No hablé en su momento por aquí cuando me leí la estupendísima Bajo los árboles, donde nadie te ve. La opera prima en cómic de Patrick Horvath que me sorprendió gratamente. No porque estuviera protagonizada por una psicópata. Eso lo hemos visto en varias ocasiones ya, siendo el caso de Dexter el más famoso. La verdadera gracia de Bajo los árboles donde nadie te ve es que Samantha, al contrario que el bueno de Dexter, es una psicópata de verdad. Y procedo a explicar la matización que estoy refiriendo aquí. Y para eso el caso de Dexter me viene pintiparado.
Narrativamente es prácticamente inevitable, que al ponernos cualquier historia desde el punto de vista del protagonista, nuestro impulso sea estar de su parte. Es algo visceral e inevitable y ocurre a un nivel muy primario en nuestro cerebro. Da igual que el protagonista sea un paladín de la justicia o una banda de ladrones carismáticos. Da igual que nos encontramos ante la Madre Teresa o el mismísimo Hitler. Por como funcionan los mecanismos de nuestro cerebro, en nuestro inconsciente esperamos que el protagonista supere todos los retos, independientemente de lo alineados moralmente que estemos con él.
Por otra parte, en Hollywood siempre ha habido una máxima (que afortunadamente con el paso del tiempo se ha ido relajando más o menos) que vendría a ser algo así como que «el mal no puede quedar sin castigo». Por lo que las historias con antagonistas casi siemprer tienden a convertirlos en antihéroes, pocas veces asistimos a la vida del malo malísimo. Y si lo hacemos, pues o bien le encontramos justificaciones morales a sus actos (como el concienciado de Thanos en las pelis de Marvel, o el propio Dexter que hace cosas muy malas pero en pos de un bien común), porque matar sólo está mal si el muerto es alguien que nos cae peor.

¡Anda la osa!
Esto lo comentamos largo y tendido y aunque no todos estábamos de acuerdo en si íbamos o no con Samantha en su intento de quitar del tabaco a la gente de la ciudad sin que le pillen. Hubo bastante consenso en que la señora, otra cosa no, pero era muuuuy profesional. Si os gustan las historias de cosas bien hechas, aquí vais a estar como en casa. Porque una buena planificación da como resultado un trabajo bien acabado. Y no se puede negar que aquí la osa en cuestión, se lo curra de lo lindo para que venga nadie a cagarle en el plato. Y es que en esta vida no hay nada peor que un tonto motivado.
Si la primera entrega es recomendable por todo esto y más. Su segunda parte mantiene el nivel y eleva las apuestas. Si bien, mi primera reacción fue de rechazo ante ciertos comportamientos que no veía como lógicos o «naturales» dadas las personalidades de los implicados. Sospechaba que era mi desconocimiento el que me estaba haciendo clasificarlos de esa determinada manera y que había bastante más sentido del que yo estaba siendo capaz de verlo. Tras una consulta con la psicóloga de cabecera, me confirma lo que sospechaba y, que dadas las circunstancias, un psicópata en esa situación es bastante normal que se comporte de la forma que Samantha lo hace en esta segunda entrega (con un título de Rito de primavera muy bien escogido).
Eso, y que gracias a que me ha chocado tanto esa reacción, podemos confirmar que no soy un psicópata, así que doblemente tranquilo entonces. Sin entrar en destripes de ninguna de las dos partes, en esta ocasión han pasado ocho años de los acontecimientos previos. Y a pesar de que pueda parecer un lapso de tiempo considerable; todavía podemos ver las desgarradoras consecuencias que aún no han cicatrizado en Woodbrock. Toda una serie de tramas secundarias que si bien son tremendamente emotivas, al menos en lo que a mi atención se refiere, nos desvían demasiado de un nucleo de la trama que me tiene al borde del asiento desde el principio.

Pa lo que me queda de estar en el convento… me cago dentro…
No creo que sea un error, o que no funcione. Pero es verdad que prefiero la primera historia al mantener el punto de vista de forma constante en Samantha. En esta ocasión el foco está repartido en varios secundarios a pesar de que la osa sigue siendo la narradora principal. Tiene sentido por lo que se cuenta, y por esos pequeños rincones a los que el autor quiere llegar. Pero si que es verdad también que (supongo que debido al éxito de la primera parte) esta segunda entrega de Bajo los árboles, dónde nadie te vé; es mucho más autoconsciente e incluso apuesta por una posible continuidad mucho más obvia al contrario de lo que sucediera en la primera entrega.
Tampoco es un recurso demasiado novedoso la llegada de Internet y cómo a partir de ese punto el mundo empezó a empequeñecer a una velocidad pavorosa. Desde misterios como Roanoke, Jack el Destripador o Zodiac que resultaron irresolubles, a una realidad donde ahora mismo si yo quisiera desaparecer en un país como España, no sabría ni por donde empezar sin que me pillaran. La digitalización de nuestras vidas puede que conlleve más seguridad, pero está claro también que ha llevado una reducción significativa de la privacidad (algo, al menos en este cómic bueno, porque yo que se, matar gente y tal).
También me parece un acierto la presencia de ciertos flashbacks para narrarnos algunos momentos claves en la vida de Samantha. Incluso se hace referencia a alguno de los episodios especiales que no han salido publicados todavía en nuestro país. Lo cual agradecerán los más completistas. Desde luego, al terminarlo, uno sigue sintiendo curiosidad por saber qué más ocurrirá en un futuro, aunque desgraciadamente, y sin poder entrar en detalles, la profesionalidad de Samantha, después de tantísimos años, me parece que ya no va a ser lo que era…




