largas rampas descendían en espiral hasta el fondo, donde un pilar se alzaba tras una verja cubierta de hiedra.
—Te debemos una disculpa —dijo el Shashakar mientras descendían—. Pero, si no hubiéramos invocado la ventisca, habrías cruzado estas fronteras demasiado pronto.
—¿Fuisteis vosotros? —Daini recordó la tormenta de nieve, impropia de la estación, que apenas unos días antes lo había atrapado junto a la Mara en la cueva. Se planteó desenvainar la espada—. Casi matasteis a la Mara.
—Pero no lo hicimos, gracias a ti. Te importa mucho. Ella también se preocupa por ti.
Daini apartó la mirada.
—Quizá antes sí.
Se impuso un largo silencio. El Shashakar apoyó una mano enorme sobre el hombro de Daini, casi aplastándolo.
—¡Nada de abatimiento! Es mejor estar solo, ¿verdad? Nosotros, desde luego, lo preferimos. Hemos vivido apartados de todos durante siglos, manteniendo esta ciudad por nuestra cuenta. ¡Y mira cuánto nos ha fortalecido!
Daini observó los espasmos del Shashakar, el brillo desquiciado de sus ojos y aquella boca de daga deformada en una mueca que era mitad sonrisa, mitad gesto amenazador.
—Ah, sí. Ya veo.
El Shashakar continuó hablando entre murmullos, y Daini empezó a reconsiderar en silencio toda su vida. ¿Era esto lo que les sucedía a quienes solo dependían de sí mismos?
—En cualquier caso —continuó el naga—, no pretendíamos hacerte daño de verdad, pero teníamos que asegurarnos de que los Impuros no te hubieran hechizado. Los Impuros llevan eras buscando esta ciudad, y durante todo ese tiempo hemos frustrado sus intentos. Hasta hoy.
El Shashakar se volvió hacia su invitado.
—Ahora que estás aquí, los Impuros no tardarán en llegar. Al fin y al cabo, te han seguido.
—¿Seguido? —El corazón le dio un vuelco y se le subió a la garganta. El hechicero, los muertos vivientes que avanzaban tambaleándose…
—Sí —respondió el Shashakar—. Esperaban que los condujeras hasta aquí.
—Imposible. Ni siquiera sabía que acabaría aquí. No sabía que este lugar existía.
—Ah, pero te ha guiado hasta aquí el traidor que está en contacto con vuestro forastero. Colaboran entre sí. Los hemos oído muchas veces.
El Shashakar miró a Daini como si fuera un niño que agitara inútilmente una caja de rompecabezas.
—¿De verdad creías que podrías encontrar este lugar por casualidad, con todas las protecciones que hemos dispuesto? No te preocupes, eso es lo que hacen los Impuros. Te llevan a dar cosas por sentadas. Cosas equivocadas. Nos ocurre a los mejores. Ah, ya hemos llegado.
El pilar situado en el fondo del anfiteatro era de mármol gris. La mirada de Daini se dirigió hacia un orbe perfectamente circular, del tamaño de una pelota de kemari, incrustado en su parte superior. El orbe era iridiscente. Daini comprendió que no era de piedra. Se parecía más a una perla.
Una perla defectuosa. Grietas serpenteaban por su superficie, rellenas de una sustancia verde brillante que le recordó a la cerámica kintsugi, en la que las piezas rotas se reparan rellenando las fisuras con oro.
El Shashakar se quedó junto a la enorme perla, contemplándola con tristeza.
—Nuestras intenciones eran buenas. Queríamos salvar a nuestro pueblo y alcanzar una gran unidad. Pero ¿estamos ahora más unidos? ¿O acaso solo creamos el medio por el que los Impuros pueden hacerse con el control?
—¿Quiénes tenían buenas intenciones? ¿Los Jakla?
El Shashakar asintió.
—Los tejedores del Gran Sueño. La Perla de las Brumas nos permitió intentarlo. Sabíamos que los Impuros no permanecerían encarcelados para siempre, pero podíamos apartar a sus conquistadores del flujo del tiempo. Los naga despertarían para volver a combatirlos.
Hizo una mueca de dolor.
—Pero nosotros… calculamos mal. La perla se fracturó. Solo algunos han despertado. ¿Terminó el Gran Sueño demasiado pronto o demasiado tarde?
A sus espaldas resonó el estrépito de piedras que caían.
Ambos se volvieron al unísono. En la parte superior del anfiteatro se congregaban figuras tambaleantes, formando una fila cada vez más larga. El forastero se alzaba entre ellas, con la capucha echada sobre el rostro.
Daini enseñó los dientes. ¿Qué familia del Dragón había engendrado a aquel madōshi enloquecido? ¿De quién era aquella vergüenza?
El Shashakar alzó los brazos.
—¡Contemplad! ¡Os dijimos que encontrarían el camino hasta aquí! ¡Han conseguido atravesar nuestras defensas! ¡Y ahora, la victoria de mi señor essssssss…!
—¡Ah, no! ¡NO!
