A veces resultaba extraño lo que uno podía encontrar en el umbral de su casa. Aquella mañana, al abrir la puerta, apareció un ratón de campo recién cazado. Seguramente era obra del gato gris del vecindario, que había adquirido la costumbre de traerle ofrendas con regularidad. Sin duda en agradecimiento por el cuenco de sobras que él dejaba cada tarde, sin falta, no muy lejos del desagüe. Lo que, en lenguaje felino, quizá significaba una forma de afecto… o tal vez una queja, insinuando que sus habilidades de caza —y tal vez la calidad de la comida— dejaban algo que desear. Muy arriba, en el cielo, estalló un globo con forma de polluelo cebado, que se desplomó después como una yema arrugada sobre un tejado. Los desempaquetadores iban a tener bastante trabajo recogiendo la piel desinflada y plegando de nuevo la seda de tafetán para repararla.
Wayfarer era una ciudad torcida y caprichosa, de calles adoquinadas que serpenteaban. Cada casa tenía su propia personalidad, y se susurraba incluso que algunas eran verdaderamente conscientes. Estaba la bromista, la obstinada, la excesivamente alegre, la que solo deseaba paz y silencio, y así sucesivamente. La suya era caprichosa. En realidad, bien podría haberse llamado temperamental. La puerta corrediza del taller que se atascaba siempre que había que enyesar o pintar. La estufa que se negaba a funcionar cuando la casa detestaba el olor de la cena. El cuarto de baño que jugaba al escondite cuando consideraba que ya se había gastado demasiada agua aquel día. Tal era la clase de travesuras con las que la familia lidiaba a diario, y no siempre resultaba fácil sobrellevarlo.
Por suerte, aquel día el humor de la casa parecía lo bastante estable: ni irritada a las claras ni ostentosamente quisquillosa; ni gruñona ni excéntrica. Tal vez un poco melancólica, eso sí. Por eso la puerta del taller se deslizó suavemente cuando él entró. Dentro, como siempre, flotaban los olores punzantes de los disolventes y la fragancia embriagadora de la pintura. Pero también había una acumulación de luz que resaltaba la textura de los lienzos y subrayaba los relieves de los pigmentos modelados. Se derramaba por el ventanal, difundiéndose en el espacio como agua teñida de té. Kinta ya estaba ocupada con sus pinceles, inmortalizando el paisaje que se desplegaba más allá del cristal. Nadir, mientras tanto, limpiaba sus brochas, mirando de vez en cuando lo que hacía su madre.
Al final habían tenido suerte. Una suerte desmesurada, en realidad. El niño, a medida que crecía, bien podría haber tomado aficiones alejadas de las suyas. Podía haberse hecho mimo, o aficionado al malabarismo, la acrobacia, o peor aún, pintarse la cara, ponerse una nariz roja y convertirse en payaso. Pero haber pasado sus primeros años correteando por el taller lo había condicionado a recoger la antorcha. De pequeño llenaba cuadernos con garabatos de ceras y pasteles. Más tarde tomó prestados carboncillos, lápices de colores, témperas, acuarelas. Poco a poco su paleta se amplió, al igual que su talento para el dibujo. De los simples bocetos pasó pronto a estudios más elaborados: retratos, bodegones, paisajes. Mientras sus compañeros se retaban entre sí con trucos, trastadas o bromas escandalosas, él prefería sentarse tranquilo en un rincón a dibujar. Siempre tenía los dedos manchados de pigmento o carbón.
La verdad era que, al principio, Ghamam se había preocupado al verle siempre absorto en sus pensamientos, sin prestar atención a los demás niños. Los evitaba, sin mostrar interés por sus bromas, hasta el punto de que los maestros, inquietos por su soledad, solían convocar a los padres para expresarles su preocupación. Pero Kinta siempre reía con ganas, diciendo que así era él y que solo necesitaba ser aceptado tal cual. Aun así, Ghamam no podía evitar la inquietud. El aislamiento de su hijo —sobre todo en medio del bullicio—, su carácter callado y distante, eran una fuente constante de ansiedad. ¿Le acosaban? ¿Sufría bajo las burlas de los otros niños? Él no lo mostraba, pero más de una vez a Ghamam le había parecido atisbar, tras aquel rostro impasible, un dolor tan intenso como silencioso.
