escrito por Robert Denton III

El sabor de la Podredumbre cubrió la lengua de la Mara. El que el Daini llamaba «el forastero» había estado allí recientemente. Normalmente, desde aquella posición se habría disfrutado de una vista majestuosa del Río del Cielo serpenteando por todo el Shishomen, con sus cascadas de aguas bravas. En su lugar, una fría niebla se tragaba el paisaje y reducía a sus compañeras a sombras grises.

Si hacía más frío, las naga tendrían que acampar. Pero cada descanso permitía al enemigo de su pueblo acercarse un poco más a escapar de la justicia. Si tan solo pudieran deducir hacia dónde se dirigían él y los bandidos.

—Siguen el río hacia el norte —llegó la voz de la Shabura. Ella y el Isha aparecieron entre la niebla. Ambos eran Acechadores de las Sombras y habían sido escogidos personalmente por el Shahadet para rastrear al forastero y llevarlo de vuelta para que fuera juzgado ante un tribunal. Las huellas de los bandidos que lo acompañaban eran cada vez menos numerosas. El Shishomen era un lugar peligroso, y el Isha comentaba a menudo que quizá este se encargaría de hacerles el trabajo.

—El río se adentra bajo tierra —observó el Isha—. ¿Quizá entraron en las cuevas?

La Shabura negó con la cabeza.

—No, no pueden orientarse bajo tierra. ¿Verdad? —miró a la Mara en busca de confirmación.

En apenas unos meses, la Mara se había convertido en la experta local en todo lo relacionado con los rokugani. Asintió, recordando la ocasión en que el Daini había quedado atrapado en una trampa para ciervos porque era de noche y tuvieron que liberarlo cortando la red. Al recordar su mohín de disgusto después, sonrió.

—Hablando de los rokugani… —El Isha miró a la Mara—. ¿Tu Daini piensa ayudar? ¿O simplemente está aquí para observar?

—No es mi Daini —protestó la Mara—. Es el Daini del Dragón.

—Quizá el Shahadet tenía razón —comentó la Shabura—. ¿De verdad podemos depender de los samuráis? Parece tan frágil. Siempre tiene que descansar.

La Mara sospechaba que el Shahadet tenía motivos ocultos para permitir que el Daini acompañara a los Acechadores de las Sombras. Tal vez esperaba que aquello pusiera de manifiesto las deficiencias del samurái. Y allá donde iba el Daini, la Mara lo seguía. Había esperado que hacer de intérprete le concediera más libertad, pero se sentía más limitada y más ignorada que nunca. El Shahadet no solo rechazaba todas sus sugerencias, sino que ahora ni siquiera podía alejarse demasiado del Daini. No era que le disgustara su compañía, ni mucho menos, pero había demostrado ser tan testarudo como el Shahadet.

Al Daini tampoco le había ido mucho mejor. Ambos coincidían en que sus pueblos necesitaban implicarse más en el mundo exterior, pero el Qamar aún no estaba convencido de que los problemas del Clan del Dragón fueran también problemas de las naga. El Daini hacía pocos esfuerzos por adaptarse a sus costumbres y esperaba a que los demás acudieran a él en lugar de buscar activamente aliados. Las naga pensaban que era demasiado distante. ¿De verdad era un diplomático entre los suyos?

Si tan solo pudieran ver al Daini como ella lo veía. Si tan solo él les permitiera verlo.

—No tiene nada de frágil —insistió—. ¿Acaso no encontró un rastro que vosotros dos pasasteis por alto?

—Qué rápido sales en su defensa —observó el Isha.

Él y la Shabura cruzaron la mirada. Estaban intercambiando comentarios a través de la Unidad que ella no podía escuchar. ¡Justo delante de ella!

—¿Te importaría repetirlo en voz alta? —desafió.

El Isha se mostró de repente muy interesado en explorar el terreno que tenían delante.

La Shabura puso una mano sobre el hombro de la Mara.

—Solo recuérdale que quiere impresionarnos, ¿sí?

La Mara suspiró. No era la primera conversación de ese tipo.

