escrito por Robert Denton III
No te pierdas, pensó, aunque el pozo de memoria de la Mara no se lo permitiría. Incluso en una oscuridad tan absoluta que sus ojos imaginaban un resplandor periférico, el pozo memorizaría cada estrecho recodo y cada angostura de aquel túnel.
Ningún rokuganés podría caber por aquel angosto paso embarrado. Incluso con los brazos cruzados y apretados contra los hombros, la piedra seguía arañándole la espalda. Mientras evitara los pasadizos más estrechos que su propia cabeza, podía deslizarse y retorcerse por ellos, dejando que fueran los músculos del vientre y la cola los que hicieran el trabajo.
¿Y si su presa no estaba allí, contradiciendo la suposición del Daini? Entonces habría reptado dolorosamente a través del agarre de piedra y barro de la montaña para nada.
¡Ahí!
Una luz dorada y un temblor de calor emanaban de una grieta más adelante. Se oyeron ecos amortiguados de rocas que se desmoronaban y pasos arrastrados.
La abertura apenas era lo bastante ancha. El barro le cubrió el rostro mientras empujaba y se deslizaba por ella, quedando suspendida en un aire rancio. Cayeron unas cuantas piedras y se estremeció al oír cómo se estrellaban contra el suelo, antes de salir reptando por el agujero y lanzarse hacia arriba para aferrarse a una esquina del áspero techo. Miró hacia abajo y vio docenas de velas derretidas sobre el suelo, cuya luz esculpía una caverna dentada en medio de la oscuridad. El rugido del agua resonaba desde uno de los cauces subterráneos pertenecientes al Río del Cielo, como puntadas que atravesaban el tejido del Shishomen.
Debajo de ella distinguió el tejado desvencijado de una estructura en ruinas y una estrecha escalinata de piedra que conducía hasta su maltrecha entrada. Las paredes de madera petrificada y las ventanas rotas le hicieron pensar en un santuario. No era de los naga; su pozo de memoria no reconocía aquella arquitectura sencilla.
¿Qué hacía allí? ¿Qué había que venerar en aquel lugar subterráneo?
Movimiento abajo. Se sobresaltó, mientras su cola intentaba tirar de ella de vuelta al túnel que había excavado. No había tiempo. En su lugar, apretó la espalda contra el pegajoso techo de la caverna y esperó.
Unas figuras humanoides subieron trabajosamente por los escalones de piedra. Una resbaló y ella se estremeció al oír un crujido. Pero la figura no pareció darse cuenta. Siguió trepando lentamente, con un hueso sobresaliendo visiblemente de su brazo. Ni un jadeo de dolor. Ni siquiera una maldición.
No desprendían calor, comprendió. No había espirales doradas semejantes a humo ni brasas resplandecientes en sus pechos, como ocurría con los Daini. Se arrastraban sin ganas, mientras la luz de las velas se reflejaba en sus ojos vidriosos y lechosos.
La Podredumbre. Aquellas cosas andantes no estaban vivas.
Entonces, el extraño tenía que estar allí.
El Daini se alegraría. Habían encontrado a su presa antes que los Acechadores de las Sombras. Podía regresar para contarle lo que había visto. Avisar a los demás. Preparar un plan.
Pero en realidad aún no había descubierto nada. Solo que el villano que apestaba a Podredumbre, que había quemado su aldea, y los bandidos que habían atacado a su pueblo mientras dormía, estaban acampados allí. Podía averiguar un poco más, ¿no? Sonrió con ironía. Aquel deseo de regresar con información útil era precisamente lo que la había llevado a involucrarse con los rokuganeses en primer lugar.
No había una forma elegante de bajar desde la grieta. Su cuerpo golpeó el frágil tejado del santuario, y las tablas protestaron bajo su peso. Pero resistieron; la luz que se filtraba por los huecos del techo apenas iluminaba sus escamas verdes. A través de las rendijas vio paredes derrumbadas y estancias en ruinas.