Llegó a considerar marcharse de Wayfarer a la seguridad de otro Sahanka, para que su hijo no tuviera que soportar el payaseo propio del Clan Tisdhera. Pero Kinta insistía en que mudarse sería aún peor. ¿Habían hecho bien en quedarse, después de todo? A veces la duda seguía royéndolo. Sin embargo, cuando Nadir terminó de guardar sus útiles de pintura, Bubbles apareció flotando a su alrededor. Su hijo lo había presentado primero como un amigo imaginario, sorprendido de que ellos también pudieran verlo. Y aunque Ghamam y Kinta no sabían de dónde lo había sacado, comprendieron al instante que era una Quimera. Al principio la criatura se aparecía a diario, entrando en casa sin anunciarse para jugar con él. Luego, con el paso de los días, semanas y meses, el pez terminó por instalarse con ellos de manera permanente.
Por supuesto, el hogar se sumió en el caos, y la casa misma mostró abiertamente su disgusto. Acoger a una carpa de aquel tamaño no podía sino causar destrozos: un jarrón por aquí, una estantería por allá, y lo peor, la colección de porcelana de la familia. Sus aletas y cola no dejaban de provocar estragos. Por aquella época, además, Nadir empezó a mostrar su don natural para la Alteración. El papel y el lienzo ya no le bastaban: pintaba directamente sobre la realidad. Una tarde, al volver de la Casa de Pintura, encontraron la casa conmocionada: el niño había transformado la sala de estar en una piscina de pintura para que Bubbles pudiera nadar. Siempre que podía, usaba sus poderes para remodelar el entorno, a veces por diversión, a veces a petición de otros niños fascinados por sus habilidades extraordinarias.
En una sola tarde, levantó un parque entero en la plaza Dalí, para consternación de los ancianos del Clan: toboganes, tiovivos, columpios, puestos de manzanas confitadas y atracciones de feria. Semanas después convirtió la escuela en un zoológico, dando vida y liberando a todos los animales que sus compañeros habían dibujado en papel. Otra vez hizo aparecer en mitad de la calle un barco pirata tripulado enteramente por osos hormigueros marineros. Ghamam y Kinta eran reprendidos con frecuencia, pero a pesar de las regañinas, Ghamam se tranquilizaba al ver cómo su hijo se convertía de pronto en el favorito y centro de atención en la escuela.
Y cada vez se repetía la misma rutina: Ghamam y Kinta lo sentaban para hablarle de modales y propiedad. Nadir fruncía el ceño, con la mirada en el suelo o perdida a un lado. No por vergüenza ni por desafío, sino como si simplemente no entendiera aquellas reglas ni por qué importaban. Escuchaba con atención, sin embargo, como tomando nota mental de lo que podía y no podía hacer. Las charlas nunca duraban mucho; sus padres se desarmaban ante la franqueza de sus respuestas. Al fin y al cabo, todo Lyra sabía que la Ignescencia no debía acallarse ni reprimirse. Solo había que encontrar un lienzo lo bastante amplio para que se expresara sin provocar caos ni escándalo.

Fue mientras la ciudad voladora de los Tisdhera derivaba sobre el mar, en el borde de la Terra Cognita, cuando se reveló la respuesta. El Tumulto soplaba como una tormenta: nubes negras, atronadoras. El Sahanka se sacudía de un lado a otro mientras la ciudad mudaba de forma en espasmos frenéticos y descontrolados. A salvo dentro de un refugio del barrio, Nadir y sus padres aguardaban a que las corrientes mutagénicas pasaran. Habían sonado las alarmas y, como tantas veces antes durante los simulacros de evacuación, corrieron hacia el refugio. La pesada escotilla se cerró tras ellos como la puerta de una cámara de Isura. Y aun con el Tumulto desatado afuera, Ghamam y Kinta acabaron por dormirse, dejando que las horas se escurrieran.
