Después de unas cortas (o demasiado largas) vacaciones, también delante del teclado del ordenador. Me encuentro con algo de tarea pendiente que no tengo muy claro cómo afrontar. Este siempre ha sido un espacio para la reflexión y la divulgación. Pero a estas alturas de la vida, no tengo muy claro qué se puede reflexionar sobre E.T. el extraterrestre. O a quién se la puedo recomendar que no la haya visto ya y esté en edad de merecer.

Y me temo que no va a ser la única, pero eso es asunto para otro día. Tampoco tengo mucha historia que contar con la película de Spielberg. Como toda una generación la conocí en mi tierna infancia, quedé traumatizado por la llorera provocada y casi no me atreví a volver a acercarme a la película en veinte años. Uno no tendría muy claro si esto habla en favor o en contra de la película; a menos que la hubiera visto. En cuyo caso o compartimos trauma, o cuento con tus simpatías. Sea como fuere, aclaro que habla muy a favor de una película verdaderamente bella, digna de su creador, uno de los mejores a la hora de narrar con la cámara.

Algo tiene E.T. para provocar las sensaciones que provoca a pesar de estar protagonizada por uno de los mayores adefesios de la iconografía popular. Conseguir el grado de empatía con el (como llamaban en algún mónologo) «hombre mierda» que resulta ser el retaco venido de otro mundo, es uno de los grandes logros de una película infantil; que no tiene nada en su iconografía que resulte especialmente azucarado en lo visual. A ver si va a resultar que esa fama que tiene el director de incorporar paletadas de edulcorante a sus finales no va a estar tan justificada como le gustaría a algunos machos muy machos.

Si hablamos de escenas míticas de la historia del cine…

¿Dónde estás Eté? ¿Dónde estás Eté?

Vamos a sobrevolar la película para matizar todo esto comentado más arriba. Al inicio nos encontramos con una suerte de mondongos de largos dedos (que eso sí, corren que se las pelan para no tener piernas). Se acuerdan de que se han dejado el horno encendido y salen corriendo dejándose a uno de ellos atrás (no se me ocurren pocas bromas sobre por qué nuestro querido amigo es abandonado a su suerte, pero estoy tratando de demostrar un argumento aquí).

Las primeras interacciones con Elliott son casi terroríficas. Tenemos al retaco que no levanta una cuarta del suelo. Sin piernas. Con unos brazos desproporcionadamente largos rematados por unos dedos aún más inquietantes. Una cabeza completamente deformada con dos ojos enormes y completamente separados, que acompañan a una cara pegada a un escaparate. Gente, que se le iluminan los putos órganos internos. No estamos hablando precisamente de un ewok o un porg. Y aún así, casi desde el primer minuto, lo que Spieberg consigue que sintamos es ternura. Algo que va totalmente en contra de lo que estamos recibiendo como primera impresión.

Puede que E.T. no sea una criatura agradable a la vista. Pero su interpretación está tan bien ejecutada (casi nos recuerda en ocasiones a un chaval con algún tipo de discapacidad, aunque luego demuestra ser listo un rato), que no podemos evitar incluirnos en ese extraño vínculo que comienza a compartir con el niño protagonista. Humano, alienígena y espectador comienzan a sentir lo mismo al unísono y esa es la verdadera mágia de una película que hace tan bien esa única cosa, que no necesita mucho más para llegar más lejos que cualquier otra historia sobre niños que se encuentran con alienígenas.

Luego los muñecos muy bonitos y tal, pero el retaco este es desagradable lo mires por donde lo mires…

Enciende un poquito tu corazoncito. ¿Dónde estás Eté?

Era argumentar todo esto o poner la canción de Enrique y Ana, que da para estar otro rato rumiando. Es que en E.T. no debería funcionar nada, y es la magia de Spielberg la que hace que cojamos tanto cariño al homúnculo este, que luego, cuando llega el drama, nos desgarre el corazón. Ojo aquí también a la interpretación en versión original de Henry Thomas que tiene momentos verdaderamente desgarradores en el tercer acto de la película. Y de nuevo nos encontramos ante una película de estas de veranos y bicicletas, pero con un enfoque verdaderamente particular.

No tengo claro, después de haber vuelto en varias ocasiones (con mucho esfuerzo, porque sigo pasándolo muy mal cuando se ponen malitos) a revisionarla, en qué género englobar la película. Porque a ratos se sumerge por completo en la comedia o el cine familiar, para luego romper con el drama más sobrecogedor. Tiene sus puntitos de ciencia-ficción por cuestiones obvias, pero no se corta a la hora de incorporar sus buenas cucharadas de otros géneros. Quizás por eso sea tan especial. Porque a la hora de hacerse, supongo (no estaba allí para cuestionar nada) no se dejó llevar por modas ni por esquemas predefinidos que se sabía que funcionaban. Si no que se decidió apostar por aquello que sus creadores sentían que debía ser.

No hay una sola vez que no vea una imagen del hombre mierda y lo primero que piense sea en reirme muy fuerte por lo cutre que resulta. Sin embargo, es una risa vacía, puesto que el muy jodido sabe que me ha hecho llorar (y sigue haciéndolo). Es muy consciente del poder que ejerce sobre mi. Y por eso da igual que me ría, porque realmente es un humor vacío, una carcajada hueca que esconde realmente mi amor por el personaje y por una película que me siento muy pocas veces a ver precisamente por lo importante que es para mi…

Tendencias