Alguien permanecía agachado en el interior de la sala más grande, sentado sobre una plataforma elevada en el centro. Una luz dorada inundaba la estancia procedente de más velas de las que podía contar.
El extraño sí estaba allí. El Maestro.
Estaba desnudo de cintura para arriba, con la cabeza hundida entre los hombros, las piernas cruzadas y las manos descansando sobre el regazo. Murmuraba. Inmóvil.
Y de espaldas a ella.
Podía acabar con todo en aquel mismo instante. Dejarse caer, aplastarlo entre sus anillos. Era más grande. Más fuerte.
Pero un par de espadas descansaba amenazadoramente sobre un pequeño soporte, al alcance de su mano. Ella no tenía armas. Se había desprendido de todo, hasta quedarse únicamente con las prendas interiores, para poder atravesar el pasadizo. Su pueblo se deslizaba más despacio de lo que corrían los rokuganeses; ¿podría él alcanzar sus espadas antes de que ella lograra reducirlo? Recordó cómo había hechizado el cuerpo de otro para ocupar su lugar y evitar un golpe mortal. ¿Podría volver a hacerlo?
Algo centelleó sobre su espalda. Entrecerró los ojos. Estaba bañado en luz, así que no podía ser una sombra.
Tenía un tatuaje en el omóplato izquierdo que cruzaba su columna. Un ruiseñor. Era una representación estilizada, pero la Mara reconoció el pico sonriente y el vientre oscuro.
Abrió mucho los ojos.
Las alas se agitaban con movimientos espasmódicos y entrecortados, como si avanzaran varios segundos de golpe con cada aleteo. Un tatuaje vivo y cambiante.
Su propio pueblo rara vez se tatuaba. Después de todo, los dibujos corporales desaparecerían tras una muda. Pero algunos pertenecientes al linaje de la Víbora llevaban tatuajes como rito de paso o para presumir de sus victorias. Aquel tatuaje no se parecía a nada que hubiera en el pozo de memoria de la Mara. Sabía a fuego y piedra.
—Nos conducirán hasta allí —dijo el extraño.
Ella esperó, escuchando. Él asintió, como si también estuviera escuchando a alguien. A algo.
—Casi —dijo de nuevo—. Pero aún debemos expulsar al enemigo.
Hubo un largo silencio. Solo se oía la respiración de la Mara entre dientes apretados.
—Como desee, mi señor. Pero ¿qué hay de las marismas?
La sangre se le heló.
No podía referirse a las marismas del sur. Nadie quería adentrarse en aquel lugar maldito. No desde que los naga se reunieron allí, siglos atrás, antes del Gran Sueño. Allí fue donde su pueblo, victorioso, encerró a la Podredumbre.
Pero ¿qué otras marismas había?
¿Qué estás planeando?
Él no dijo nada. El tatuaje agitó las alas.
Ella se apartó. Si no pensaba hablar más, tendría que averiguar sus planes por sí misma. Reptó alrededor del tejado, asomándose por grietas y ventanas. Tiendas y catres podridos cubrían las ruinas, impregnándolo todo de olor a barro y piel sin lavar. Abajo se movían sombras pesadas, pero ninguna se detenía al verla pasar.
Por fin encontró una ventana lo bastante adecuada para colarse. Cayó en una división de una estancia mucho mayor, aislada por unas finas pantallas de lona. Tuvo cuidado de no cruzar por delante de la linterna encendida que había en el suelo, para no proyectar su sombra y alertar a quien pudiera encontrarse al otro lado.
Había una mesa a la altura de las rodillas cubierta de papeles. Un cojín, muy gastado. Un largo rollo estaba clavado en la pantalla de lona, rodeado de otros papeles. Un mapa del Shishomen, comprendió. Alguien había garabateado extraños glifos sobre el bosque y un apresurado dibujo que supuso que representaba su aldea. Una flecha negra trazaba su recorrido desde las marismas del sur, con la punta señalando directamente hacia su hogar. Otras flechas partían desde allí hacia más allá del bosque. Hacia el nordeste.