Divisó el resplandor del calor corporal del Daini a través de la niebla. Estaba agachado bajo un cedro, escribiendo en su cuaderno, serio como una piedra. Parecía hacerlo a menudo. Cada vez que ella le preguntaba qué estaba escribiendo con tanta atención, él restaba importancia al asunto. Lo que daría por saber qué había en aquel cuaderno.

Podía limitarse a escuchar sus pensamientos superficiales. Lo había hecho muchas veces sin que él se diera cuenta. El Daini era extraño, pues a menudo parecía pensar cosas que no se correspondían con lo que decía, ni siquiera con su lenguaje corporal. Era culpa suya si ella tenía que asomarse a su mente para saber qué quería decir.

Pero echar un vistazo a su cuaderno le parecía más una violación de su intimidad que una mirada inocente. El Daini quería guardar sus secretos, y ella tenía que respetarlo, pese a lo extraño que resultaba. Aun así, deseaba poder aprender más sobre su pueblo. Hablaba poco de sí mismo, por mucho que ella insistiera.

—¿De verdad tengo que preguntar qué estás escribiendo?

Él cerró el cuaderno.

—Nada importante.

Entonces dímelo sin más.

—Se están impacientando. Aún nos queda mucho camino para alcanzarlos…

—Y yo os estoy retrasando.

—Yo no he dicho eso.

El Daini se había mostrado susceptible ante cualquier insinuación de que estaba «mimado» o de que no estaba a la altura de la tarea. Ella había desactivado varias situaciones tensas por comentarios similares. ¿Acaso los samuráis se ofendían por todo?

No puedo dejar que encuentren al forastero antes que yo.

La Mara se quedó paralizada. Los pensamientos del Daini resonaron en su mente. Antes de poder detenerse, se sumergió más profundamente.

Si derroto al forastero, conseguiré su respeto. Por fin la Mara confiará en mí.

Una oleada de alivio y de nueva ansiedad la invadió, junto con una cálida sensación que no terminaba de identificar. Al Daini le importaba lo que ella pensara de él. ¿Por qué creía que ella no confiaba en él?

El Daini se levantó y marchó hacia los demás, con la Mara justo detrás.

—Diles que creo que deberíamos separarnos —dijo—. Así cubriremos más terreno.

—¿Qué ha dicho? —preguntó la Shabura.

La mente de la Mara empezó a repasar a toda velocidad las muchas cosas que podían salir mal. La sugerencia del Daini nacía de su orgullo, no de su buen juicio. Debería convencerlo de que no lo hiciera.

Pero no estaba necesariamente equivocado. Si encontraban al forastero antes que dos Acechadores de las Sombras, aquello los dejaría muy bien a ambos. El Shahadet tendría que reconocer su valía, ¿no? Además, quizá aquella fuera una oportunidad para conocer realmente al Daini y a su pueblo. Tal vez por fin compartiría lo que había en aquel cuaderno…

—El Daini propone que nos dividamos en dos grupos —dijo.

El Isha pareció preocupado, pero los ojos de la Shabura se iluminaron.

—¿Ah, sí? ¿Vosotros dos contra nosotras? Quizá quiera ponerle algo de emoción. Dile que le entregaré la mitad de mis raciones durante una semana si encuentra a nuestra presa antes que yo.

Eso quizá le vendría bien al Daini, supuso la Mara. Estaba muy preocupado por racionar la comida. ¿Por qué si no apenas comía lo que le daban las naga?

—¿Y si ganáis vosotras?

Una larga lengua negra se deslizó entre los labios de la Shabura.

—Mantendrá caliente mi lecho durante una semana.

—¿Qué está diciendo? —preguntó el Daini.

—¡Nada! —soltó la Mara en rokugani.

¿Por qué aquella idea la hacía sentir tan incómoda?

Volvió a su lengua natal.

—Apostar sobre esto es de mal gusto. El Shahadet no aprobaría una apuesta semejante.

La Shabura sonrió, lanzándole al Isha una larga mirada cómplice mientras él no conseguía ocultar su diversión. La Mara no estaba segura de querer saber qué se estaban diciendo ahora a través de la Unidad.

