28 días después lo cambió todo. Los zombis en el cine nunca es que hubieran formado parte de la «alta cocina». Pero siempre había sido un sub-género en el que rescatar grandes ideas de entre la morralla más casqueril de toda la serie B (o serie Z, pun intended). Quizás las obras de Romero, o la interesantísima Shaun of the Dead (destrozada en su conversión al castellano con un título tan terrible como Zombies Party). Sin llegar a destacar nunca, casi como un reflejo de su identidad como monstruo cinematográfico, lentamente, y en masa, las películas de muertos vivientes estaban ahí, avanzando en un segundo plano, sin destacar.

Pero llegó 28 días después y lo cambió todo. El terror del zombi es el terror de la desesperación. No es un monstruo particularmente inteligente. Ni cuenta con grandes habilidades. No es rápido. No es ágil. Pero tiene todo el tiempo del mundo, y cuenta con un número de asociados abrumador para que le ayuden. Si te salvas hoy, tendrás que volver a hacerlo mañana, y pasado, y al otro día. Hasta que tarde o temprano te quedes sin recursos, sin ideas, sin vías de escape. Ellos no duermen, no descansan, y da igual la historia que se cuente con ellos, básicamente se reduce al sobrevivir un único día más, porque es sólo cuestión de tiempo.

Esto era así hasta que llegó 28 días después y lo cambió todo. Y encima lo hizo con una película rematadamente buena. Por lo que los cambios implementados calaron a la mayor profundidad posible. Y el terror ya no venía de la desesperanza de pensar para qué sobrevivir, si está todo perdido. No, ahora la supervivencia no se reducía a aguantar un día más, si no al próximo sprint. Concéntrate en sobrevivir a esta carrera, en llegar al próximo refugio. Porque ahora los zombis corren como si hubieran entrenado toda la vida para morderte el culo. Y además, cualquier contacto con ellos te convierte en uno más de la manada. A su alarmante número se le añadieron dos factores que los hacían aún más peligrosos: su velocidad y su virulencia.

Visualmente la película es tremendísima…

«Los zombis de 28 días después no son zombis, son infectados».

Que sí, José Luis. Los zombis de 28 días después lo que demuestran, es que hasta la mejor de las ideas no es inmutable. Y que hasta las mejores reglas que hemos decidido darnos, pueden cambiar en favor de la creatividad. Lo que estoy intentando decir, es que a pesar de que los que leéis esta web sois conscientes de que el esfuerzo de este que les escribe es el de apostar por el enfoque positivo, y el intentar arañar cosas interesantes de cualquier obra, por mala que me pueda parecer si tuviera que reducirlo todo a una cuestión de aprobar o suspender.

Pero la vida es más compleja, y yo no lo soy menos. Por mis circunstancias personales soy una persona rígida, nada amante de los cambios. Y sin embargo, en un ejercicio de autoconocimiento, quizás me esté volviendo más flexible que la media de espectadores. O no, vaya usted a saber. Tras la deliciosa 28 días después, Danny Boyle, acompañado en esta ocasión de Alex Garland, nos ofrecieron una secuela muy interesante. Más grande, con más presupuesto. Más «americana» para llegar a todavía más público. Y aún así, con mucho a defender, especialmente porque seguía las consecuencias lógicas del avance en el tiempo del mundo que se había creado, con sus propias reglas y patrones.

Y además, querían seguir explorándolo. 28 meses después, la secuela «lógica» por estructura, estuvo sobre la mesa, pero nunca llegó a concretarse. Parece que para empezar no había nada realmente interesante que contar. Ambos creadores estaban embarcados en otros proyectos personales, y el estudio no se animaba a dar luz verde al proyecto. Y así hemos estado casi veinte años. Dando por concluida la serie. Y sin esperar nada más por parte de los infectados británicos. Nada de esto es necesario para disfrutar de 28 años después. Sin embargo, decía la Biblia (que no es un texto que yo pueda recomendar en casi ninguna circunstancia, pero oigan, esta frase no es menos cierta por venir de ahí): «Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Entendiendo como son las cosas, podemos ser un poquito menos gilipollas al analizarlas.

Hay algún cambio más difícil de digerir, pero es en favor del avance de la trama…

El tiempo no se detiene. Nosotros tampoco.