Intentaba liberar a la Podredumbre de las marismas donde debía permanecer atrapada, enterrada para siempre en una prisión. Pero las cosas que llevaban mucho tiempo hundidas tenían la costumbre de volver a salir a la superficie, ¿verdad? Solo hacía falta tiempo. Quizá siglos, mientras sus guardianes dormían.
Reparó en otro detalle: una representación de una ciudad más adentro del bosque, rodeada por un círculo, con varios glifos apilados a su lado. No reconocía ni el lugar ni las palabras.
El Daini tenía que ver aquello. Aunque alertara al extraño, si la escritura era rokuganesa, el Daini podría descifrarla.
Desclavó el mapa de la lona y enrolló el pergamino, deslizándolo con cuidado por su garganta. Crujió en su pecho y pellizcó sus propias entrañas antes de que pudiera caerle al estómago. Transportar cosas de aquel modo siempre le arañaba las costillas. Pero ¿qué otra alternativa tenía si quería regresar por el estrecho pasadizo?
Una de las pantallas divisorias tembló. El mapa se hizo una bola en su garganta. Para cuando comprendió que había confundido una puerta con otra pantalla, ya era demasiado tarde para apartarse; la ventana estaba demasiado alta para alcanzarla a tiempo.
Un Asesino del Bosque se quedó paralizado en el umbral, con un hacha corta balanceándose junto a la cadera y los ojos desorbitados al contemplar a la mujer serpentina que tenía delante.
La Mara buscó desesperadamente alguna opción. Enganchar la linterna con la cola y lanzársela. Volcar la mesa. Embestirlo y arrebatarle el hacha…
La puerta se cerró detrás del bandido. Despacio. En silencio. No hizo ademán de echar mano de su arma. En lugar de eso, extendió las manos para mostrar que estaban vacías.
Susurró:
—¿Tú… me entiendes?
Ella asintió.
—Vosotros sois los que nos habéis estado cazando, ¿verdad?
Un impulso de marcharse ahora apagó todos los demás pensamientos. Se deslizó poco a poco hacia la ventana.
Él cayó de rodillas, apoyando la frente contra el suelo.
—Me rindo. Llévame contigo.
Por un instante pensó que quizá lo había imaginado. Pero no: estaba completamente encogido en el suelo, con las manos planas contra él.
—¿Tú… te rindes?
La compasión que pudiera sentir luchó contra la ira creciente. ¿Cómo se atrevía a pedir clemencia? ¿Qué clemencia habían mostrado ellos a los naga?
—Te uniste a un madōshi —le recordó, extrayendo palabras de su pozo que sabía que utilizaría el Daini.
—¡No sabíamos qué era! Estábamos hambrientos. Sin rumbo. Nos prometió cosas. ¿Nunca has confiado en la persona equivocada?
Confiar en la persona equivocada. Como si antes de conocer al extraño solo hubieran tenido buenas intenciones; antes de que él les diera el poder para cumplir la voluntad de sus corazones oscuros.
Estaba al borde de las lágrimas.
—Nunca quise unirme a los Asesinos del Bosque. Pensé que el maestro nos guiaría, pero solo quería peones que sacrificar. Y ahora estamos atrapados. Ni siquiera la muerte es una salida. Él simplemente hace que vuelvan a… levantarse.
Extendió hacia ella las manos temblorosas.
—Por favor. Haré lo que digas. Incluso volveré al campamento prisión de los naga. ¡Solo no me dejes aquí con estos monstruos!
Ella se detuvo ante el temblor de su voz. Tal vez los habían engañado y no sabían lo que estaban haciendo. ¿Y cómo iban a saberlo? Los rokuganeses creían que los naga eran una leyenda. No sabían que las estatuas estaban vivas. Aquellos bandidos vivían desesperados. Era natural que siguieran a quienquiera que les prometiera una vida mejor.
Pero ¿era aquello una excusa? Los hubieran engañado o simplemente no hubieran sabido más, todo procedía del mismo lugar: el desprecio por cualquier cosa sagrada. El desprecio por la historia, por las personas.
