Qué puedo decir. Después de años renegando de todo lo que olía a DC en la pequeña y gran pantalla ha tenido que venir el tío del mapache a cerrarme la boquita. Ni siquiera cuando las cabezas pensantes pusieron a mi guionista favorito del momento (pobre Geoff Johns, Tutatis lo tenga en su gloria) consiguieron que la cosa remontara o tuviera el más mínimo sentido (es más, hicieron polvo al pobre Geoff al que no le he vuelto a ver escribir nada decente).
Ya lo dije en el análisis de la primera temporada. Y lo habría dicho en el de Superman si no hubiera estado tan ocupado metiéndomela repetidamente por donde no brilla el sol como para sentarme a escribir. James Gunn conoce el material con el que trabaja. Lo ama. Y sobre todo: LO RESPETA. A partir de ahí es tener un poco de sentido común, saber que la clave es divertirse, que todo tiene que conectar un poquito porque: CAMEOS. Y que aunque no lo parezca, los fans son flexibles y con una pizca de retro continuidad se arregla todo (lo demás son señores mayores gritándole a nubes).
Jamás en la vida uno podría pensar que el relanzamiento de toda una franquicia superheroica podría empezar con un personaje como el de Peacemaker (a cuyos cómics, por mucho que esté disfrutando de la serie sigo sin acercarme a menos de doscientos metros ni que me obligue un juez). Pero si alguien viniera del futuro hace dos años a decirme que la lejía aún lava más blanco y que el nuevo arranque de DC con Peacemaker iba a estar estrechamente ligado a la nueva de Superman me hubiera cagado de encima del susto (afortunadamente, tendría nueva lejía que me hubiera dejado la ropa interior blanco nuclear).

Segundas partes nunca fueron buenas.
No lo digo yo. Lo dicen los que de verdad saben de cine. De series no se como andarán, porque este dicho se va por el desagüe rápidamente cuando pasamos al formato televisivo. Generalmente, por su propia idiosincrasia (que palabra tan bonita y que poco la usamos) las series de televisión de largo recorrido (más de una temporada) suelen tener su momento más dulce entre la segunda y la tercera parte, que es cuando todas las piezas de la maquinaria están ya colocadas en su sitio y los engranajes andan bien engrasados para que todo funcione al ritmo necesario (también se dice que cualquier serie que pase de las cuatro temporadas inevitablemente empezará un descenso a los infiernos que yo que se, si, te estoy mirando a ti, Perdidos).
En el caso de Peacemaker se nota ligeramente esta teoría subyaciendo (eh?, idiosincrasia, subyaciendo, aquí la Batalla por la cultura pop educa y entretiene). Ya conocemos a todos los personajes principales, y estamos cómodos con las dinámicas establecidas en la primera temporada. Y de repente todo se siente como volver a casa. Desde el MA-RA-VI-LLO-SO inicial de la cabecera hasta las absurdas «escenas eliminadas» post-créditos. Pero sobre todo en la construcción de personajes. Porque lo que más sorprendió en la primera temporada, y aún lo hace en la segunda, es que un grupo compuesto por una lesbiana negra que adora el espionaje (más woke no se puede ser), un cachas fascista (pero de buen corazón, por lo que el fascismo, por lo que sea, se le está quitando), un nerd asmático con problemas de integración social (lo pone en su ficha), una femme fatale combinada con Chuck Norris con problemas de masculinidad tóxica (masculinidad tóxica: check. Woke); no sólo resulta tremendamente divertido seguir sus devenires (idiosincrasia, subyaciendo, devenires; no puedo parar de crear…), la evolución que todos están sufriendo como personajes es acojonante.
Porque para que una trama avance, tiene que haber drama. El drama es conflicto. El conflicto permite que los personajes evolucionen. Por eso, cuando un personaje echa a andar y entra por un lado a la película, y al cabo de un rato, acaba saliendo por el otro lado y sigue perfectamente igual; sepamos o no por qué sucede nos sentimos vacíos, como si lo que hemos presenciado no tuviera mucho sentido. Esto no sólo no pasa, es que es justo en lo que se sustenta toda la segunda temporada: dejamos a nuestros «heroes» en un punto vital determinado. Vamos a tirarlos al fango, a golpearlos un poco y enfrentarlos a decisiones complicadas y a ver que tal responden. Pero que cuando acabe el octavo episodio sean diferentes a como eran en el primero. Y que ahora estén preparados para aquello que realmente están destinados a enfrentarse.

¡Vaya! Resulta que se puede terminar bien una temporada, y además dejar un final abierto…
La trama de esta segunda temporada de Peacemaker da absolutamente igual. Matizo. Pasan cosas interesantes. Hay ahí una subtrama que da para un par de episodios verdaderamente delirantes. Pero realmente todo está al servicio de la evolución de los personajes. Al principio no me percaté de esto. Era un poco esa sensación de «vaya, cuanto habla esta gente… Venga Clint, vuela un puente o algo». Y no porque no hubiera acción cuando se requería. Echaba en falta esa amenaza global que si tuvimos en la primera temporada. Está claro quién es el antagonista esta vez, pero su amenaza a los protagonistas estaba todavía por verse hasta casi el final de la serie. No quiero entrar en detalles pero todavía espero alguna sorpresa en el futuro, porque algún comportamiento se me antoja apresurado (y no sólo a mí, algún secundario de hecho lo comenta).
Da igual, porque son los personajes los que sostienen la serie, cada interacción entre ellos es oro puro. Es que hasta la jodida águila se come la pantalla cada vez que aparece. El reparto adicional está que se sale, desde el regreso del chiquitín (asiáticos y enano: check. Woke) Judomaster, o los nuevos agentes de ARGUS (lo del «pajarismo» va a dar que hablar mucho tiempo, os lo aseguro) o el cazador de águilas o los deliciosos dobles de la realidad paralela (hasta aquí puedo leer). No hay un solo secundario mal tirado en toda la temporada. El humor está muy bien medido y las conexiones con Superman empiezan en los primeros episodios con un cameo y poco más, para pasar a ser una parte relevante de la trama en la recta final que deja con muchas ganas de ver, qué será lo que está por llegar (no olvidemos que la función de una pieza de un entramado mayor, es la de incitar a la gente a acudir a dicho entramado mayor).
Y lo mejor de todo es que ni siquiera me gusta Peacemaker. Jamás me veréis recomendar nada del personaje que no sea esta serie. Es más, tampoco se si recomendar abiertamente la serie. No tiene nada especial. No tiene nada que te vuele la cabeza. Nada que la haga destacar por encima de otras. Únicamente se trata de un producto que se conoce a sí mismo lo suficiente para estar muy bien hecho. Y con esa premisa, uno no puede estar incómodo compartiendo habitación con él. Si te mola todo lo que se está haciendo nuevo con DC, estarás a gusto. Si te la pela todo mucho, también estarás a gusto. No sabría identificar ese supuesto target de la serie. Bueno si, aquel al que no le sobre el tiempo para tonterías y simplemente quiera disfrutar de algo bien ejecutado.