Despertaron de golpe, sobresaltados por los gritos de alarma. Mientras ellos dormían, Nadir se había acercado a la escotilla blindada e intentaba abrirla, sin reparar en el peligro. Los demás adultos no lo habían visto a tiempo para detenerlo. Cuando los cerrojos se deslizaron y el Tumulto irrumpió, arrastró a Nadir y a Burbujas en sus corrientes. Sin embargo, cuando todos creyeron que había llegado su fin, los vientos no se colaron dentro. Nadir seguía allí, en el umbral, su figura envuelta en ondas tornasoladas de tonos rosados, respirando el Tumulto a grandes bocanadas. Y aunque su forma cambiaba sin cesar, siempre volvía a su silueta original. Inexplicablemente, los vendavales se disiparon, el ciclón se disolvió en un silencio sereno. Entonces, con una explosión de colores, una ola poderosa estalló desde Nadir, irradiándose por toda la ciudad.
Más tarde, al salir del refugio, Ghamam y Kinta vieron la ciudad intacta, salvo en algunos lugares transformados en pintura. Árboles de pigmento, fuentes que manaban acuarela, edificios convertidos en xilografías. Pero aparte de eso, el Sahanka estaba a salvo, intacto frente al Tumulto. Inevitablemente, la Matriarca Tisdhera se enteró del acto temerario de Nadir, y la familia fue convocada por su Pastora. Tras una larga espera en la antesala del Gran Circo, la representante de Thalia los recibió en sus aposentos. Kinta y Ghamam esperaban una severa reprimenda, pero en lugar de reproches, la Matriarca les ofreció pasteles y té con una amabilidad sorprendente.
Sin quitarse la máscara, estudió largamente al muchacho, como si fuera un prodigio o una rareza. Habló con él durante un buen rato, haciéndole incontables preguntas sobre lo que había sentido frente al Tumulto puro, o si había escuchado su llamada. Al término del extenso interrogatorio, sus hombros se relajaron y dijo a sus padres lo que ellos ya empezaban a sospechar: Nadir y Bubbles se convertirían en Exaltados. Ella misma se encargaría de que recibieran la educación y el adiestramiento necesarios para unirse a la vanguardia del Cuerpo Expedicionario. Ante aquella noticia sobrecogedora, Ghamam saltó en pie, protestando que un niño no podía enviarse a afrontar los peligros de la Tentativa de Redescubrimiento. Pero la Matriarca se mantuvo firme, insensible a sus súplicas. Nadir no era un niño común: sus facultades demiúrgicas no harían sino crecer, y era necesario canalizarlas como correspondía.

Ghamam guardó silencio después de aquello. Él y su esposa habían jurado mantener el secreto. Porque casi nueve años antes, cuando la metrópolis Lyra había colisionado con una singularidad del Tumulto, un recién nacido había quedado en su umbral. Desnudo, pero en silencio, contemplándolos con unos ojos abiertos e inocentes. Kinta lo tomó en brazos para darle calor, envolviéndolo en tela y manta. No había hecho falta acunarlo; ya parecía sentirse en casa. Explicar la repentina llegada del bebé a los vecinos había sido difícil, y no dudaron en mentir sin pudor. A medida que crecía, tuvieron que inventar excusas cada vez más inverosímiles para los fenómenos extraños que lo seguían a todas partes. De algún modo, lo lograron—por fortuna, los Lyra estaban más que acostumbrados a lo insólito. Cuando llegó por fin la llamada de su Matriarca, y Wayfarer se puso en marcha hacia lo desconocido, supieron que había llegado el momento de que Nadir saliera de su burbuja… y se revelara ante el mundo.
Este es un relato traducido de la web oficial de Altered TCG. Podéis encontrar el original en el siguiente enlace: https://www.altered.gg/en-us/news/nadir-bubbles




