En cierta ocasión, por devenires del destino, se me presentó la oportunidad de escribir sobre flamenco (creo que fue sobre Camarón) para un catálogo que aunaba la obra de artistas musicales del género con la de ilustradores andaluces que intentaban sintentizar en una única imagen toda una carrerra sonora. Me propuse empezar aquella introducción siendo honesto con el lector. No saber nada sobre algo no debería ser impedimento para informarse y documentarse antes de dar una opinión. La persona responsable de aquel texto se llevó las manos a la cabeza y me indicó de forma amable y nada sutil que así no se podía presentar a un autor.

Ha llovido mucho y mis conocimientos musicales siguen siendo igual de paupérrimos que entonces. Y aún así, llevo ya tiempo sintiendo la necesidad de saltar al pozo, sin tener muy claro si se nadar lo suficientemente bien. Por un lado pienso que no tener claro que es un EP, la diferencia entre el heavy o el speed metal o el verdadero significado del término melódico, me inhabilita automáticamente para hablar con propiedad de nada relacionado con la música. Por otra parte, que narices… Tengo dos oídos, uno enfrente del otro. Y tengo bastante claro lo que me gusta y lo que no. No he venido a sentar cátedra. Ni siquiera a recomendarte nada. Pero si me acompañas en este viaje, quizás encuentres interesante aquello sobre lo que quiero reflexionar.

Free Spirits; el último disco de Ca7riel y Paco Amoroso, ha sido la obra elegida para enfangarme. Y no es baladí. Podría haber elegido algo mucho más cercano a mi zona de comfort. No entenderé de música, pero llevo años escuchando a ABBA, Los Beatles o Los Mojínos Escozíos (ya veréis que al algoritmo de Spotify lo tengo loco perdido). Sin embargo, elijo remangarme y meterme con este dúo que interpreta ¿hip-hop? ¿música electrónica? ¿trap? No lo se. No me importa. Ya sólo por edad y género (sea cual sea) es un tipo de música con la que tendría que sentir literalmente cero conexión. Y sin embargo. Llevo una temporada en la que suelen sonar con relativa frecuencia en mi coche mientras me desplazo, y este disco me lo he escuchado ya tres o cuatro veces.

Algo hay aquí los muchachos han conseguido enredar hasta al mismísimo Sting para el mejor tema del disco…

Comer vs. Sentarse a comer.

No lo he escuchado tanto porque me encante (tiene como tres o cuatrto temas que si que suelo acabar tarareando sin darme cuenta en algún momento del día). Si no porque al igual que me percaté hace mucho ya, en que había una diferencia importante entre sentarse a disfrutar la cultura y «consumir contenido»; hasta ahora no había sido capaz de extrapolar esa diferencia a la música. Probablemente sea el único medio de expresión cultural al que nunca le dedicamos el 100% de nuestra atención. Siempre la tenemos de fondo, mientras conducimos, cocinamos o incluso escribo estas líneas.

Eso, sumado a la libertad que nos ofrece el streaming de poder configurar nuestras propias listas de grandes éxitos, haciendo que lo que realmente suene en bucle sea «ruido agradable»; hace que la experiencia de «sentarse a escuchar un disco» haya desaparecido de nuestras vidas. Para mi ha sido un cambio pasar de escuchar la playlist de ABBA en aleatorio a sentarme a escuchar sus discos por separado. Y aún asi, la vida todavía no me ha dejado dedicarle su propio espacio en mi tiempo libre. Pero pretendo hacerlo en cuanto pueda.

Un disco (ya sea del tipo que sea), no sólo nos ofrece un repertorio de canciones que nos pueden interesar más o menos, o conseguir que movamos los pies al ritmo de la música con mayor o menor tino. Al igual que con una novela, una película o una serie; hay un ejercicio de producción con una intención artística. El orden en el que se colocan las canciones dentro de la unidad. Su duración. Su intención estilística o temática. Todo tiene mucho más sentido si eliminas la aleatoriedad de la ecuación. Es algo que deberíamos hacer más a menudo, y que creo que los amantes del vinilo disfrutan con especial devoción debido al ejercicio ritual que supone ese formato físico en concreto. No los hace mejores oyentes, ni más entendido. Simplemente diría que prestan más atención a lo que oyen.

El mensaje es claro… Con dos álbumes publicados y ya han tenido que ingresar en una clínica de salud mental…

¿Tatuaje en el cuello? ¡Sí!

Ca7riel y Pablo Amoros son dos mamarrachos. Lo dije yo. Bueno, no se si lo dije. Pero pensarlo, lo pensé muy fuerte. Me pasó un buen amigo (que suele esconder su buen gusto detrás de humor ácido y políticamente poco correcto) uno de los video de su Tiny Desk Concert (ya hablaremos de esto más adelante que se me acaba el espacio. Como digo, los echuché y los ví, con toda la parafernalia claramente diseñada para llamar la atención y automáticamente lo clasifiqué como «bah, cosas de los jóvenes, not my cup of tea«. Sin embargo, como eran graciosos, el chascarrillo se quedó, y un día me sorprendí buscándolos en mi plataforma de streaming habitual.

Algo había permeado por debajo de esa fachada de aparente tontuna. Quiero pensar que fue su sentido del humor. Y es que para mi, suele ser sinónimo de inteligencia, mientras más estúpido mejor. Porque soy de la opinión de que la gente más inteligente es la que se hace mejor la tonta (como mi amigo). Y que aunque todos los asideros a los que podía haberme agarrado me pillaban a años luz de distancia por mi edad, deduje que había algo que podía interesarme. No me equivoque. Sigo repitiendo una y otra vez que la propuesta musical de Ca7riel y Paco Amorós no debería gustarme. Y aún así, disfruto mucho escuchando Baño María y Papota, sus dos trabajos previos (que me han servido para aprender lo que es un album de estudio y un extended play).

Divertidos y encima suenan bien… no se puede pedir más… (sí, el de en medio es Jack Black)…

No debo de ser el único en tener claro que estos dos muchachos tienen talento cuando al parecer a raiz del concierto citado anteriormente, la fama no parece haber llamado a su puerta; ha entrado por la ventana y ha arrasado con toda la estancia. Free Spirits parece ser una especie de ancla emocional en la que ambos se proponen agarrarse para no dejarse llevar por la marea creciente. Sus 12 temas van y vienen sobre conceptos como el éxito y sus consecuencias. Y de nuevo me llama poderosamente que aquello que los más mayores podríamos calificar como ruido tenga ciertos mensajes más allá de aquello de «pegale con el látigo, con el látigo».

No son temas que vayan a convertirse en el himno de nada (salvo quizás el del Himno del Mediocre). Es más, creo que la media sale bastante equilibrada. Unos tres o cuatro que me gustan mucho. Otros tantos que oigo sin problemas pero no acabarán en ninguna lista de favoritos. Y los que quedan, que vienen a ser la misma cantidad, que no me acaban de convencer. Aún así todavía no me he topado con ninguno que directamente salte por lo alto. Creo que algunos temas son verdaderamente divertidos (como Ay Ay Ay o Nada nuevo o El Himno del Mediocre) y otros realmente hacen que se me vayan los pies escuchandolos o se me quedan en la bandeja de tararear del cerebro como Hasta Jesús tuvo un mal día o No me sirve más). No creo que estos dos personajes vayan a convertirse en mis favoritos nunca, pero si que quiero estar atento a sus carreras. Aquí hay mucho más talento del que parece a simple vista. Sólo hay que pararse a reflexionar sobre ello, como también tendríamos que hacerlo con nuestra forma de consumir música.

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