Acordaron que la primera en encontrar al forastero dispararía una flecha silbadora para avisar a los demás. La Mara sintió crecer el temor mientras los Acechadores de las Sombras se alejaban sigilosamente. Quizá aquello fuera un error.

—¿Va todo bien? —preguntó el Daini—. Parecía que quería comerme.

—Está bien —respondió la Mara, con más brusquedad de la que pretendía.

De repente se sintió molesta con él.

—No tienes que demostrar constantemente lo que vales, ¿sabes?

—Sí que tengo que hacerlo. Tú también. ¿O he entendido mal la situación?

Ella no respondió. Parecía que él había estado prestando atención, después de todo.

—Yo iré delante —dijo, dejando el asunto de lado—. Tus amigos saben rastrear animales, pero no rokugani. El bastardo acampó aquí, y ellos fueron por allí.

Esbozó una sonrisa.

—Soy de las montañas. Sé lo que hago.

Dicho aquello, se internó en la niebla.

—No eres de estas montañas —murmuró ella, pero lo siguió de todos modos.

Cuando llegaron a otro campamento vacío, la Mara sospechó que el Daini tenía razón; el forastero no estaba siguiendo el río en absoluto. La zona septentrional del Shishomen se encontraba a mayor altitud, y el río descendía en cascada hacia el sur. El Daini creía que se dirigían al oeste, siguiendo un desfiladero cubierto de bosque. No sabía decir por qué.

Al mediodía, la niebla se volvió demasiado espesa para poder seguir ningún rastro. En más de una ocasión estuvieron a punto de caer por un precipicio escarpado. El Daini consultaba con frecuencia un dispositivo del tamaño de la palma de una mano al que llamaba «brújula», solo para negar con la cabeza y murmurar:

—Eso no es posible.

Fue la nieve lo que finalmente acabó con su paciencia.

—¡Si casi es verano! —exclamó, como si estuviera discutiendo con la propia naturaleza.

Los copos, gruesos y esponjosos, flotaban en el aire como motas de polvo. El frío era insoportable. La Mara lamió el aire para orientarse, pero la nieve le hacía arder la lengua. Cada vez se movía con más lentitud, mientras la cola se le agarrotaba y se volvía rígida. Sus pensamientos se embotaban, y tenía los párpados pesados y doloridos.

Aturdida, observó al Daini avanzar trabajosamente, dejando tras de sí el rastro de su calor resplandeciente. Por supuesto, él estaba bien. ¿Por qué no había dicho nada antes, cuando las temperaturas empezaron a bajar? ¿Por qué estaba poniendo en peligro su vida siguiendo a aquel testarudo, cuyos pensamientos irracionales contradecían sus actos? Realmente, los samuráis no eran diferentes de…

Solo estás enfadada, pensó. Podrías haberte marchado en cualquier momento. Sigues aquí porque quieres que él tenga éxito. Porque quieres demostrar tu valía tanto como él.

—Tenemos que encontrar un refugio —dijo finalmente.

Guardó silencio durante un momento.

—Sabes, dicen que los viajeros que mueren congelados mientras recorren las montañas se convierten en morigami, espíritus que vagan por los bosques buscando campistas a los que poseer y conducir a la muerte. ¿Vuestro pueblo tiene alguna historia parecida?

Ella apenas podía seguir lo que decía. Estaba tan cansada, tan terriblemente cansada. ¿Por qué el Daini no podía dejarla descansar?

Apareció ante ella, con los ojos alarmados cada vez más abiertos.

—Oye, no tienes muy buen aspecto. ¿Puedes oírme? ¡Eh! ¡Di algo! ¡No te duermas!

Cerró los ojos. Su voz parecía distante, aunque estaba gritando su nombre.

Soñó que estaba encadenada al fondo de un canal. La escarcha se había cristalizado sobre sus escamas de piedra gris. Arriba, unas figuras silueteadas nadaban entre burbujas que ascendían o flotaban sobre enormes flores de loto. No tenía voz para gritarles. Pasaban de largo como si ella no estuviera allí.

