Me quito lo negativo rápido, de verdad, que se que últimamente no estoy muy positivo y ya me jode porque estoy disfrutando mucho tanto con lo que leo como lo que puedo ver en cines. En lengua anglosajona, un hail mary además de significar literalmente la oración Ave María, hace referencia a un último recurso a la desesperada para intentar solucionar algo. Cuando todo se da por perdido y sólo queda una última opción, que para nada es el mejor plan posible, pero a falta de nada mejor, se lleva a cabo un último intento. Por eso esta película, al igual que el libro del que nace. En su versión original se llama Proyecto Hail Mary.
Aunque sospechaba la definición del término, no la sabía a ciencia cierta. He tardado la friolera de 45 segundos en informarme adecuadamente para poder comprender por qué el título en castellano hace que se pierda gran parte del significado del original. Entiendo que el equipo de marketing español se enfrentaba a un problema relativamente complejo. Pero casualmente sus compañeros de la editorial que trajo el libro a nuestro país se enfrentaron al mismo dilema y consideraron que sus lectores eran medianamente inteligentes y podían afrontar el anglicismo en la portada. Da igual, la decisión cae por si sola cuando llamando al Proyecto Salvación, luego la nave es la Hail Mary, el protagonista se refiere a ella incluso como Mary a secas, y tienes merchandising del proyecto con el título en inglés literalmente en cada puto fotograma de la película.
Me da un poquitin de rabia, primero, porque probablemente soy tonto y me preocupo por estas cosas cuando a la inmensa mayoría de los espectadores se la trae al pairo. Y segundo porque Proyecto Hail Mary es un peliculón. No solemos rozar la perfección en el mundo del cine. Hay demasiados factores en contra. Y cuando se produce una película como Proyecto Hail Mary, destinada a ser un taquillazo, basada en el bestseller (ahi si nos comemos el anglicismo sin pestañear, ¿eh?) de turno. Y encima resulta ser de esas obras que emocionan a la vez a Spielberg y al señor de las gafas de pasta del fondo. Con la mesa tan bien puesta, casi da un poquito de pena que no esté todo colocado en su sitio.

Rocky Grace salvan estrellas.
No me gusta desvelar detalles de la trama cuando hago estos análisis. Quizás sea condescencia hacia aquél que me lee. Quizás exceso de empatía. O quizás solo quedar bien. Poco importa dado el volumen de visitas de la web. Pero, en el hipotético de que alguien reciba esta misiva y decida pararse a leerla; pueden ocurrir dos cosas. La primera es que sea alguien que ya haya leído el libro o visto la película. Entiendo que será una persona capaz de entender mi reflexión tras la veladura y las carambolas literarias. Entiendo que cuando alguien quiere leer una reflexión sobre algo que ya ha visto busca una de dos cosas. O validación de su opinión, o la satisfacción de la curiosidad de querer saber qué pienso para comparar con la suya. Ambas son lícitas.
Pero en el caso de que alguien, por alguna carambola cósmica, llegue a estas líneas buscando la inspiración para animarse a ver en este caso la película protagonizada por Ryan Gosling. Ya me jodería ser yo el que le aderezara las ganas con detalles de la trama que a lo mejor resulta más bonito que descubra por si mismo. Y creo de corazón que Proyecto Hail Mary es de esas obras que más te sorprenden cuando las ves con poca información en la mochila. Dicen los que han leído el libro que incluso el trailer muestra demasiado (no sabría que decir, no he leído el libro y la película me ha encantado, y el detalle que se revela ocurre en el primer acto de la cinta). Sea como fuere, creo firmemente que es una película que juega muy bien sus cartas y desvela la información en el momento justo, paso a paso; generando un ritmo y una tensión que no te sueltan en ningún momento a pesar de que se trata de una obra de duración ligeramente elevada.
Hay muchas cosas bien llevadas en Proyecto Hail Mary y desgraciadmente, debido al enfoque de mi reflexión no acabaremos profundizando en todas. La banda sonora de Daniel Pemberton (cuidado con este hombre que sabe lo que se hace) es maravillosa dentro y fuera de la película. La combinación de seriedad y humor es digna de una balanza de precisión. Y nos ofrece la cantidad justa de ficción en nuestra ciencia-ficción para que nadie se escandalice demasiado y el pacto de suspensión de la credulidad sea lo más leve posible. Ryan Gosling hace un gran papel. Y no quiero hablar mucho de Rocky, pero el simple hecho que de ahí se pueda rascar la cantidad de empatía que se rasca… es para que más de uno se siente a estudiarlo si quiere dedicarse a contar historias.

Fist my bump.
En la película (el libro me queda pendiente). Asistimos a dos narraciones. El presente de la misión espacial destinada a salvar a la humanidad. Y el pasado, que es donde realmente se aporta toda la información sobre por qué está sucediendo lo que sucede. Tenemos una decisión inteligente de fragmentar lo que vamos conociendo mediante un dialogo paralelo entre ambas lineas temporales. Arrancamos in media res y poco a poco, mediante flashbacks (otro anglicismo que se ve que si somos capaces de soportar sin traducir), vamos escarbando en ese por qué que no dejamos de preguntarnos desde el primer minuto.
Proyecto Hail Mary no cuenta nada nuevo. El sol se muere. Y hay que hacer algo desesperado para evitarlo. Misión suicida, blablabla. La clave reside en el personaje de Rocky. Es el elemento original. Es quien sujeta dos tercios de la narración la bandera de la empatía. Y es algo que debería resultar IMPOSIBLE tratándose de quién es. Es aquí donde el trabajo de todo el equipo consigue que nos creamos todo lo que nos tenemos que creer para que la magia funcione. Es aquí donde la interpretación de Gosling brilla con más fuerza. Donde la música de Pemberton ayuda a dar forma a la personalidad del coprotagonista. Donde el montaje, y la elección de los ángulos de cámara nos ayudan, primero a sólo intuir, y después a abrazar la relación entre ambos.
Proyecto Hail Mary no tiene literalmente nada en lo que sea sobresaliente. Salvo que es mucho más que la suma de sus partes. Y el resultado, es de esas cosas que merece ser vista en una sala de cine. En silencio. Sin estar rumiando maíz o fecula como si fueramos del género bovino. A ser posible en versión original (se pierden algunos gags y confusiones en la traducción). Y sobre todo, recordando que de vez en cuando, está bien parar 3 horas para ver CINE con mayúsculas. Detener el tiempo, olvidarnos de los que están al otro lado del móvil o las redes; y abrazar lo que se nos propone en las mejores condiciones posibles. No quisiera yo que el significado del título original fuese más literal de lo que creemos y estemos perdiendo de verdad esta forma de hacer cine.



