La otra noche me enfrentaba a un dilema peculiar ante la perspectiva del visionado de De Profundis. No recuerdo que día de la semana era, pero si recuerdo que andaba cansadete. Una mala elección para la noche de cine en medio de la racha de unos padres con una niña pequeña que no anda durmiendo todo lo que debiera y por extensión, tampoco sus progenitores. Recuerdo perfectamente cuando compré el DVD de tan peculiar obra. En plena explosión de autodeterminación gafapastera (desconozco si el término existe. Cuando estudiaba realización y me encontraba apuntado a más asociaciones culturales de las que podía manejar con cordura.

De Profundis para mi en aquella época, era una de esas formas que encuentras de sentirte más inteligente que los demás. Porque la compras, la enseñas, te aburres soberanamente y la vuelves a dejar 20 años en la estantería cogiendo polvo, pero eso si, limpiándoselo cuando vienen visitas para poder enseñarla en caso de que algún descuidado sea además de inconsciente, curioso. Es que miren ustedes, una película basada en la obra del ilustrador (¿pintor?, ¿dibujante?) Miguelanxo Prado. Muda. Pero con la voz de Ainhoa Arteta.. La mejor forma de quedarse solo un viernes por la noche, o de espantar a tu audiencia si no estás en el sitio correcto.

Con todo esto, bien pareciera que revisitar De Profundis con mi esposa (a la que ya no voy a espantar si no lo he hecho ya) y privados del sueño necesario; no se terminaba de antojar como la idea ganadora de la noche. Si embargo. Era un sacrificio necesario. Necesario por seguir elaborando este ejercicio de autoconocimiento en el que me encuentro embarcado desde hace muchos meses ya. De, en primer lugar, averiguar definitivamente si es una cinta merecedora de mi tiempo, o descubrir definitivamente que parte de mi identidad forjada en la post adolescencia es real y que parte una gilipollez mayúscula.

La película transmite la sensación de entrar en un museo y que los cuadros cobren vida al ritmo del oleaje…

A ver, la peli, mala, mala… no es…

Que bien pudiera ser que con mi presentación lo esté pareciendo. Y después de verla, de volver a encajarme la mandíbula en su sitio después de varios bostezos y de quedarme mirando a ver si mi mujer volvía a abrir los ojos mientras respiraba muy fuerte… Que no, que os estoy vacilando. Pero es verdad que viene siendo recomendable contextualizar un poco para que la broma haga gracia debido a su pizca de verdad. De Profundis es una película átipica. Casi puede recordarnos a la en su momento incomprendida Fantasía de Disney. Aquí no vamos a encontrar una trama compleja, ni siquiera simple pero cargada de acción. Si se me permite ponerme pedante, De Profundis es un poema en movimiento.

Es verdad (y terminamos ya de quitarnos lo mas criticable de la película) que se trata de una cinta de animación que cuenta con una animación extremadamente pobre. Basándose en morphings poco disimulados entre ilustraciones. Por lo que la comparación con Fantasia que cuenta con lo más granado de la época a nivel de animación tradicional; pues quizás se antoje pretenciosa. Pero es que realmente nos encontramos ante un concierto de música clásica (con partituras compuestas expresamente para la ocasión) a la que acompañan una ilustraciones extremadamente evocadoras.

Como toda obra narrativa, en De Profundis contamos con un planteamiento, nudo y desenlace. Y además, con unos bien estructurados. A lo largo de la película tenemos una historia que entender, pero también es una historia que se nos podría haber contado en diez o quince minutos. Por lo que no parece ser el fin último de la obra, no. Lo que Miguelanxo busca es que nos relajemos (como decía, mal plan para ir con sueño). Que nos sumamos en la contemplación de su arte (que bien lo merece, al menos en la humilde opinión de quién les escribe) y nos dejemos mecer por la música. No existe un solo plano que no se pueda comprender y a la vez, no busque algo diametralmente opuesto como es el ser una esponja que absorba imagen y sonido para SENTIR.

El único objetivo de la película es que te recrees con el trabajo de Miguelanxo Prado…

La belleza y el amor al mar.

Y es que De Profundis, como su autor. Es una película muy gallega. El amor de Miguelanxo Prado al océano y lo que en su interior alberga queda manifiesto desde el arranque de la cinta. Pudiera ocurrir que su arte no sea de tu agrado, y no pasa nada José Luis. Es lo bonito del arte, que busca evocar cosas y como «somos sentimientos y tenemos seres humanos» a veces lo consigue, y a veces no. O incluso en ocasiones, sentimos cosas diferentes a la intención de la obra. Y no pasa nada, no te tienes que casar con la película, no te la tienes que llevar a la cama.

Dejando atrás los jajás, efectivamente; De Profundis es una obra que está en todo momento a un pestañeo de ser soberanamente aburrida. De esas que más de uno y más de dos verá (si es que tiene las ganas de sentarse a verla) mirando el móvil de reojo. Y de ahí mi reticencia a sentarme a verla de nuevo, y sobre todo, de «obligar» a alguien, por aquello de que me quiere, a tener que tragársela. ¿Pero luego sabéis que pasa? Que nos pasamos la vida diciendo que queremos ver cosas nuevas, o diferentes. Y que estamos hartos de secuelas y franquicias. Cosa que es mentira, pero no estoy yo hoy aquí para hablar de tus incongruencias. Hoy he venido a analizar las mías y descubrir hasta que punto lo son.

La conclusión compartida en este matrimonio fue que, efectivamente se trataba de una película difícil de ver. Y que probablemente no volviera a entrar en el reproductor de discos de esta casa de aquí a que murieramos o tuvieramos que hacerle una promesa a la Virgen. Pero que nos alegrábamos mucho de haberla visto. Porque había sido una experiencia muy bonita, diferente a todo lo que solemos consumir con regularidad. Y sobre todo, a pesar del cansancio. Nos había obligado a frenar, y contemplar más de 15 segundos algo tremendamente bello. Esa noche dormimos maravillosamente, nunca sabremos si por el cansancio, o porque nuestro corazón estaba en el sitio correcto por una vez entre tanto ruido…

Tendencias