El Jakla gritó y se dobló sobre sí mismo hasta que la voz se le quebró. Daini contempló horrorizado cómo el Shashakar se retorcía, mientras las piedras se resquebrajaban bajo su enorme cuerpo.
Al final, quedó inmóvil.
—No —repitió el Shashakar, esta vez en voz más baja, con determinación—. Aún no has ganado, traidor. Seguimos teniendo el control.
El gran naga dio una palmada, y Daini sintió una onda que emanaba del orbe y lo atravesaba, propagándose por toda la cúpula hasta obligar a los muertos vivientes a caer al suelo.
La onda hizo que la piedra gris se desprendiera de las estatuas de los naga cobra, revelando su carne escamosa. Con los rostros inexpresivos y siseando como animales, se deslizaron por las rampas hacia los Impuros reunidos. El forastero desenvainó su espada. Más allá, se alzó un estruendo de cascabeles y siseos.
—No resistirán mucho —dijo el Shashakar con tristeza—. Concédeme un favor, samurái.
—¿Qué es esto? —susurró Daini—. ¿Has despertado a tu pueblo solo para sacrificarlo?
—Sus cuerpos están vacíos. Siguen con nosotros. Sus pozas de memoria, ellos…
—Están dentro de ti —comprendió Daini.
Decenas de pozas de memoria de los Jakla habitaban en un único naga: inmortales, malditos, condenados a vigilar unas ruinas solitarias y aquella perla. Habían reunido todo su poder en un solo cuerpo, sacrificándose cada uno de ellos.
El Shashakar asintió.
—Incluido el traidor. El que saboteó el Gran Sueño, se ocultó entre nosotros y se entregó a los Impuros.
Daini contuvo el aliento.
—Por eso rompiste tu vínculo. Para impedir que el traidor escapara hacia la Unidad.
El Jakla no lo corrigió.
Sus enormes manos agarraron el orbe defectuoso. Las fisuras se extendieron como una telaraña por el pilar mientras los músculos de sus brazos se tensaban, hasta que la perla quedó liberada con un fuerte chasquido.
El Shashakar se la entregó a Daini. El artefacto naga estaba caliente y pesaba mucho entre sus brazos.
—Quizá algún día vuestro pueblo aprenda a repararla —dijo solemnemente.
Los pies de Daini parecían hechos de plomo. Aquella perla era demasiado valiosa para confiarla a alguien como él. ¿Qué había conseguido proteger jamás?
—Lleva la perla ante tu señor, en las montañas. Mantenla lejos de aquí. Lejos del Oscuro. Si los Impuros se hicieran con ella, obtendrían el poder de atacar a los naga a través del sueño. A través de la Unidad. Lo corromperían todo. ¿Lo entiendes?
—Pero ¿por qué querría ese madōshi corromper a los naga? ¿Qué podría ganar con ello?
El Shashakar juntó las manos. De sus labios surgieron decenas de voces, entonando un ritmo de mantras entrelazados. Los orbes de fuego reaparecieron y, al separar las manos, un relámpago carmesí crepitó entre ellas.
La voz del naga se alzó con claridad por encima de las demás, pero otra voz emergió, oculta bajo todas las otras, y comenzó a burlarse de ellas.
—Vete, samurái. No regreses jamás.
Si no hubiera tenido los brazos cargados con la enorme perla, Daini habría desenvainado la espada.
—Un samurái no huye de sus enemigos.
—Este sí lo hará —respondió el Shashakar.
Con un barrido de su cola, el naga lo empujó hacia atrás, alejándolo de allí. Daini trastabilló y echó a correr hacia el borde de la cúpula, atravesando las calles en ruinas. Unos bandidos no muertos le cerraron el paso, pero consiguió esquivar sus torpes manotazos. Los cadáveres de los naga cobra caídos sangraban sobre las piedras.
Daini soportó la vergüenza de la retirada, aferrándose a un único pensamiento para mantener su determinación: era la última baza del Shashakar, la única esperanza de los naga.
Un estruendo ensordecedor le hizo rechinar los dientes. Una columna de fuego se elevó desde el anfiteatro y proyectó su sombra hacia delante. Imaginó a los muertos vivientes sin mente reducidos a cenizas, consumidos por la luz del último Jakla.
—Es inútil —susurró una voz junto a su oído.
El forastero. El tatuaje de la curruca japonesa. Al parecer, podía hablar con Daini cuando le viniera en gana.
—¿Qué te importa lo que les ocurra a los naga? Estás cansado de ser una piedra de Go de la Alta Casa, como me ocurrió a mí en otro tiempo. Deberíamos hablar, lord Mirumoto. No hay motivo para que seamos enemigos.
Sus pies golpeaban las hojas secas. Las zarzas intentaban arrastrarlo hacia los rincones más oscuros de Shinomen. Daini corrió aún más deprisa, sin saber adónde dirigirse.
Pero había algo que tenía claro: Daini haría que el sacrificio del Shashakar hubiera merecido la pena.