Debería tener miedo. Estar aterrorizada. Frustrada. Pero hacía demasiado frío para sentir nada de aquello. Sus huesos estaban congelados en una única masa sólida. Siempre había sido así; no había nada en su estanque que evocara el calor. Solo frío y soledad.

Espera. No. Había alguien más.

Incluso con los ojos cerrados, veía una flor dorada, lo bastante cerca como para sentir un atisbo de calor radiante, capaz de evaporar la escarcha y relajar sus músculos y sus huesos tensos.

¡Pero no lo bastante cerca! Anhelaba un calor vivificante que hirviera las aguas de su estanque y descongelara sus pensamientos congelados. Necesitaba calor tanto como necesitaba respirar.

Una nueva vida recorrió su cuerpo. Se enroscó alrededor de la fuente de calor y la atrajo hacia sí, abrazándola. Un corazón palpitaba contra su vientre, mientras un aliento caliente escapaba sorprendido sobre su cuello.

Soy la Mara, recordó, y envolvió la luz.

—Me estás aplastando —resolló el Daini.

Abrió un ojo. Lo había rodeado y tenía su cuerpo atrapado en la cola, en una presa de fuerza casi insoportable. Su rostro, apretado contra el cuello de su túnica, había adquirido un interesante tono carmesí, y no estaba segura de si se debía a la proximidad entre ambos y a que su corazón latía desbocado, o a que estaba estrujándolo hasta hacerle subir toda la sangre a la cabeza.

Relajó el agarre, aunque dudó en soltarlo por completo, aflojando lo suficiente para que pudiera exhalar pequeñas bocanadas de vapor caliente.

—Dame un momento —dijo—. Estás muy caliente. No sabía que los rokugani podían estar tan calientes.

—Haz lo que quieras —consiguió responder él, sin mirarla a los ojos.

—No voy a aplastarte.

La Mara dejó que sus ojos recorrieran el entorno. Estaban en un refugio rocoso, con el bosque cubierto de nieve al otro lado de la abertura. Una pequeña hoguera crepitaba cerca, proyectando su sombra conjunta sobre la pared. Él había extendido su dochugi sobre el suelo rocoso, formando una cama fina con él.

Así que él los había llevado hasta allí, había encendido el fuego y después se había sentado junto a ella para prestarle su calor. Pensó en las bromas de la Shabura y se hizo muy consciente del calor de él contra su cuerpo y de cómo lo sujetaba. Pero aún no se había descongelado del todo, y fuera del refugio hacía frío, y eso significaba que dejarlo marchar era peligroso, ¿verdad?

Se aferró al primer tema que se le ocurrió.

—¿Cómo has encendido el fuego?

Estudió la pirámide de troncos y los objetos familiares entre las cenizas. Tanteó el aire con la lengua. Madera lacada. Papel. Tinta. Chamuscados y quemados.

Oh, no.

—Has usado tu equipo de escritura —comprendió.

La caja y el pincel le habrían servido para encender el fuego, y la yesca…

—¿Has usado tu cuaderno como yesca?

Él se encogió de hombros. Como si no significara absolutamente nada.

Pero llevaba meses escribiendo en él. No dejaba que nadie viera sus páginas. Y, sin embargo, lo había arrojado al fuego así, sin más.

—No tenías por qué hacerlo —logró decir finalmente—. Era importante para ti.

—Es culpa mía que haya ocurrido esto —respondió él.

—Ninguno de los dos predijo que nevaría.

—Debería haberme dado cuenta de que el frío tendría este efecto en ti. Fui demasiado testarudo para considerar detenernos.

Suspiró, soltando una ráfaga de aire agradablemente caliente.

—Lo siento.

Durante un rato, contemplaron el fuego. Ella se relajó un poco más y él cambió de postura, quedando ahora hombro con hombro; un poco más decoroso que antes, si uno ignoraba que seguía abrazado por su cola.

—Solo era un diario —dijo de repente—. Un registro de mis… logros. Lo conservo desde que tenía quince años. Es vergonzoso.

—¿Tus… logros?

Sus oscuros ojos bebieron de las llamas.

