Mi relación como lector con Manel Loureiro viene ya de antaño, aunque tengo que reconocer que no ha sido la más constante del mundo. Un primigenio Apocalipsis Z me cautivó en el momento que tenía que hacerlo. Justo cuando lo editó Ediciones Dolmen lo trajo al mercado y el autor gallego comenzaba a estar en boca de todos. El estilo en formato de blog al inicio (de diario cuando narrativamente internet deja de funcionar en la novela) me atrajo, más por estar escrito con una fluidez asombrosa, que por lo original del formato (que también resulta extremadamente interesante, aunque creo recordar que no estuvo exento de algo de polémica).
Las dos secuelas de la novela (Los días oscuros y El principio del fin) sin embargo, me pasaron más desapercibidas. Y eso que llegué a comprar la segunda parte que aquí sigue desde hace ya más de una década en la estantería sin leer. El reencuentro llegó cuando el autor dio el salto a las grandes ligas. Con la publicación de El último pasajero y Fulgor con la editorial Planeta, parecía quedar claro que había más calidad de la que inicialmente se intuía en aquella novelilla de zombis que había atraído la atención del público más aficionado a lo que se conoce como cultura «de género». Leí ambos libros con fruición y de nuevo pude constatar que al menos en cuanto a narrativa, la pluma de Manel Loureiro escribe con un estilo único que hace que las horas pasen volando inmerso en sus historias.
No se si son sus diálogos, o la forma en la que desarrolla sus personajes, que los vuelve extremadamente cercanos. O que sabe medir maravillosamente el tempo de la acción. Pero había olvidado lo poco que me duraban a mi los libros de este hombre. Que aunque los he seguido comprando religiosamente, a sabiendas de encontrarme ante una buena inversión, estaba pendientes de leer. Me alegra mucho haberme reencontrado una vez más con Manel, y puedo decir que este Veinte, está a la altura de lo anteriormente leído y me deja con muchas ganas de ponerme al día con todo lo que me queda de él.
Ok… boomer…
Volvemos al mismo ciclo. La premisa de Veinte ni siquiera es original. Por alguna extraña razón, los seres humanos han empezado a suicidarse de las formas más creativas y horribles posibles. Si ya me dices que las causantes de dichos suicidios son las plantas que han decidido vengarse de la humanidad, ya me estás recordando a cierta película de aquel director que usted sabe que le gusta dar un girito final a sus películas. La cuestión no es la originalidad de la premisa, volvemos a lo anteriormente dicho. Lo que en manos de otro autor sería un pastiche reciclado, aquí se convierte en una bebida que te tragas de un único buche.
Porque Veinte es una novela atípica dentro de la bibliografía del autor. Parece estar dentro del género de terror por aquello de los suicidios espontáneos. Pero de repente se convierte en un relato post-apocalíptico más cercano a Los Juegos del Hambre o el Corredor del Laberinto. Con un salto temporal de 200 años en el que la sociedad ha perdido casi todo el conocimiento de la humanidad y ha establecido unas nuevas reglas. Pero hay mucha exploración, misterio y aventura. Para colmo, será una tontería, pero la decisión de Planeta de publicarla en tapa blanda al contrario del resto de obras del autor, junto a ese aire «juvenil» que desprende, quizás fuera lo que me hiciera pensar de que la edad objetivo del público de la novela estaba ligeramente por debajo de la mía propia.
Una vez más: error. Es verdad que el enfoque reside en los jóvenes como protagonistas. Al más puro estilo de novela juvenil, un puñado de adolescentes tendrán que salvar lo que queda del mundo con los conocimientos y la formación que han adquirido en un periodo de tiempo que a cualquier adulto se le antojaría insuficiente. Y es en ese conflicto entre generaciones donde el autor construye una serie de relaciones que son las que alimentan el motor del libro en todo momento. Incluso Andrea, la protagonista, superviviente del holocausto original y con más de 200 años a sus espaldas, quedó atrapada en el cuerpo de una chica de 17 años. Curiosamente sus compañeros Ancianos, la siguen considerando una chiquilla pese a que las vivencias de todos los supervivientes poca diferencia tienen ya después de tanto tiempo.
Trae, que ya lo hago yo que tu no sabes…
Quizás sean los personajes, siempre suelen serlo. Dicen (mentira, lo digo yo, pero así parece que se de lo que hablo) que la clave son personajes bien trabajados. Y es verdad que si tienes eso y una creación de mundo interesante. Luego la trama es lo de menos, y probablemente vaya sola al poner esos personajes en dicho mundo. Es justo lo que pasa con Veinte. Aunque hay un misterio placentero de intentar resolver, se siente en todo momento un poco «McGuffin» ya que lo que realmente nos interesa es ver la evolución de los chavales y de sus padres que dejan atrás.
De nuevo (siento repetirme) sigo con la sensación en todo momento de que una de las claves con este autor, no está en su imaginación, ni en su capacidad para el misterio. Es la fluidez de su escritura. La capacidad de hacer que no nos cueste nada recorrer la página e imaginarnos allí mismo, al lado de los protagonistas, siendo uno más de la acción. Eso no lo consigue cualquier escritor. Poco se lee a Manel Loureiro en este país, señores.
Veinte puede ser una de las novelas más atípicas del autor (al menos de las que llevo leídas hasta ahora). Pero que su corte juvenil no os engañe. Porque aunque podáis pensar que está escrita con la muchachada en mente (y que narices, probablemente lo esté), no es condescendiente con ellos. No tiene es discurso paternalista y pollavieja que solemos enarbolar los de una generación para poner a caldo a la siguiente. Cabezas con ganas de pensar y de disfrutar, hay en ambas, y la experiencia es un grado, pero esa inconsciencia que da la juventud también es un valor importante.