No han sido 28 años de espera exactamente, pero nos hemos quedado cerca de la marca. Parece que ahora si que era el momento de volver a contar algo en este universo creado por Boyle y Garland. Pero claro, el tiempo no pasa en balde. No somos los mismos de hace veinte años. Y tampoco lo son ni los creadores, ni la industria. 28 años después es una buena película (bastante más que buena, probablemente). Pero empecemos por lo negativo (y lo negativo, quizás sea más culpa del espectador, es decir, yo, que de la propia película) y ya de ahí subimos.

Uno se acerca a 28 años después pensando en la secuela inevitable de las dos películas anteriores. Y en cierta medida lo es. Ya que volvemos a las islas británicas (a Escocia, concretamente), 28 años después del final de la anterior entrega. Sin embargo, los intereses de todos los implicados en la película son otros, han evolucionado. La industria quiere, si decide poner pasta para resucitar la franquicia, rentarla lo máximo posible (esto no es nuevo, pero las formas de rentabilizar las películas si que han cambiado con el paso de los años). Los creadores, entiendo que tenían algo nuevo que contar, pero se separaba mucho de lo que ya hicieron hace tanto tiempo cuando eran jóvenes y contaban con otras inquietudes. Además, uno no hace nunca la película que quiere, si no la que puede. Siempre hay que adaptarse parcialmente al menos a las necesidades del estudio.

Y los espectadores también hemos cambiado. El problema es que a veces no nos damos cuenta. Sobre todo cuando nos acercamos a obras culturales o de ocio, donde la nostalgia nos devuelve a lugares seguros sin darnos cuenta. A momentos anclados fuera del tiempo que nos provocan una sensación de confort que nos evade de las durezas propias de las responsabilidades de nuestra edad. Por eso los cambios en las reglas escritas dos películas antes realizados para que 28 años después funcione nos chirrían y nos generan rechazo. Además, no debería ser necesario para que disfrutemos del viaje propuesto, pero saber que quizás, realmente, 28 años después más que una secuela del pasado, es realmente la primera entrega de algo nuevo, algo diferente, con reminiscencias de viejos conocidos.

No hay un personaje en la película que no tenga una trama interesante que seguir…

Tu déjame, que yo me entiendo.

Ya ahondaremos en esto en futuros análisis. Pero las obras de arte, los productos culturales; tienen siempre varias lecturas. Unas más y otras menos, claro. Pero en general siempre se les puede dar al menos un par de vueltas. 28 años después es una muy buena película de zombis. Porque ya sabemos que las películas de zombis (o infectados), van de todo menos de zombis. Y aquí se nos cuenta un drama humano bastante interesante. Está narrado con un acierto sobresaliente, propio del mejor Danny Boyle (se vuelve a notar muchísimo su mano en la cámara y en el montaje). Se trata de una obra visualmente muy atractiva y te mantiene enganchado de principio a fin.

Sí, es verdad que en determinados momentos, uno no puede evitar enfrentarla contra sus hermanas mayores. Ciertas reglas establecidas para que la segunda pudiera funcionar. Ahora de repente se obvian por completo a favor de la exploración de nuevos pastos más verdes. El arranque huele raro. Recuerda extremadamente al de 28 semanas después pero no tiene la garra y la fuerza de éste. Y ahí uno nota que esos infectados no son exactamente iguales a como los recordábamos. Son un poco más sangrientos, hablan una miaja más. Aparecen nuevos conceptos que nos recuerdan a un videojuego, como los «lentos» que comen gusanos, o los «alfas» que son dignos del mejor jefe de Resident Evil.

Y a pesar de que todo esto puede sacar de la película repetidamente al más cuadriculado. La película sigue funcionando. A pesar de que alguna cosa ocurre porque si. Porque «los milagros de la placenta» y cito textualmente. Pero lo que proponen Boyle y Garland es interesante. Es atrayente. Está muy bien contado. Los personajes están interpretados magistralmente y son creíbles en todo momento. Y claro, si uno sabe que esta es la primera entrega de una trilogía, que se va a ambientar por completo en la misma franja de tiempo y en la misma zona geográfica. Uno entiende también muchas de estas decisiones. Porque ha pasado tanto tiempo, que 28 años después es otra cosa. Es algo nuevo. Algo que recuerda de donde viene, pero decide cambiar en si mismo aquello que no le gustaba de sus padres para crecer fuerte en su propia dirección. No puedo evitar sentir algo de dolor por la nostalgia, pero por méritos propios siento curiosidad por ver a donde nos lleva este viaje.

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