Y entonces recordó que no importaba.
—No cabrás por donde yo he llegado —dijo—. No puedo ayudarte, aunque quisiera.
Se deslizó sobre la mesa, alzó la cabeza hacia el tragaluz y se izó hasta el tejado.
Y sintió que la arrastraban de nuevo hacia abajo. Sus dedos apenas consiguieron aferrarse a unas tejas sueltas. El bandido se había agarrado a su cola.
—¡No! ¡Por favor! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —gritó.
Unos pesados golpes hicieron temblar la puerta.
Los brazos le ardían bajo el peso del hombre, que se agitaba desesperadamente. No podía izarse.
Algo se acercaba. En cualquier momento irrumpiría en la estancia.
Maldijo. Con un violento latigazo de la cola, lanzó al hombre sollozante contra la pantalla divisoria. El estruendo resonó como un trueno, pero ella corrió hacia la grieta abismal del techo, mientras su pozo de memoria ya recordaba el camino de vuelta a la superficie.

Se tragó la culpa al salir a la luz del día. Después de horas contemplando únicamente grises y marrones, el verdor del Shishomen resplandecía ante sus ojos. Un viento fresco acarició sus escamas de serpiente cubiertas de barro. Estaba absolutamente mugrienta.
No se sentía bien por haber abandonado al Asesino del Bosque que le suplicaba. Pero ¿qué podía hacer al respecto?
Confiar en la persona equivocada. ¿Por qué aquellas palabras la perseguían?
Recuperó sus ropas de una rama alta y se vistió rápidamente, desechando sus prendas interiores manchadas. Después, regurgitó el mapa. Encontró al Daini poco después. Él dio un respingo al verla acercarse y llevó la mano a su espada, antes de relajarse.
—Están ahí dentro —dijo ella—. He visto al extraño.
Él sonrió con suficiencia.
—Intentaré no presumir demasiado. ¿Crees que los demás oirán una flecha de señal?
—Hay más.
Le contó todo. Su sonrisa se desvaneció con cada detalle. Cuando terminó, él no quiso mirarla a los ojos.
—¿Un tatuaje, dices? —hizo una mueca—. Ya veo.
—He recuperado esto.
Le tendió el mapa viscoso, que él tomó arrugando la nariz.
—¿Por qué está mojado?
—Hay algo escrito que no puedo leer —se apresuró a decir mientras él desenrollaba el papel—. ¿Puedes leerlo?
Él se estremeció y palideció, aunque enseguida adoptó una expresión neutra, como si quisiera ocultar su reacción. Pero ella llevaba muchas semanas observándolo atentamente. Lo conocía. Eran amigos.
Señaló con un dedo la escritura junto a la gran ciudad.
—Dice «perla».
La Perla de las Brumas. Tenía que ser eso.
El extraño buscaba la perla, el legado de su pueblo, la fuente de la Unidad.
Pero ¿por qué? ¿Qué podía hacer el extraño con ella? Maldijo entre dientes. Había descubierto tanto y, aun así, seguían a oscuras.
El Daini volvió a estudiar el mapa. Era evidente que se estaba guardando algo.
Sabía cuánto valoraba su intimidad. Pero si lo que estaba en juego era tan importante, no tenía elección. Extendió la mente a través del pozo y rozó las aguas poco profundas de su pensamiento.
El tatuaje del ruiseñor. Por eso los naga podían entenderle, pero yo no, en el campamento. Así es como hablaba con ellos. Las barreras lingüísticas, las distancias, incluso la muerte… nada puede interponerse en las palabras de quien lleva ese tatuaje. Por las Fortunas, ¿es así como está llamando a los muertos?
Y el símbolo del clan en este mapa lo confirma todo. Este extraño, este madōshi, pertenece al Clan Dragón. Incluso podría ser de mi mismo clan.
Captó su mirada de soslayo.
Debo mantener esto en secreto, o pensarán que mi clan está aliado con él.
—Ojalá pudiera decirte algo más.
