Por favor, acompañadme en este hilo de pensamiento, a ver a dónde llegamos. La otra noche estaba teniendo una estupenda sobremesa, de estas en las que se habla de cualquier cosa, porque no cuesta dinero; cuando de repente uno de los comensales comentó algo así como que «la Psicología no era una ciencia, si no que se basaba en seguir modas temporales de pensamiento». Creo que los que me leéis (los pocos que) ya sabéis que en general en cualquier discusión me gusta ser constructivo y no categorizar en aquello en lo que no poseo la totalidad de la información.
Me quedé un rato callado. Rumiando una respuesta ante lo que para mi, me parecía una estupidez como una catedral de grande (eso no quita, que efectivamente, como en cualquier disciplina, la Psicología tiene bastantes vías muertas por las que a lo mejor, ni siquiera habría que haber entrado; y en nada hablaremos de eso). Pero luego me acordé de que esta persona, tiempo atrás, al tratar de explicarle la indecisión constante que sufro por tener un Trastorno de Ansiedad Generalizada me vino a resolver la vida explicándome algo así como que tenía el «gen femenino».
Mujeres y psicología. Menuda combinación, ¿eh? El caso es que estas dos conversaciones coinciden magicamente en el tiempo con mi revisionado de Inocencia interrumpida (de la que me permito utilizar el título en inglés para la cabecera, no por estar mal traducido, si no por aportar ligeros matices relevantes para esta conversación). A fin de cuentas, nos encontramos ante una película (y un libro) que tampoco contiene un mensaje especialmente sutil. Cuando combinamos machismo y psicología, los resultados pueden ser realmente devastadores.

La promiscuidad femenina… ese síntoma de locura…
No lo digo yo. Es uno de los síntomas que se le diagnosticaron a Susanna Kaysen como parte de su Trastorno Límite de la Personalidad. No vamos a entrar en el jardín que supondría explicarlo (asumo que si puedes leer esta página, también puedes abrir Wikipedia). Y está claro que se trata de algo que a estas alturas ya está bien informado y documentado. Y no pongo en duda de que Susanna, cuando ingresó en el Hospital Psiquiátrico Claymoore, probablemente estaba bastante mal de lo suyo (en la película le cuesta, pero finalmente acaba reconociendo que intentó quitarse la vida).
La cosa es que el título en inglés no es baladí. Cierto es que toda la historia gira en torno a la pérdida de la inocencia de las protagonistas debido a sus problemas mentales y la dificultad para lidiar con ellos (y lo inmadura que estaba aún para la época la salud mental). Pero aún más importante es el hecho de que todas fueran mujeres. Todas estaban ya en edad de afeitarse ellas solas las piernas. Pero en esa época en la que uno todavía es joven, y los grandes palos de la vida todavía van a tardar un poco en llegar. En ese momento que tiene que debería ser teóricamente dulce. Se ven arrancadas de la normalidad por el simple hecho de ser diferentes.
Y ojo, que mi alegato del feminismo no se confunda con una agresión a la psicología. No hay ni una sola en la película, y por extensión, entiendo que en el libro y en la realidad en la que se basa (con mayor o menor reinterpretación dramática); que no esté fatal de lo suyo. Pero claro, hablamos de los años 60. Sí a día de hoy todavía hay cierto sector poblacional que tiene serios problemas para entender que la homosexualidad no es una enfermedad, os podéis imaginar el panorama hace seis décadas.

El que debe estar loco, soy yo… porque hasta Winona se marca un papelón.
Inocencia Interrumpida es una película maravillosamente dolorosa. Todas las protagonistas están impecables. Incluso la cléptomana favorita del público. Que desde entonces ya parece que no ha sabido hacer nada sin que creamos que le está dando un brote psicótico. Los estados emocionales por los que pasa nuestra relación como espectadores con el personaje de Angelina Jolie justifican que la morena se llevara todos los premios que se llevó en su momento (y pocos me parecen).
Uno siente la vulnerabilidad de cada una de las chicas ingresadas en el ala fememina del hospital. Como luchan contra si mismas, y contra un sistema que las ha categorizado nada más entrar por la puerta y que aunque parece que en el fondo, busca ayudarles, no lo hace desde la información y la comprensión. Se busca la reinserción mediante la regresión a la «normalidad» en lugar de enseñarles a convivir con aquello que las hace diferentes (y no por ello peores). Y aunque la novela autobiográfica está, como no tendría mucho sentido que fuera de otra forma, escrita por una mujer. La película está dirigida por un hombre.
Y me despido de esta reflexión centrándome en este punto. Porque muchos nos sentimos, cuando hablamos de feminismo, como intrusos en una reunión donde las cosas ya están de por si bastante jodidas como para encima venir a dar ruido. Quizás la clave sea esa. Entrar en la sala, y sentarse en un rincón a escuchar. Escuchar a ese colectivo, que bastante tiene ya con lidiar con ser mujer en un mundo de hombres. Como para encima hacerlo con un problema mental a la espalda. A lo mejor las pobrecitas mías no están «locas del coño» (nótese que no hay un equivalente masculino. A lo mejor, lo que les pasa… llámenme loco… es que están hasta el coño…



