Ya tuvimos hace varios meses por aquí el análisis de la Nosferatu de Robert Eggers. Una reflexión que no saludaba con demasiado amor a la nueva versión de la película de 1922, no por ser mala; más bien por quedarse a medio camino de varios mundos sin atreverse a plantar bien los pies en ninguno de ellos. Pero sobre todo, porque por increible que parezca, la obra original de Murnau me seguía pareciendo, más de cien años después de su estreno, mucho más potente visualmente hablando (y ahí es donde la nueva tenía que haber apostado, ya que se trata de la enésima adaptación del relato de Drácula).

Tal es la fuerza que tiene la película original. Tan icónicos sus planos, sus diseños, su maquillaje y su vestuario. Que en los años 20 y 30 al parecer ya se hacía la broma de que quizás su protagonista (a pesar de ser conocido en círculos teatrales de la Berlín de la época) fuera un vampiro de verdad. Es verdad que parece que Max Shreck era una persona relativamente reservada fuera del trabajo, y que era totalmente desconocido fuera de Alemania, al contrario de Nosferatu. Pero tal fue el impacto de ver al Conde Orlok en pantalla en aquellos años, que incluso a día de hoy nos siguen llegando las ondas de su interpretación.

La Sombra del Vampiro parte de esa idea ficticia. ¿Y si realmente Max Schrek era un vampiro?. Cuidado que nadie se lleve a engaño. Toda la película parte de una idea irreal. Esto no es El Proyecto de la Bruja de Blair donde se supone que la cinta la grabaron unos muchachos que desaparecieron de verdad y ahora todos a buscar en las hemerotecas de la época en busca de la noticia. Todos los personajes de la película que nos ocupa hoy estan basados en personas reales, miembros del equipo de rodaje de Nosferatu, pero no sufrieron ninguna de las visicitudes que aquí se plantean. Y a pesar de todo esto, tal es la fuerza de esta obra maestra de 1922, que entramos al juego gustosamente y raro sería que alguno no saliera del cine propagando la leyenda.

El del cableeeee. ¡EL DEL CABLE!

Sombra aquí, sombra allá, maquillate, maquillate…

No me atrevería a decir que La Sombra del Vampiro sea una gran película. Ni siquiera tengo muy claro si recomendarla abiertamente. Como todo en esta vida, vendría bien matizar un poco las filias que hacen que en lo personal, sí que me resulte una obra digna de mención, más allá de la broma que provoca su creación y que ya hemos mencionado. Ojo, que hay muchos motivos por los que puede ser una buena idea acercarse a la película, pero que nadie se vaya esperando nada especialmente revolucionario ni rompedor.

Está claro, que si os gusta la Nosferatu original, La Sombra del Vampiro es de visionado obligado. No creo que haya ni que explicarlo. Es como ver RKO 281 si te gusta Ciudadano Kane. Es una película de «cine dentro del cine», es decir, una historia en la que vemos como se rueda una película. Y no sólo eso. Una película de 1922, que fue una época clave en los primeros pasos del medio. Podéis pasar olimpicamente de colmillos y uñas largas y centraros únicamente en esto y la película tiene mucho que ofreceros. Resulta curiosísimo ver como todo el equipo de rodaje viste con batas blancas y todo parecía venir de un mundo más de científicos locos que de artistas; algo ligeramente idealizado en la ficción pero que refleja a su manera también la realidad de la época.

El tercer motivo de peso es el propio Willem Dafoe. Que hace una interpretación magistral de Schrek/Orlok (recordemos que en esta versión ambos personajes son el mismo en realidad). Hay momentos en los que uno no tiene claro si el actor se está tomando la interpretación en serio o no. Y no es baladí. Hay un juego constante entre el terror del personaje ficticio y lo probablemente ridiculo que resultaría un vampiro de verdad en medio de un rodaje cinematográfico, por muy en sus primeros años que fuera. De verdad que es una interpretación hipnótica que coge la forma exageradísima de actuar de aquellos años y la trae a un terreno contemporáneo muy especial.

Cualquier parecido con la obra de Stoker es pura casualidad…

No se quien es ese Drácula del que usted me habla.

Es verdad que después la trama es algo anodina. Todo girando en torno a la obsesión de Murnau para con su trabajo. No olvidemos que era uno de los pioneros, tratando de convertir algo técnico en un arte mayor. Se cuenta que era perfeccionsta al extremo y uno de los que gracias a su talento y dedicación hizo que el cine llegara a ser lo que es hoy día. De ahí que se pueda trasladar en un personaje completamente obsesivo como el que vemos en la película; dispuesto a sacrificarlo todo por su arte. Y aunque la interpretación de Makovich es ejemplar, no alcanza las cotas a las que llega Dafoe.

No hay mucho más que rascar. Al final tenemos una combinación de una película sobre rodajes y una sobre vampiros. No se trata de una historia que de particular miedo (de hecho, tiene algunos momentos verdaderamente cómicos de una pantomima ejemplar). Si fuera todavía menos original en mi análisis podría decir algo así como que es «café para muy cafeteros»; que no se ha dicho nunca y tampoco significa nada realmente (o quizás si, y viene a decir que el café está muy malo realmente y que no somos muy listos ingiriendo cosas que no están buenas, pero yo que sé).

Probablemente lo que quiero decir es que La Sombra del Vampiro no sea una película que todo el mundo deba ver. Pero si que no debería ser una cinta que caiga en el olvido por sus bajas pretensiones. Porque es una obra muy estimable que sin querer salir de sus cuatro preceptos básicos, juega con ellos con muy buen hacer. Y que para sorpresa de nadie, en nuestro país actualmente no se puede ver en ninguna plataforma de streaming. Lo cual, es una verdadera lástima, porque probablemente este ejercicio de divulgación valga para poco si consigo despertar tu curiosidad y tus ganas de verla. Yo me quedaré tranquilo sabiendo que si no la conocías, al menos hemos podido ponerle remedio a eso.

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