El Daini guardó el mapa.
—¿Cuál es nuestro siguiente movimiento?
Ella lo observó. Al hombre que creía conocer, al que consideraba su amigo. Cuando habló, su voz fue suave y persuasiva. Esperanzada.
—Sabes que puedes confiar en mí. No tenemos por qué ocultarnos nada.
Él arqueó las cejas.
—¿Por qué crees que estoy ocultando algo?
Las palabras salieron de sus labios antes de que pudiera detenerlas.
—Sigues manteniéndome a distancia. Después de todo lo que hemos hecho, sigo siendo una extraña para ti.
Él parecía desconcertado.
—Te equivocas. Solo siento por ti el mayor de los respetos. ¿Qué he hecho para hacerte pensar lo contrario?
—¡Estás guardando secretos! ¡Crees que no podemos conocer la verdad! ¡Que, como el extraño pertenece al Clan Dragón, sus actos recaerán sobre ti! Como si no se pudiera razonar con mi pueblo.
Él se quedó mirándola durante un largo rato.
Entrecerró los ojos.
—¿Desde cuándo la Mara lee mi mente?
Ella vaciló y finalmente admitió:
—Desde que nos conocimos.
Él se dio la vuelta y se alejó.
—¡No me dejaste elección!
La Mara se deslizó tras él.
—¡No querías contarme nada! Sigues ocultándome cosas.
—¡Son cosas que me corresponde ocultar a mí!
Se giró hacia ella. Sus ojos brillaban con una furia contenida. Ella se detuvo, suspendida en el sitio. Nunca había visto su rostro tan rojo ni sus dientes tan apretados.
—¿Tienes derecho a hablar de confianza? —preguntó con voz baja—. Si puedes leer pensamientos, ¿también puedes implantarlos? ¿Has estado guiando mis conclusiones? ¿Cuántos de mis pensamientos eran realmente míos?
—No es justo —siseó ella.
El corazón le retumbaba en los oídos.
—Nunca te he hecho daño.
—¿Alguna vez pensabas decirme que podías hacer esto? ¿Cuánto tiempo pretendías mantenerme como una mascota? ¿Solo hasta que hubieras aprendido todo lo que necesitabas? Lo que has hecho —dijo— es imperdonable.
Apretó la mandíbula para contener un torrente de lágrimas.
—Hablas de lo imperdonable, y sin embargo eres tú quien me ha mentido durante todo este tiempo.
Algo se agitó entre la maleza. Ambos se giraron.
Rostros grises y marchitos aparecieron entre los árboles. Ojos lechosos, hundidos y apagados los observaban. Hachas en alto. Se reunían como un enjambre de abejas.
Maldijo. Su discusión había alertado a sus enemigos.
El ceño del Daini se frunció aún más mientras agarraba su espada y se interponía entre ella y los muertos vivientes que se aproximaban.
—Vete —dijo—. Busca a los tuyos. Yo los entretendré.
No quiso mirarla.
—¿Por qué no te vas tú? —espetó ella, tirando de él para hacerlo retroceder—. Esta no es tu lucha. Nunca lo fue. Vete a salvarte, ya que eso es lo único que te importa.
Sus ojos centellearon.
Y entonces se desinfló. De algún modo, aquello era peor que si hubiera respondido con furia. En aquel instante, ella se arrepintió de haber dicho nada.
—Encontrarse no es más que el principio de separarse —murmuró—. Nunca podría haber comprensión. Nuestros pueblos son… demasiado diferentes.
Se negó a contemplar cómo desaparecía entre los árboles y la dejaba sola, mientras las formas de la Podredumbre avanzaban y el mundo se volvía borroso ante sus ojos. Luchó contra ellas con un dolor que no podía nombrar ni comprender y, aun después de que llegaran los demás y la Isha abriera un camino para retirarse, no pudo explicar a la Shabura por qué estaba sollozando, por qué no podía parar.
Porque, por primera vez, tenía miedo de haber confiado en la persona equivocada: el Daini y ella misma.




