Con Toy Story he aprendido a mantener la boca cerrada. Yo estuve ahí, Gandalf, cuando en 1995 se estrenó en cines la primera película de animación generada por ordenador. En estos más de 30 años he ido creciendo como los protagonistas de las diferentes películas (supongo que Andy ya tendrá hijos como yo). Y con cada nuevo estreno siempre he dicho lo mismo: «con lo buena que era la anterior (anteriores), ¿qué necesidad había de otra?, ¿qué más van a contar ya?». Y película tras película la saga me ha cerrado la boca una y otra vez.
Que nadie se engañe. Esta entrega tiene un cinco como un sol de grande. Obviamente lo más interesante se ha contado en las cuatro iteraciones anteriores. Pero ya quisieran muchas franquicias mantener el nivel que mantiene Toy Story con la mitad de entregas. Y creo que la clave reside precisamente en un interés genuino de intentar contar algo nuevo de verdad. Cara de pikachu sorprendido si digo que lo que quieren los señores de Pixar es hacer dinero y que saben que con una entrega más de «lo de los juguetes» les va a llover a expuertas. Hombre claro. Pero hay muchas formas de hacer esto, y en general en Pixar suele hacerse muy bien. Pero es que incluso dentro de la casa tienes el ejemplo de Cars (explotada mucho más rápido y mucho más furiosamente) o esta Toy Story.
La primera entrega lo tenía facil. Sólo había que plantear el escenario original. ¿Qué pasaría si los juguetes estuvieran vivos? Claro, si tus juguetes fueran como tu perro, el simple hecho de romperlos o perderlos te haría replantearte la existencia por completo. Asumiendo que si decidimos seguir contando historias hay que sacar a los moñecos fuera de casa ya se pierde el efecto sorpresa y ese temor a que les pase algo fuera del hogar. Por eso el enfoque se pone en otro sitio en la segunda entrega: Cómo consideran los adultos a ciertos juegos. La nostalgia. Y como añoramos sentirnos valorados. Es aquí donde Jessie aparece por primera vez y nos deja entrever eso que más adelante explotará y que es ese momento terrible (sobre todo para el juguete) en el que el niño deja de jugar.

Hay un amigo en mi…
La tercera entrega es la mejor valorada de todas y no es para menos. Se estrenó en cines en 2010 y pilló al grueso de sus espectadores con pelo en la entrepierna y más pendiente de otras cosas que de jugar con muñecos. Aquellos que de pequeños habían jugado con los juguetes de Toy Story ya los tenían arrumbados en el sótano o el desvan. Y esta entrega que precisamente habla del relevo generacional y la inevitabilidad de hacerse mayor, y claro… a la vez es la que más duele. Y con eso no se puede competir. Para terminar este larguísimo preambulo (como suele ser habitual) me gustaría defender la cuarta entrega. Que pese a que ya no tiene el fuste de las anteriores, aprovecha el cambio de manos de los juguetes en la anterior para explorar cosas como la importancia de los juguetes en el desarrollo de la personalidad de los niños más pequeños, a la vez que indaga en conceptos como renovarse con la edad y salir de la zona de comfort.
Asi que no, desde el primer anuncio mis labios estuvieron sellados. No sería yo el que volviera a caer en el mismo error nuevamente de subestimar una entrega de Toy Story. Inteligente decisión pues me hubieran callado la boca nuevamente. Toy Story 5 no es la mejor de las entregas de la serie. De hecho es la peor. Pero recordemos de quién hablamos. El más bajo en una familia de gigantes sigue siendo más alto que tú. Sí, hay alguna subtrama que está creada ex profeso para poder cerrar bien el tercer acto de la película y no tiene ningún sentido más allá de eso. Quizás alguno de los nuevos personajes no sea de los que mejor diseñados están (a nivel de personalidad) y el tema de la película puede parecer maniqueo a primera vista, idea que pretendo argumentar como errónea.
Pudiera parecer en principio que la crítica de la película es en contra de la tecnología. A fin de cuentas, sin entrar en detalles para los que no la hayan visto, el elemento disrruptivo es una tablet. Como padre de dos hijas que se están educando en casa con pantallas, en principio me parecía una idea horrible. Ya que no pensamos que el problema radique en la tecnología en sí misma. Si no en el uso que se suele hacer con ella, especialmente con los niños. Y creo sinceramente que aunque al principio pueda parecer lo primero, conforme avanza la película y la trama se desarrolla, es lo segundo lo que realmente se está cuestionando (y raro era que no se hubiera tratado hasta ahora en la saga).

Los juguetes sirven para jugar… la tecnología sirve para todo…
Y aunque no tuviera esta reflexión profunda (muy bien llevada y con el bonus añadido de tratar por encima cosas como el bulling y las amistades tóxicas). No olvidemos que nos hemos criado con estos personajes durante 30 añazos. Da igual lo que cuenten. Volver a Toy Story es volver a encontrarse con viejos amigos. Pasar un rato con ellos y sufrir esa melancolía inevitable al ver como todo ha cambiado irremediablemente. Encima somos tan afortunados de que la película encima tiene «chicha». Inevitablemente, si la ponemos a pelear consigo misma, saldrá perdiendo. Pero si los juguetes han sido capaces de madurar y aprender que ciertas conductas estan mal, no seamos menos que ellos.
Quizás, ahora, en pleno siglo 21 ya no sepamos diferenciar un juguete de un aparato tecnológico. Mis hijas no tienen tablet ni móvil (tienen 5 y 2 años respectivamente). Pero si que tienen juguetes que los simulan. Y ordenadores, y cámaras de fotos o mandos de videojuegos. Son juguetes interactivos o son dispositivos electrónicos. Hay una delgada línea que la película se molesta en explorar a ver cuanto abarca, cuando podría haberse limitado a contar una nueva mudanza, o el paso de Bonnie al instituto. Y transitar por terrenos más familiares todavía.
Probalmente en el futuro anuncien una sexta entrega. Y mi primer impulso será el pensar de nuevo: «¿qué necesidad había?. Y la respuesta seguirá siendo la misma: ninguna. Espero para entonces seguir recordando que el cine, el arte, la cultura o el entretenimiento no se hacen por necesidad (y sí, José Luis, como todo esto alguien lo paga, pues normal será que quieran el dinerito de vuelta con intereses). Me lamentaré el día que una Toy Story sea aburrida. O no me ría. O me presente nuevos personajes con los que me resulte imposible conectar. Haced la prueba, todas las entregas tienen una escena que represeta el juego de uno de los niños. Si veis esa escena y os sentís completamente arropados en el corazon, podéis estar tranquilo de que aunque no dejen descansar al animal, al menos está cuidado y haciendo lo que tiene que hacer…



