Numerosos relatos pueblan la mitología del género de terror. Vampiros, zombies, hombres lobo… Seres sobrenaturales que recorren el inconsciente colectivo desde incontables generaciones asustando a nobles y plebeyos por igual. Un pequeño rumor susurrado a la luz del fuego en una pequeña aldea. Una historia que salta de boca en boca y empieza a crecer y a cobrar entidad propia. Esto es lo que son, para todas las culturas del mundo, seres de ultratumba como los vampiros o los hombres lobo.

Pero todas estas mitologías, recocidas en el saber popular; cuentan con al menos un relato que destaca por encima de los demás. (Y no me refiero a grandes novelas de la literatura como Drácula). Hablo de historias «reales». Sucesos que acontecieron a la sombra de un determinado mito que el paso del tiempo y el habla popular han acabado convertiendo en leyenda. Pero una leyenda «basada en hechos reales» que convierten al protagonista (o la protagonista) de la historia en un monstruo «de verdad». Algo alejado del relato de ficción.

Es el caso, por ejemplo, de la Condesa Elisabeth Báthory (1560-1614), señora de alta cuna húngara que se cuenta gustaba de darse relajantes baños en sangre de jóvenes vírgenes para mantenerse joven. Cualquier parecido con el mito del vampiro es pura casualidad. Los hombres lobo también cuentan con, en este caso no una persona, una región muy ligada al mito del licántropo: Gévaudan.

Visualmente la película es de lo más interesante, y cuenta con una puesta en escena muy cuidada…

¿Mito o realidad?

Es un hecho (o eso cuentan las crónicas) que entre 1764 y 1767, en la región de Gévaudan, al sur de Francia más de 100 personas (en su mayoría mujeres y niños) fueron asesinadas o mutiladas. No perdamos de vista que nos encontramos en pleno siglo XVIII y que el «rigor histórico» suele brillar por su ausencia incluso para los cronistas contemporaneos a nuestros tiempos. Por lo que toda la información recopilada en la época debería ser cuestionada con cierta animosidad. Sin embargo, algo de verdad tendría que haber cuando se cuenta que el propio rey Luis XV envió tropas y cazadores reales para atrapar a una criatura que los supervivientes describían como «del tamaño de un toro, con la cabeza grande, dientes enormes y cola larga».

No hace falta tener mucha imaginación para convertir a dicha bestia en el hombre lobo más famoso de la historia. Ocurriera lo que ocurriera realmente, parece que los ataques cesaron en torno a 1797 cuando un campesino llamado Jean Chastel mató a un gran lobo durante una de esas cacerías. Para lo golosa que es esta historia, no parece que Hollywood haya estado nunca muy interesado en llevarla a la gran pantalla. Pero, ¿quién necesita americanos cuando todo lo que hace falta son franceses?

El Pacto de los Lobos es una película que me sorprendió muchísimo cuando la vi en cines en su momento, allá por 2001. Y aunque no ha envejecido todo lo bien que me hubiera gustado. Mantiene una base sólida que hace que sea muy disfrutable a día de hoy. Es verdad que se trata de una película europea de una época en la que todos estabamos intentando imitar en el Viejo Continente lo que hacían los americanos en salas. Y hay algunos estilismos impostados que no terminan de cuajar (combates herederos de The Matrix), y algunos personajes que nos piden como espectadores que dejemos la incredulidad a un lado un ratito más largo de la cuenta.

Es verdad que llega un momento que la película empieza a desbarrar, pero si ya has llegado hasta ahí estás dentro de lo que propone y poco importa…

Mi amigo el indio (perdón, indígena americano).

No perdamos de vista que estamos en plena vorágine de buddie movies con compañero asiático experto en artes marciales. Hora Punta lo estaba petando con tres entregas y Arma Letal en su cuarta entrega introducía un villano de corte asiático dando patadas giratorias. En la Francia del siglo XVIII quizás resultaría complicado traer a algún personaje japonés, chino o coreano a repartir cera, pero mire usted que los franceses acababan de conquistar por aquél entonces la zona este y centro de Canadá. Así que por qué no traer un indígena que de volteretas y pegue con un palo a lo Zatoichi.

Y el caso es que en los primeros compases, la broma cuela. El arranque de la cinta, con una lluvia tórrida en plena campiña francesa donde nuestros protagonistas acaban con lo que parecen ser asaltadores de caminos es visualmente muy potente. Sin embargo, con el avance de la trama, el exceso de acción empieza a pasarle factura a la cinta, donde todo se vuelve cada vez más irreal, y desgraciadamente un poco ridículo para los estándares actuales. Sin embargo, todo el misterio detrás de la letal bestia es muy interesante y nos mantiene intrigados aún cuando nos olemos la tostada ya desde primera hora.

El Pacto de los Lobos es una de esas películas que no hace nada maravillosamente bien. Pero que está más que correcta en muchas cosas. Y cuenta con dos pesos pesados de la europa de la época como Vicent Cassel y Monica Belucci que se echan todo el peso de la película a la espalda y la sostienen cuando nada más puede hacerlo. Quizás guarda un espacio pequeñito en mi corazón por ser la única historia de hombres lobo «basada en hechos» reales que tengo conocimiento de que existan. Y todo sabemos que cuando algo se basa en la realidad, es cuando gana calidad la película.

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