Volvemos a hablar de literatura al peso. Y como tal. Ya sabéis lo que pienso. No me sorprende en absoluto que de la decena de novelas de reciente publicación ambientadas en el universo de Alien. Sólo pueda mencionar 2 ó 3 que realmente me hayan parecido buenas. Y a ver. «Buenas». Buenas de leertelas de un par de sentadas, no buenas de cambiarte la vida. Así tirando de memoria, se me ocurren The Cold Forge, Enemy of my Enemy o esta Uncivil War que nos ocupa hoy.

Lo más curioso de esta novela, es que de 25 episodios que tiene, el xenomorfo aparece con suerte en 5 (y creo que no en tantos realmente). Y eso me ha volado la cabeza. Porque digo yo que habrá que saber hacer las cosas bien para que si haces una novela de Alien y decides no sacar apenas al alien, la cosa funcione correctamente. Será porque soy padre de dos niñas como el protagonista (es lo único que tengo en común, él es una máquina de matar y yo una máquina de comer). Será porque en general, es de las pocas veces que en una historia de Alien abunda el tono optimista (del que todos desconfiamos, por supuesto). Será porque tampoco es habitual que el slice of life sea el estilo principal de una novela de terror espacial (es por lo que me sorprendió gratamente en su momento Alien: Echo).

No se si ayudará el hecho de que se ambiente poco tiempo después de los acontecimientos de Alien: Resurrection y que la casualidad haya visto la película hace bien poquito (no es casualidad y lo sabes, José Luis). Pero yo creo que ese escenario simplemente de da un poco de saborcillo porque ayuda a los tarados de la continuidad como yo a entender como ha cambiado el mundo de la franquicia en las últimas décadas. No. La realidad es que o bien el libro está bien escrito pese a ser literatura al peso. O ha pulsado determinadas teclas que me han hecho resonar en sintonía. Sea cual sea el motivo, es motivo de celebración.

No tiene gato, pero casi tiene «spicy».

No hay nada más desagradable que un señor mayor intentando atraer a la juventud a su línea de pensamiento utilizando la jerga de la muchachada. Pero oigan, al menos soy honesto. La novela (de la que voy a desvelar poco porque a partir de cierto «girito» me hizo click y ya no la pude dejar hasta el final) arranca donde otras suelen acabar, con un xenomorfo suelto por la nave y nuestra familia protagonista (papá, hija 01, hija 02 y droide asistenta) intenta llegar por todos los medios a la cápsula de escape. Golpe en la cabeza, fundido a negro y te despiertas en un pueblecito de estos de donde llegas a coger las cosas… Arkansas (gracias por tanto Goyo).

La realidad es que no estamos en la Tierra, si no en una colonia minera, pero una colonia minera de las pijas. De las que tienen dinero para montarse su propio domo y vivir en una utopia que recuerda a la Tierra del Siglo XX, con su cine, sus ferias de la calabaza y demás. Todo muy bonito, todo muy idílico. Las niñas encantadas y encima la administradora está de buen ver, tiene carácter y se le hace el chirri pesicola con el papi destroyer que acaba de caer del cielo. Claro, Papá Marine desconfía y tu desconfías. Pero bueno, que se yo, es el mundo de Alien. Alguien querrá aprovecharse de algo en secreto pa que no se entere la compañía.

No puedo contar mucho más porque de verdad que sería arruinar la sorpresa. Pero en el momento en que el protagonista descubre cierto dato, todo se convierte en una puta carrera contrareloj para sacar a sus hijas del planeta (y de momento casi no hemos vuelto a ver al Alien. Que no ha sobrevivido al accidente, pero ya sabemos que donde hay uno, levantas una piedra y hay más. Pero oye, les debe gustar el sitio porque se toman lo de la infestación con bastante calma. Pero repito que es lo de menos, porque hay amenazas suficientes como para que uno esté sufriendo por esas niñas constantemente.

La violencia no soluciona nada, salvo una buena escena.

Es que el libro está bien escrito, no puedo describirlo de otra forma. Uno se pasa capitulo tras capitulo deseando que le toquen las narices al protagonista, para ver como segundos después tienes a cuatro paletos inconscientes en el suelo sangrando por la boca o la nariz. Papá Marine es una maquina de matar, y no hay uno en el pueblo que no sea tonto. Es una relación completamente catártica para cualquiera que haya visto a algún abusón en su vida salirse con la suya. Son detallitos como estos. Cómo Chris intenta por todos los medios evitar la violencia hasta que le tocan las palmas y el no tiene el chichi pa farolillos…

El personaje de Lexa Phelan, la administradora de la colonia es tambien cautivador. Resolutiva, con caracter, en una posición de poder dentro de la colonia. Y encima buena con los niños. Adora de corazón a las niñas y está enamorada a nivel flechazo de cupido de Chris. Otro personaje que rápidamente se sube a tu barco de la empatía. Si encima es buena poniendo a los garrulos en su sitio (demasiado buena) tu estás todo el libro deseando que Chris y sus hijas se queden a formar una familia en la colonia y se casen y tengan más churumbeles.

No parece que esté hablando de una novela de Alien, ¿verdad? Cuenta el autor al final del libro que le voló tanto la cabeza el arranque de Alien3, que sin haberlo superado, acabó escribiendo un tratamiento de guion en el que Ripley, Hicks y Newt se estrellaban en un planeta sin opción a salir de allí y acababan formando una unidad familiar. Toda esa historia es el germen de lo que hoy podemos leer en Alien: Uncivil War y debo decir, que pese a que soy consciente que en franquicias como Alien lo que uno espera es volver a ver una y otra vez la misma historia. Este caso ha llegado un soplo de aire fresco por la ventana. Un girito de tuerca a un tornillo que ya no se puede apretar mucho más, pero que con ingenio y buen hacer, parece que al menos le quedaba una vuelta más.

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