—Con los reconocimientos de mis hermanos, uno debe tener pruebas de sus actos, o nadie se fija en uno. No somos como las naga: no heredamos nuestros recuerdos ni recordamos nuestras vidas pasadas. Tenemos que registrar nuestras hazañas, para no caer en el olvido, sin nadie que cuide de nuestra tumba.

Hizo una pausa.

—Como mi abuela. Nadie pronuncia su nombre salvo en Obon. Vivió muchas aventuras, pero nadie cuenta su historia. Mi padre se niega. Cuando yo ya no esté, quizá nadie la recuerde.

—Y mi hermano se unió a ella —continuó.

Su voz se tensó, pero las palabras brotaron de él.

—Era el hilo que mantenía unida a la familia. Pero ahora el nombre de Satsu jamás se pronuncia. Especialmente cerca de mi hermana. ¿Él también caerá en el olvido? ¿Cuánto tiempo pasará después de mi muerte hasta que yo lo haga?

Ella no sabía qué decir. El Daini estaba completamente solo por dentro, ¿verdad? Una vida que no compartía con nadie, encerrada en aquella cabeza suya. Eran iguales en ese sentido. Prisioneros de sus propias mentes. Fundamentalmente solos.

Pero en su caso había sido un accidente. Un fallo. El Daini había nacido así. Entonces todos los rokugani estaban prisioneros dentro de sus propias mentes, comprendió con un suave estremecimiento de horror.

Se reprendió a sí mismo.

—Ah, qué divagaciones tan inútiles. Olvídalo.

Con delicadeza, rozó su mente. Sus pensamientos fluyeron por ella como un río cálido.

Idiota. La has incomodado. Cargar a los demás con tus problemas solo sirve para multiplicarlos. ¡No seas tan egoísta!

¿Era esa la razón por la que nunca se abría? Todo este tiempo había pensado que era porque no confiaba en ella.

Las puntas de sus dedos apenas rozaron su mano. Podría haber sido un accidente. Él abrió mucho los ojos, lleno de asombro.

—No tienes por qué preocuparte por eso, ¿sabes? Ahora estás en la piscina de memoria de la Mara. Incluso dentro de generaciones, quien herede este nombre recordará al Daini.

Esbozó una sonrisa, mostrándole un colmillo.

—Y las cosas tontas que hizo.

—Yo… no había pensado en eso.

Se relajó, de repente liberado de un peso.

—Entonces he tenido suerte de conocerte.

—Sí, la has tenido —respondió ella, y se sintió muy complacida por razones que no sabía expresar—. Y si me cuentas la historia de tu abuela, la Mara también la recordará.

—De acuerdo.

Adoptó una postura sentada más cómoda, con los pies sobre los muslos, algo que él había llamado el Loto.

—Supongo que su historia comenzó realmente cuando su padre le prohibió abandonar las Montañas del Dragón, pero ella emprendió de todos modos una peregrinación de guerrera.

La Mara apoyó la mejilla, calentándola contra su hombro.

—Ya me cae bien.

Aquella luz, procedente de la cueva. Una hoguera. Sus voces… las oyó. Las saboreó.

Así que seguían vivos.

Eso era bueno. ¿Verdad?

No. Eran intrusos. Y estaban escapando, igual que la Podredumbre había escapado, igual que…

Cállate, les dijo a las voces. Él estaba al mando. Aquel era su cuerpo, no el de ellos.

Eran una pareja extraña: una Serpiente Verde sin ataduras y un rokugani. Solo había hecho caer la nieve para disuadirlos, ¡no para poner sus vidas en peligro! Pero habrían llegado hasta la ciudad si él no lo hubiera hecho. A los forasteros no se les permitía entrar en la Ciudad de las Tres Cascadas. Allí donde yacía enterrada la Perla de las Brumas. Agrietada.

Porque él había fracasado. Porque todos habían fracasado.

Vas a perder nuestra apuesta, cantó la voz que más odiaba. La Podredumbre encontrará la Perla, y será culpa tuya, toda tuya, y finalmente este cuerpo será mío.

—No —dijo el Shashakar—. Estos dos no son esbirros de la Podredumbre.

Pero más le valía vigilarlos de todos modos. Solo para asegurarse.

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